A propósito del recrudecimiento del bloqueo y la aplicación de medidas extremas contra Cuba, entre ellas el cerco energético y el relanzamiento de las amenazas militares, incluidas las alusiones al empleo de portaaviones, con cierta frecuencia se alude a la Crisis de los Misiles, del 1962.
Entonces, a propósito del emplazamiento en Cuba de cohetes soviéticos con alcance de hasta 2 mi kilómetros, dotados de ojivas nucleares, el presidente John F. Kennedy ordenó el bloqueo naval a la isla, se profirieron amenazas extremas y se posesionaron medios militares como los que hoy se anuncian, augurando grandes operaciones militares.
Entonces ante las fotos del U-2 que mostraban que se construían rampas de lanzamiento y otras facilidades para el emplazamiento de misiles de alcance intermedio dotados de ojivas nucleares que, dicho sea de paso, ya se encontraban en la Cuba, el presidente Kennedy constituyó un Comité de Crisis conocido como Comité Ejecutivo del Consejo de Seguridad de los Estados Unidos (EXCOMM, por sus siglas en inglés). El EXCOMM, que funcionó como gabinete de crisis, estaba formado, además de por el presidente Kennedy y el vicepresidente Lyndon B. Johnson, por los secretarios de estado, Defensa, del Tesoro y Robert Kennedy, fiscal general, así como el consejero de Seguridad Nacional, el director de la CIA y el general Maxwell Taylor, presidente de la junta de jefes de Estado Mayor.
El equipo se completó con los embajadores en Moscú, Llewellyn Thompson; Adlai Stevenson -ante la ONU- y otros 10 altos funcionarios. Desde el primer momento, aquel Comité, definió el problema como una “amenaza para la seguridad nacional de los Estados Unidos”, lo cual tenía sentido porque aquellos misiles, que siempre estuvieron bajo el comando soviético, podían alcanzar los centros vitales de los Estados Unidos incluso, según se dijo entonces, ciudades tan alejadas como Seattle a unos 5 mil kilómetros de Cuba.
En aquel momento, al presidente Kennedy y al EXCOMM no le interesaban el régimen político de Cuba, no tenía en cuenta si el país profesaba el marxismo-leninismo o cual era la situación de los derechos humanos; tampoco, según su criterio, podía enredarse en negociaciones dilatadas ni en arreglos complicados, concentrándose en el hecho de que se trataba de una cuestión de seguridad nacional por lo cual, el único objetivo era solo: sacar de Cuba aquellas armas o destruirlas in situ.
Ante aquella apreciación de la situación, el presidente comenzó a escuchar las propuestas. Según contó Robert McNamara, la propuesta de Maxwell Taylor, secretario de Defensa fue sobrecogedora: invasión inmediata a la isla, con un bombardeo masivo previo de mil 800 incursiones el primer día.
El ablandamiento artillero sería seguido por el desembarco de cinco divisiones del Ejército, tres divisiones de la Marina, en total unos 140 mil efectivos, incluidos 14 mil 500 paracaidistas. Sin rechazar de plano aquella opción, Kennedy optó por la idea de establecer un bloqueo naval y dar oportunidades a la diplomacia.
Mientras, mediante los embajadores en Washington y la ONU se presionaba a la Unión Soviética y personalmente el presidente se dirigía a Nikita Jrushchov, se procedió a detener e inspeccionar en alta mar a los buques que se dirigían a Cuba, obligando a retroceder a cualquiera que llevara armas ofensivas, se reforzó la Base Naval de Guantánamo y se pasó a las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos a la máxima alerta, condición que hicieron suya los aliados de la OTAN y fue replicada por la Unión Soviética y el Tratado de Varsovia. La estrategia asumía el evento como una cuestión entre Estados Unidos y la URSS, con Cuba como escenario, lo cual impedía que la isla fuera victimizada y trataba de neutralizar los efectos de cualquier expresión de solidaridad hacia la Revolución.
El asunto no era entonces político, sino de seguridad. Probablemente, en el rediseño de la política hacia Cuba basada en la intolerancia total, la máxima presión, las acciones extremas como el embargo petrolero y las sanciones secundarias a empresas, países y personas que mantuvieran vínculos económicos con Cuba y amenazas tremebundas, como la de fondear un portaaviones nuclear con un centenar de aparatos y su grupo de batalla frente a la isla, los improvisados estrategas estimen que es posible, a base de mentiras, exageraciones y presunciones, fabricar un entorno como aquel.
Hoy, por todos los medios, incluyendo su participación personal, Donald Trump y Marco Rubio intentan instalar una narrativa, basada no en hechos, sino en una mendaz y extemporánea campaña acerca de que la isla constituye una amenaza para la seguridad nacional de los Estados Unidos, cosa imposible porque Cuba, además de no tener tales intenciones -que serían suicidas-, carece de los medios económicos y militares para realizarlas, ni cuenta con alianzas políticas estatales que respalden tal cometido.
Por el contrario, las autoridades cubanas se esfuerzan por reiterar su voluntad de dialogar, incluso negociar con los Estados Unidos todos los temas pendientes en la agenda bilateral, de lo cual dan fe recientes acciones como, habilitar a funcionarios cubanos para comunicarse con homólogos norteamericanos y recibir con expresiones positivas a enviados estadounidenses, entre ellos el director de la CIA, John Ratcliffe, y el jefe del Comando Sur, general Francis Donovan.
Finalmente, en el 1962 la crisis se solucionó por vía diplomática y después, corrió el agua bajo los puentes, colapsó la Unión Soviética y desapareció el campo socialista, Cuba redujo a cero su actividad militar internacionalista y sus posibilidades para adquirir medios militares fueron anuladas por la crisis económica y por la negativa de cualquiera de los productores de armas a suministrarlas.
Entonces, con la economía en caída libre que ahora parece tocar fondo, el país concibió una doctrina exclusivamente defensiva y autóctona basada en sus propios esfuerzos y en la participación popular que denominan guerra de todo el pueblo.
Actualmente, no existe ni la menor similitud con la situación que estuvo vigente en el 1962, cuando se desató la Crisis de los Misiles y la idea de que Cuba pueda representar una amenaza para la seguridad nacional de los Estados Unidos es una peregrina fantasía.
Exceptuando a los estados europeos, atrapados en el estancado conflicto entre Rusia, Ucrania, la OTAN y los Estados Unidos, uno de los pocos países del mundo cuya seguridad nacional está abiertamente amenazada es Cuba, hostilizada por Estados Unidos que cuenta, no con uno sino con 11 portaaviones y 70 submarinos, todos nucleares, alrededor de 2 mil aviones de combate manejados por unos 40 mil pilotos de combate en servicio y un millón 328 mil militares activos y casi un millón en reserva. Quien debe estar preocupada y temer por la seguridad de la nación y la supervivencia de su pueblo es Cuba que se prepara para dos escenarios: dialogar con Estados Unidos y defenderse de su agresión. No hay una tercera opción.