Yucatán / Mérida

Presentan en la Filey la antología “Jach Yucatecas”, que reúne a 41 autoras del estado

La antología “Jach Yucatecas” visibiliza nuevas narrativas femeninas en Yucatán.

Jach Yucatecas: el colectivo que está rompiendo el silencio literario en Yucatán
Jach Yucatecas: el colectivo que está rompiendo el silencio literario en Yucatán / Cortesía

Salvo por la presencia de uno que otro varón, aquello parecía una asamblea de mujeres: un territorio vivo donde la palabra se celebraba en voz alta. Aplaudían, gritaban, se abrazaban. Celebraban, juntas, la llegada de su primer libro, como quien celebra el nacimiento de algo largamente gestado. Así estaban las Jach Yucatecas el pasado 17 de marzo en la Feria Internacional de la Lectura Yucatán, presentando su primera antología, homónima, que reúne a 41 de las 51 integrantes del colectivo.

En tacones, tenis, botas o flats; con terno, jeans o vestido; con bastón o sin él; jóvenes y mayores, diversas en origen pero unidas en la palabra, las Jach se mostraban tal como son: mujeres que escriben desde su identidad, su feminidad y su colectividad. Mujeres que, al reunirse, desmienten con su sola existencia aquel dicho misógino que insiste en separarlas: “mujeres juntas, ni difuntas”.

El colectivo de escritoras Jach Yucatecas nació el 10 de marzo de 2025, no como una moda pasajera, sino como una necesidad profunda: la de abrir un espacio propio, de hacer una revolución silenciosa —y a la vez contundente— dentro de la literatura local. Un gesto de escritura, pero también de afirmación.

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La antología, publicada por Kóokay Ediciones bajo la dirección de Cecilia Gorostieta, reúne textos de múltiples géneros que dialogan entre sí como voces en coro: Alegría Agosto, Melba Alfaro, Rina Altamira, María Elena Andrade, Violeta Arana, Alejandra Cabrera, Jennifer Calderón —creadora del logotipo del colectivo—, Jacqueline Campos, Mayra Castañeda, Patricia Carrillo, Gará Castro, Marina Centeno, Socorro Chablé, María Elisa Chavarrea, Rossana Colomé, Rocío Cortés, Cybele, Dorcas Mijangos, Osiris Gaona, Verónica García, Patricia Garma, Patricia Guadarrama, Adriana Hammeken, Emma Kuyoc, Cristina Leirana, Aída López, Giannina Manzur, Renata Marrufo, María Cristina Martín, Elena Martínez, Erica Millet, Elena Novelo, Daniela Olivares, Celia Pedrero, Ruth Pérez, Mayo Ponce, Rosely E. Quijano, Nelly Rincón, Margarita Robleda, Silvia Rojas y Claudia Sabido.

El prólogo, escrito por María Teresa Mézquita Méndez, directora de la Filey y madrina del colectivo, sitúa esta obra en una conversación más amplia: la de la escritura hecha por mujeres, tantas veces nombrada como si se tratara de una minoría, cuando en realidad las mujeres constituyen la mitad del mundo.

En su texto, leído durante la presentación, Mézquita Méndez recuerda que el anonimato femenino no es casualidad, sino consecuencia de una historia escrita desde otras voces. Evoca también a la doctora Piedad Peniche y a las mujeres que, desde el siglo XIX, comenzaron a trazar rutas propias en la literatura y el pensamiento, en un contexto que las excluía.

Así, la genealogía se despliega: desde las asociaciones literarias decimonónicas, como La Siempreviva en Yucatán —impulsada por Rita Cetina Gutiérrez junto a Cristina Farfán y Gertrudis Tenorio—, hasta los colectivos contemporáneos. Todos ellos, espacios donde escribir juntas ha sido una estrategia para existir, para permanecer, para no ser borradas.

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“En esa genealogía se inscribe también el presente”, se afirma, “la escritura como herramienta política, la agrupación como sostén y la creación literaria como territorio, donde las mujeres ya no piden permiso ni aceptan retrocesos”.

Por su parte, María Elena González Ortega, en su texto El punto de cruz y la pluma, tiende un puente delicado entre el bordado y la escritura. Bordar, dice, no era solo un acto estético: era pensamiento, memoria, lenguaje cifrado en hilo. Hoy, escribir continúa ese gesto: bordar ideas, fijar emociones, dejar huella en la conciencia de quienes leen.

En la portada de la antología, esos símbolos dialogan: la pluma y el hilo, la precisión y el cuidado, la paciencia y el impulso. Dos formas de crear que, en manos de mujeres, han sido históricamente refugio y resistencia.

Mar Gómez, en El origen del colectivo, recuerda que las Jach Yucatecas nacen del respeto mutuo y de una certeza compartida: la necesidad de reunirse, de hacerse visibles, de construir un espacio propio en una tierra que, paradójicamente, siendo cuna del feminismo, carecía de un colectivo representativo de escritoras.

No son un taller, ni una revista, ni una editorial —al menos no todavía—. Son, ante todo, un punto de encuentro. Un impulso común: promover, difundir y compartir sus obras, llevarlas más allá de lo local, hacerlas resonar.

Finalmente, Georgina Rosado, en La importancia de nuestro nombre, recuerda que Jach es un morfema maya que significa “muy”, “verdadero”, “legítimo”. Jach Yucatecas: verdaderas yucatecas. Un nombre que no excluye, sino que abraza: mujeres nacidas o arraigadas en esta tierra, unidas por la palabra.

Como inspiración, Rosado invoca no solo a La Siempreviva, sino también a figuras como María Uicab y Felipa Poot, mujeres que defendieron derechos, lengua y cosmovisión. Mujeres que, como las Jach de hoy, entendieron que la unión no es debilidad, sino fuerza.

Porque, al final, todas —mayas, mestizas, mulatas, blancas— están llamadas a reconocerse en este tejido común, “debemos estar hermanadas en este hermoso proyecto que nos pertenece a todas”.

La antología Jach Yucatecas, de Kóokay Ediciones, está disponible en la sede de la editorial, en Avenida Reforma 508 G, esquina con calle 23, en la colonia García Ginerés, en Mérida.