México despertó el 3 de octubre de 1968 sin conocer todavía las dimensiones de lo ocurrido la noche anterior.
Había muertos, heridos, estudiantes detenidos y familias buscando a quienes no habían regresado. También había una versión gubernamental, y buena parte de la prensa construyó alrededor de ella el relato de las primeras horas.
Las portadas de entonces lo muestran. Excélsior habló de un “recio combate”; El Universal convirtió Tlatelolco en “campo de batalla”; El Día atribuyó los hechos a una “provocación criminal”; El Heraldo y Ovaciones colocaron a francotiradores frente al Ejército; Novedades, La Prensa, El Sol de México, El Nacional y La Afición emplearon encuadres semejantes.
No todos ocultaron muertos ni heridos. El silenciamiento también operó de otra manera: presentar una matanza como enfrentamiento y colocar la responsabilidad inicial del lado de los manifestantes.
En la plaza
Por Qué?, revista antecesora del actual periódico POR ESTO!, tuvo la información de primera mano gracias a que su director, Mario Renato Menéndez Rodríguez, estuvo en Tlatelolco. La revista llevaba semanas siguiendo el movimiento y, después del 2 de octubre, publicó una edición extraordinaria con cadáveres, detenidos y escenas de represión que contrastaban con la explicación oficial.
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La investigación académica considera a Por Qué? una de las escasas excepciones frente al encuadre gubernamental dominante. La diferencia era periodística y también implicaba un riesgo político.
El gobierno de Gustavo Díaz Ordaz mantenía mecanismos de presión sobre los medios. El papel, la publicidad ofi cial, las relaciones con propietarios y directores y el acceso a las fuentes formaban parte de aquel ecosistema.
Por Qué? rompió con ese marco. No presentó las muertes como consecuencia inevitable de una refriega. No disimuló su posición. Una portada preguntó: “¡Asesinos! ¿Quién manda en México?”. Otra proclamó: “¡Esta es la verdad!”.
¿Dónde estaban entonces?
Cincuenta y ocho años después, Tlatelolco tiene cronistas, ensayistas, académicos y voces que se han “colgado” de lo que pasó en el 68. Pero escribir después no equivale a haber estado allí cuando comenzaron los disparos.
Elena Poniatowska escribió La noche de Tlatelolco, pero ella misma ha relatado que no asistió al mitin: estaba en casa atendiendo a su hijo recién nacido y llegó a la Plaza de las Tres Culturas el 3 de octubre.
Octavio Paz tampoco estuvo allí. Era embajador de México en India y, tras conocer la represión, renunció a su cargo diplomático. Rosario Castellanos escribió después Memorial de Tlatelolco; Jaime Sabines, Tlatelolco 68.
Unos reconstruyeron, denunciaron o interpretaron después. Mario Renato Menéndez estaba en el lugar y Por Qué? publicó como testigo.
Por eso, cuando hoy abundan las voces sobre el 2 de octubre, la pregunta sigue siendo incómoda: ¿dónde estaba cada quien cuando ocurrió?
Una fotografía contra el silencio La fuerza de Por Qué? estuvo también en las imágenes. Militares, jóvenes golpeados, detenidos y cadáveres aparecieron en sus páginas cuando esas escenas estaban ausentes, reducidas o sometidas a pies de foto que favorecían la explicación ofi cial.
La fotografía convirtió la denuncia en evidencia visual. Los periodistas de Por Qué? no tenían documentos desclasifi - cados, archivos militares abiertos ni expedientes de inteligencia disponibles. Tampoco contaban con décadas de testimonios e investigaciones capaces de reconstruir el operativo estatal.
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Habían pasado apenas horas. Ese contexto importa. Es sencillo denunciar una matanza cuando los archivos están disponibles y la historia ha establecido buena parte de los hechos. Era otra cosa hacerlo cuando la versión gubernamental todavía dominaba el espacio público.
No se puede negar que la revista mostró una dimensión de la represión que otros medios redujeron o encuadraron desde la narrativa oficial.
La decisión de publicar
Hoy sabemos mucho más sobre Tlatelolco. Conocemos documentos mexicanos y estadounidenses entonces secretos, testimonios de sobrevivientes, investigaciones académicas, archivos fotográficos y expedientes ofi ciales.
Mario Renato Menéndez no disponía de esas ventajas. Su mérito periodístico no consistió en esperar a que aparecieran. Consistió en publicar.
La cobertura tendría consecuencias: persecución, cárcel, presiones contra la revista y, más tarde, exilio.
Hoy cualquiera puede pronunciarse sobre el 2 de octubre. En 1968 no era tan sencillo.
Algunos escribieron después desde la memoria, el testimonio o los archivos. Otros justificaron al régimen. Muchos medios reprodujeron el relato de un enfrentamiento.
Mario Renato Menéndez estuvo en la Plaza de las Tres Culturas. Y publicó cuando hacerlo significaba enfrentarse, casi en tiempo real, a la versión del poder. Los archivos llegaron después.
El tiempo respaldó buena parte de lo que aquella revista se atrevió a mostrar primero.