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Opinión

Aniversario 38 de Gilberto, un huracán que nunca se olvidará

“Gilberto fue, sin duda, un parteaguas en la historia de la Península de Yucatán. Se aprendió a tener respeto por estos fenómenos meteorológicos y, sobre todo, a no olvidar que, antes que nada, la vida es lo más preciado”.

Aniversario 38 de Gilberto, un huracán que nunca se olvidará
Aniversario 38 de Gilberto, un huracán que nunca se olvidará

Era un lunes 12 de septiembre de 1988, un día más de chamba en el Caribe mexicano, específicamente en Playa del Carmen, en PlayaCar, haciendo hidrogeología y comenzando la semana laboral. A eso del mediodía, un rumor empezó a correr: un ciclón muy fuerte se dirigía a la zona.

Ante la advertencia, los lugareños que trabajaban con nosotros nos tranquilizaron diciendo que a este bello paraíso, que crecía como la espuma, no le pegaban los ciclones tropicales. Según ellos, una gran bolsa de aire que existe en el Canal de Yucatán, derivada de una alta presión natural, hacía que los grandes ciclones que se dirigían a la zona se desviaran hacia el Oeste de la isla de Cuba. Y, si no, ahí estaba el poderoso huracán Allen, que nos amenazó en 1980 y a última hora se desvió. Así ocurría con otros que habían querido llegar: cuando mucho, sólo nos traían lluvias, dijeron a coro, muy confiados.

Un año antes, para las mismas fechas, trabajaba con otros compañeros en la llamada Milla de Oro, entre Cancún y Puerto Morelos. El mar estaba muy tranquilo y el agua, calientita. Los pescadores, ya grandes y con mucha experiencia, me decían que era un mal augurio para Quintana Roo que el Caribe estuviera tranquilo y caliente; no era normal y seguramente, si no ese año –era 1987–, al siguiente vendría un gran huracán. Y cuánta verdad había en sus palabras.

En aquella época, un servidor aún no se dedicaba de lleno a la meteorología, sino a la hidrogeología, pero ya hacía indagaciones por mi cuenta. Esa misma noche fui a visitar a un amigo, aficionado de hueso colorado a la meteorología, que tenía su antena parabólica y captaba la señal de El Canal del Tiempo de Estados Unidos. Lo encontré muy asustado. “Mira ese monstruo que está pasando sobre Jamaica. Se llama Gilberto, es un huracán categoría 4 y se dirige a nuestra zona. Es tan grande que, aunque dé la vuelta, nos tocaría”, afirmó mi amigo, alarmado.

Pensé que el sistema tenía dos caminos: dirigirse hacia el Canal de Yucatán y el Oeste de Cuba, o hacia el Norte de Quintana Roo, es decir, hacia nosotros. Rápidamente checamos las lecturas de un barómetro que tenía en su casa. Me comentaba que desde el domingo por la noche había empezado a caer su valor y siempre dibujaba una curva hacia abajo.

Deducimos que seguramente era para nosotros, para el Caribe mexicano. Lo peor era que la baja presión de Gilberto descendía de tal forma que seguiría creciendo hasta alcanzar, en un día más cuando mucho, la máxima categoría: la 5.

Le comenté: “¿Ya se lo dijiste a tu amigo, el capitán de puerto?”. Me dijo que sí, aunque las autoridades no le habían hecho mucho caso. De todas formas, el martes 13 habría una reunión de emergencia para tomar algunas acciones.

Al amanecer del martes, llovía y estaba muy nublado, Gilberto todavía se encontraba entre Jamaica y Gran Caimán, pero su extenso manto nuboso ya cubría el Norte de Quintana Roo y el Canal de Yucatán. Su dirección, Oeste y Noroeste franco, lo enviaba directo hacia Cancún. Todo indicaba que ya nada lo desviaría. Y lo peor: ese martes 13, al iniciar la noche, se convirtió en el peor huracán que el Atlántico había visto hasta ese momento. Alcanzó la categoría 5 y se dirigía hacia las modernas instalaciones turísticas del Caribe mexicano.

Lo demás, ustedes ya saben qué ocurrió, ya es historia. Fue, sin duda, un parteaguas en la historia de la Península de Yucatán. Se aprendió a tener respeto por estos fenómenos meteorológicos y, sobre todo, a no olvidar que, antes que nada, la vida es lo más preciado.

Las autoridades de Cancún hicieron una junta a toda prisa a las 10 de la mañana en el Palacio Municipal para tomar decisiones y medidas urgentes, ya que faltaban menos de 24 horas para el impacto; sin embargo, a las 16:00 horas, un viento con fuerza de tormenta tropical llegó a la zona. El pánico se apoderó de la población. Se hicieron preparativos y compras de pánico. Mientras en Yucatán, con una cultura aún incipiente frente a los huracanes, por la tarde se había decidido evacuar a la población de la costa, desde Dzilam Bravo hasta el puerto de El Cuyo, como precaución.

Sin embargo, todo lo demás se tomó con demasiada tranquilidad. Muy poca gente se preparó. Sólo algunos de los que tenían casa en la costa veraniega fueron a cerrarlas y traer lo más valioso. Esa decisión se pagaría muy caro en Yucatán.