El inicio de la temporada de estiaje genera gran inquietud en el sector pecuario por la acelerada degradación de los suelos y la escasa recuperación de los pastizales, tras los daños ocasionados por las lluvias intensas previas, informó Pedro Iván Cab Novelo, integrante del comité de la asociación ganadera local en el municipio Lázaro Cárdenas.
Aunque en semanas recientes se registraron lluvias aisladas, su insuficiencia ha reducido casi por completo la disponibilidad de forraje natural, obligando a los productores a activar medidas económicas emergentes para evitar la muerte del hato, situación que impacta a más de 200 socios.
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En los potreros, la realidad es evidente: la vegetación perdió valor nutritivo y la altura del pasto está en niveles mínimos, transformando el entorno verde en un terreno seco e improductivo.
Ante este panorama, la principal estrategia ha sido la compra externa de alimento. El mercado de insumos agrícolas registra una demanda atípica de pacas de zacate, pollinaza y melaza.
Para un productor promedio, sostener el ganado implica un fuerte impacto económico. Según costos actuales, un cargamento de 255 pacas tiene un precio unitario de entre 85 y 100 pesos.
Esto significa que cubrir apenas dos meses de alimentación suplementaria puede alcanzar los 25 mil 500 pesos, monto difícil de asumir para pequeños ganaderos sin recurrir a créditos o vender parte de su patrimonio.
En la distribución de recursos se prioriza a los animales en lactancia o con crías, ya que la desnutrición en esta etapa implica pérdidas inmediatas. También se ha vuelto esencial el uso de sales minerales para compensar la falta de nutrientes del suelo, con el fin de evitar la disminución de peso y la caída en el valor comercial del ganado.
En cuanto al agua, el panorama es distinto, aunque con riesgos: el 80% de los productores cuenta con pozos propios, mientras el resto depende de cenotes o reholladlas. Sin embargo, los pozos artesanales reducen su rendimiento en horas de calor, obligando a realizar tandeos y esperar su recuperación.
El mayor rezago se ubica en la infraestructura de riego. Solo una minoría dispone de sistemas tecnificados, destinados principalmente a cultivos como sandía, maíz tierno, calabaza, pepino y hortalizas, no a la regeneración de pastizales.
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La situación evidencia la vulnerabilidad del municipio ante el cambio climático. Aunque el agua para consumo aún está disponible, la destinada a la producción de biomasa es insuficiente. Más de 230 ganaderos enfrentan una carrera contra el tiempo, a la espera de apoyos o lluvias que alivien una economía dependiente de la salud animal.
La sequía no solo es un fenómeno climático, sino una crisis económica que reduce los márgenes de ganancia y compromete la seguridad alimentaria, obligando a invertir grandes sumas para preservar el patrimonio construido durante años.