Durante 12 días en 2025 y unos 40 en 2026, Estados Unidos e Israel libraron una guerra asimétrica con Irán que, aunque resistió, sobrevivió y mostró determinación para resistir y capacidades militares para ripostar, fue rudamente maltratado por la abrumadora superioridad militar conjunta de Israel y los Estados Unidos que dañaron profundamente sus infraestructuras civiles y militares, incluso sus bienes culturales únicos y no pocos milenarios.
El viernes y sábado pasados Pakistán, aliado de Estados Unidos y cercano a Irán y único estado islámico con armas nucleares, sirvió de sede a conversaciones igualmente asimétricas en las cuales Irán tuvo nada que ofrecer a Estados Unidos ni recursos para presionarlos, aunque tampoco esperaron del imperialismo ninguna flexibilidad, generosidad ni comprensión. Aunque las primeras rondas marcharon aceptablemente, finalmente el encuentro evidenció que probablemente las negociaciones estaban equivocadas.
En lugar de con Irán, Donald Trump debería negociar con los estadounidenses para averiguar si aprueban o no la guerra contra Irán y el exterminio de la civilización persa. Del mismo modo, el presidente iraní Masoud Pezeshkian, pudiera negociar con su pueblo para conocer cuántos de los 80 millones de iranios creen que el capricho de refinar uranio, apto para fabricar bombas atómicas, que el país no desea construir, vale el sacrificio del presente y el futuro de la civilización persa.
En primer lugar, Irán es firmante del Tratado de No proliferación Nuclear, el cual no sólo no prohíbe, sino que promueve y apoya el uso pacífico de la energía nuclear, aunque prohíbe y trabaja intensamente para impedir la proliferación de las armas nucleares y sus precursores, principalmente uranio enriquecido y plutonio, aptos para tales propósitos y las tecnologías que permitirían la fabricación de bombas atómicas.
Además, en Irán, un país regido por la jerarquía islámica y sus leyes, existe una “Fawa”, pronunciamiento legal islámico, de obligatorio cumplimiento, emitido por el ayatola Ali Khamenei, mediante la cual se prohíbe la fabricación y utilización de armas nucleares. Ese documento de carácter interno data de los años noventa, y como elemento probatorio de la falta de intenciones de Irán de dotarse de armas nucleares, fue hecho público en 2005. Según el ayatola: “La producción, almacenamiento y el uso de armas nucleares están prohibidos por el Eslam.
Posteriormente, como resultado de las largas negociaciones 5+1 con Irán, en 2015 se aprobó el Plan Integral de Acción Conjunta (PAIC), en virtud del cual, a cambo del levantamiento de las sanciones y otros compromisos de occidente, Irán se comprometió a deshacerse de las existencias de uranio enriquecido, dejando de realizar esos procesos.
No obstante, según trascendidos, incluso después de los bombardeos de los Estados Unidos en la pasada Guerra de los 12 días” y aun de los recientes bombardeos, en poder de Irán permanecen aproximadamente 450 kilogramos de uranio enriquecido al 60%, cantidad suficiente, para fabricar una docena de bombas atómicas. Incluso se ha especulado de que, en un momento del actual conflicto pausado por una tregua de 15 días, Estados Unidos intentó apoderarse de ese alijo.
Si bien las horas invertidas en los debates entre las delegaciones de Estados Unidos e Irán, pudieran ser un prólogo para jornadas futuras, el tiempo de la tregua de 15 días comienza a escasear, aunque fue suficientes para reiterar cuán lejos están las posiciones del imperio americano e Irán en asuntos nodales, entre ellos el programa nuclear de Irán y las garantías de que el estado persa no será nuevamente agredido.
No obstante que las esperanzas de llegar a acuerdos positivos se reducen, ninguna de las partes ha desistido de la búsqueda de un entendimiento, aunque Donald Trump tampoco ha retirado sus insólitas amenazas de exterminio que, para bien de Irán, la humanidad y los Estados Unidos que cargarán con un pesado baldón, es preciso neutralizar del único modo posible: negociaciones. Allá nos vemos.