Al menos el 60% de los jóvenes que han sufrido algún tipo de abuso emocional, abandono o violencia física son más vulnerables a acercarse al consumo de estupefacientes, de acuerdo con el estudio Trauma Infantil y Conductas Adictivas en Jóvenes Adultos en Situación de Riesgo en Quintana Roo, de la psicóloga Martha Solís Cruz.
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Las adicciones en adolescentes se han convertido en un fenómeno silencioso en Chetumal, el cual crece entre aulas, colonias y hogares sin que muchas veces logre dimensionarse su verdadera magnitud. Detrás de estadísticas oficiales y discursos institucionales existe una realidad cotidiana marcada por la ingesta temprana de alcohol, tabaco y sustancias ilícitas, así como por la normalización social de ciertas conductas que abren la puerta a dependencias más severas.
El Sector Salud reconoce que el problema no es nuevo, pero sí cada vez más complejo, pues se combina con factores como la desintegración familiar, la violencia intradoméstica, la ansiedad, la depresión y la presión social que enfrentan niñas, niños y jóvenes en etapas cada vez más tempranas de su desarrollo. De acuerdo con los Servicios Estatales de Salud (Sesa), el consumo de sustancias psicoactivas entre menores representa un desafío prioritario.
Inhalantes y sintéticas
Si bien el alcohol y el tabaco siguen siendo los productos de mayor prevalencia por su fácil acceso y aceptación cultural, se ha observado también la presencia de marihuana, inhalables, cocaína y, en años recientes, drogas sintéticas. El Sector Salud ha advertido que la edad de inicio puede ubicarse entre los 12 y 14 años, lo que incrementa el riesgo de desarrollar dependencia, trastornos mentales asociados y abandono escolar.
En ese aspecto, la psicóloga Rubí Gordillo, de la Universidad Vizcaya de las Américas, en Chetumal, señaló que en la capital del estado una parte importante de los primeros contactos con el alcohol ocurre dentro del entorno familiar. Reuniones sociales donde se minimiza la ingesta frente a menores, supervisión limitada y dinámicas en el hogar con escasa comunicación son factores influyentes.
La especialista indicó que la problemática no siempre se manifiesta de manera evidente, sino que muchos adolescentes mantienen un rendimiento académico aceptable o una vida social aparentemente estable mientras desarrollan patrones de consumo ocultos. Esta declaración es sostenida por el testimonio de J.B.V.J., una joven de 20 años que actualmente se encuentra rehabilitada tras su acercamiento a las sustancias desde que tenía 13 años. Relató que su uso de estupefacientes inició con la piedra, misma que conseguía en su colonia, en la Solidaridad, y más tarde se escondía en los gallineros de su abuela para utilizarla sin que nadie la interrumpiera.
De manera íntima compartió que este fue un momento en el que no contaba con la suficiente atención de sus padres, pues ambos habían sido acusados injustamente por el robo en un establecimiento de la colonia Centro. Pese a que más tarde se demostró su inocencia, al menos seis años de su vida transcurrieron en el Centro de Reinserción Social de Chetumal (Cereso), mientras la adolescente quedaba al cuidado de su abuela paterna, quien no contaba con la fuerza para supervisarla.
A la par de que empezó a utilizar piedra, más tarde se acercó a otros tipos de sustancias como la cocaína y la marihuana. Cuando sus padres fueron liberados, estos la obligaron a internarse en un anexo a sus 14 años, donde si bien no dejó al 100% el consumo, puesto que aún utiliza hierba de manera regular, terminó tomando el control de sus estudios. “Estaba en un hoyo. No creas que una lo hacía por rebelde. Yo me sentía abandonada, poco importante, vulnerable. Lloraba todos los días, no sé qué me pasaba. Hubo más personas que me acercaron a las drogas. Cosas que no puedo contar así nada más”, confesó.
Asimismo, la falta de espacios seguros para expresar emociones y la estigmatización de la ayuda psicológica dificultan que busquen apoyo a tiempo.
Plan preventivo
Desde el ámbito federal, la Comisión Nacional de Salud Mental y Adicciones (Conasama) ha impulsado estrategias de prevención comunitaria y campañas informativas que buscan alertar sobre los riesgos, especialmente de estupefacientes sintéticos. Estas acciones se articulan con los servicios estatales para fortalecer la detección temprana y la canalización oportuna de casos. Sin embargo, Rubí Gordillo coincidió en que las campañas informativas, por sí solas, no son suficientes si no se acompañan de políticas públicas sostenidas que atiendan causas estructurales: pobreza, falta de oportunidades recreativas, violencia y carencia de programas permanentes de acompañamiento familiar.
“Las adicciones no pueden tratarse únicamente desde la disciplina o el castigo; requieren intervención médica, psicológica y social integral”, aseguró. Asimismo, Yahaira Anahí Mukul Blanco sostiene con su estudio “Factores Socioculturales Que Producen la Violencia Doméstica y el Maltrato Infantil en Calderitas”, que el impacto de las dependencias en adolescentes va más allá de la salud individual. Se refleja en deserción escolar, conflictos familiares, violencia y, en algunos casos, en la comisión de delitos. También afecta el tejido comunitario, pues limita el desarrollo pleno de una generación que enfrenta ya múltiples retos sociales.
Por ello, subrayó que la prevención debe comenzar desde la infancia, con educación emocional, fortalecimiento de habilidades para la vida y promoción de entornos protectores. En Chetumal, organizaciones civiles, escuelas y el Ayuntamiento han desarrollado pláticas, talleres y jornadas informativas para sensibilizar a estudiantes y padres de familia. No obstante, el éxito de estas acciones depende en gran medida de la participación de la comunidad.
“Hablar abiertamente sobre el uso de sustancias, escuchar sin juzgar y establecer límites claros son medidas que pueden marcar la diferencia. El silencio y la negación, en cambio, perpetúan el problema”, señaló Gordillo. Para los tutores que enfrentan por primera vez un caso como este, señaló los puntos que deben tener en cuenta: “Las adicciones en adolescentes no siempre se ven, pero están presentes. Se esconden en mochilas, en cambios de conducta, en ausencias prolongadas y en discusiones familiares que rara vez se explican a profundidad”, aseguró.
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Reconocer su existencia es el primer paso para enfrentarlas. Las instituciones de salud han reiterado que la prevención y la atención temprana son más efectivas y menos costosas que las intervenciones tardías. En una ciudad fronteriza y capital estatal como Chetumal, donde convergen dinámicas sociales diversas, la construcción de una red sólida de apoyo juvenil es una tarea urgente: “El reto no es solo sanitario, sino social: proteger a la juventud significa garantizarle alternativas reales, acompañamiento emocional y oportunidades que hagan innecesaria la búsqueda de refugio en los estupefacientes.