Había un tiempo en que los apicultores mayas del interior de Yucatán podían contar con hasta diez meses de trabajo productivo al año. La selva baja caducifolia les ofrecía un calendario generoso: floración tras floración, especie tras especie, las abejas regresaban cargadas y las colmenas crecían solas, sin que nadie tuviera que darles de comer. Ese tiempo se fue. Hoy, muchos de esos mismos productores llevan cubetas de agua con azúcar a sus apiarios para que sus abejas no mueran de hambre.
La imagen contrasta brutalmente con la postal oficial de la apicultura yucateca: estado líder productor de miel en México, primer exportador nacional con ventas de 22.2 millones de dólares en 2024, proveedor histórico de mercados europeos –Alemania es el principal destino, con 12.5 millones de dólares en importaciones de miel mexicana ese mismo año– y uno de los territorios donde la abeja melipona, la pequeña abeja nativa sin aguijón de la tradición maya, sigue siendo objeto de devoción y conocimiento ancestral. Detrás de esa cifra reluciente hay una realidad más sombría que los números de exportación no cuentan.
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El veneno que no mata de inmediato
Muerte de abejas masiva, documentada en zonas soyeras de Yucatán y Campeche. Nelia Ortiz Vázquez, directora de Abeja Planet, advierte sobre el daño crónico de pesticidas como el fipronil y los neonicotinoides. El veneno entra a la cadena alimentaria: lo consumen obreras jóvenes, crías y la reina. En Hopelchén, Campeche, se han documentado 60 plaguicidas, de los cuales ocho matan abejas directamente. Apicultores exigen ser reconocidos como guardianes de las abejas, pero denuncian que el Estado no actúa con la velocidad que la crisis exige.
La selva que ya no está
Entre 2019 y 2023, la Península de Yucatán perdió 285,580 hectáreas de terrenos forestales (196 hectáreas diarias). La tasa anual de pérdida (0.4%) cuadruplica la media nacional (0.1%). En 2024, la Península perdió 144,200 hectáreas de selva (395 hectáreas por día). Los motores: agroindustria, ganadería, industria inmobiliaria y turística, Tren Maya, proyectos energéticos. Cada árbol que cae es una despensa que se cierra para las abejas.
Alimentar lo que debería alimentarse solo
La alimentación artificial pasó de ser emergencia a rutina: almíbar y tortas proteicas sustituyen al néctar y polen naturales. Esto afecta la calidad bioquímica de la miel, clave para los mercados europeos. Resultado: abejas más pequeñas, vulnerables al ácaro Varroa destructor. En marzo de 2023, se reportó la pérdida de 3,600 colmenas en un evento de intoxicación masiva. 29 apicultores de Kinchil perdieron su certificación orgánica por contaminación de una megagranja porcícola.
El peso de lo que está en juego
México produjo en promedio 59,000 toneladas de miel (2012-2021). La Península de Yucatán, Jalisco y Chiapas generan más del 40%. Exportaciones: 34,500 toneladas anuales, ingresos de 125 millones de dólares. En la Península, 17,000 apicultores manejan más de 500,000 colmenas. En 2023, la apicultura empleó a 48,000 personas. Intermediarios pagan la miel a 50% menos del precio de mercado. El doble golpe –menor producción y peores precios– expulsa productores del sector.
Las abejas no pueden esperar
La Alianza Maya por las Abejas Kabnalo’on advierte que la apicultura maya peninsular podría desaparecer en pocos años. Demandas: prohibición del fipronil y neonicotinoides, freno al cambio de uso de suelo, mecanismos de atención coordinados. Exigen que el Estado trate la apicultura como actividad ecológica, económica, cultural y alimentaria, no como daño colateral del modelo agroindustrial. La crisis tiene origen humano y la solución también deberá serlo.