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Opinión

T-MEC: México deja de ser el problema de Trump

México y Estados Unidos están acelerando negociaciones para intentar alcanzar un entendimiento comercial bilateral antes de las elecciones legislativas estadounidenses de noviembre.

Donald Trump, presidente de Estados Unidos
Donald Trump, presidente de Estados Unidos / AP

Donald Trump necesitó apenas unas palabras para enviar una señal que probablemente será analizada con lupa en México, Canadá y en los consejos de administración de las grandes empresas norteamericanas.

Le preguntaron en Dublín si estaba considerando retirar a Estados Unidos del T-MEC.

Primero pareció no reconocer las siglas en inglés —USMCA— y pidió que le aclararan la pregunta. Cuando se la repitieron, respondió:

“No. Me llevo genial. Vamos a tener una gran relación con México”.

Y enseguida introdujo una diferencia que puede resultar mucho más importante que la frase misma: aseguró que también mantiene una buena relación con Canadá, pero sostuvo que Ottawa quiere desesperadamente alcanzar un acuerdo con Washington.

Trump rebajó así, al menos públicamente, la posibilidad de abandonar el tratado comercial norteamericano. Bloomberg reportó este sábado que el mandatario expresó optimismo sobre un eventual arreglo con Canadá y minimizó la posibilidad de retirar a Estados Unidos del T-MEC. 

La pregunta entonces ya no es solamente si sobrevivirá el T-MEC.

La pregunta es qué T-MEC sobrevivirá y bajo qué equilibrio entre sus tres integrantes.

Porque algo está cambiando en América del Norte.

México ya no está en el mismo lugar que Canadá

Durante meses se habló de México y Canadá como si enfrentaran exactamente el mismo problema frente a Donald Trump. Dos socios comerciales, dos vecinos, dos países sometidos a la presión arancelaria de Washington.

Pero septiembre de 2026 comienza a mostrar una fotografía diferente.

Trump ha endurecido considerablemente su enfrentamiento comercial con Canadá. Este sábado, Associated Press daba cuenta de una disputa que incluye fuertes aranceles estadounidenses y represalias canadienses, particularmente alrededor de sectores sensibles como automóviles, productos lácteos y bebidas.

Con México, en cambio, la negociación sigue avanzando.

Y eso no ocurre por casualidad.

México y Estados Unidos llevan meses negociando directamente. En mayo concluyeron en la Ciudad de México la primera ronda bilateral formal de la revisión del T-MEC. Después siguieron Washington y una tercera ronda nuevamente en México.

En julio, el representante comercial estadounidense, Jamieson Greer, reconoció avances mexicanos en propiedad intelectual, aduanas, controles de exportación, medio ambiente y telecomunicaciones. Las negociaciones incluyeron además acero y aluminio, automóviles, agricultura, seguridad económica y asuntos laborales.

Dos días después, tras reunirse Greer con la presidenta Claudia Sheinbaum, ambas partes hablaron de fortalecer la manufactura norteamericana, las cadenas regionales de suministro y la cooperación económica. 

No significa que Washington haya renunciado a sus exigencias.

Todo lo contrario.

Estados Unidos quiere reglas de origen más estrictas, mayor contenido regional —y particularmente estadounidense— en sectores estratégicos, restricciones para impedir que empresas de terceros países utilicen México como plataforma para entrar al mercado norteamericano y cambios en asuntos que van desde energía hasta agricultura.

La agenda comercial estadounidense de 2026 lo dice expresamente: Washington pretende utilizar la revisión para resolver sus inconformidades y enfrentar lo que considera el aprovechamiento del T-MEC por economías que no forman parte del acuerdo, con China evidentemente en el centro de esa preocupación.

Pero una cosa es negociar bajo presión y otra muy distinta estar al borde de una ruptura.

Y Trump acaba de marcar esa diferencia.

México y Estados Unidos aceleran

Hay otro elemento que convierte sus palabras en algo más que una declaración amable.

Reuters informó este 11 de septiembre que México y Estados Unidos están acelerando negociaciones para intentar alcanzar un entendimiento comercial bilateral antes de las elecciones legislativas estadounidenses del 3 de noviembre.

El objetivo sería resolver algunos de los asuntos pendientes entre ambos países mientras continúan las discusiones más amplias sobre el T-MEC.

Entre los principales obstáculos permanecen los aranceles de la Sección 232 al acero, aluminio, automóviles y autopartes. Los vehículos mexicanos enfrentan actualmente un gravamen estadounidense de 25%, mientras otros socios de Washington han conseguido condiciones más favorables.

Según fuentes del sector automotor consultadas por Reuters, una posible fórmula podría reducir el arancel a los vehículos mexicanos a 15% y disminuirlo todavía más dependiendo de su contenido estadounidense.

A cambio, Washington presiona para incrementar la participación estadounidense en componentes fundamentales como motores, electrónica y software. (Reuters⁠)

Es ahí donde estará una de las negociaciones más difíciles.

México tiene que preservar su acceso privilegiado al mercado estadounidense sin permitir que la integración termine convirtiéndose en subordinación industrial.

Porque una cosa es fortalecer el contenido norteamericano frente a China.

Otra muy distinta sería construir reglas en las que México termine siendo únicamente el territorio donde se ensambla lo que Estados Unidos decide producir.

El T-MEC no murió en julio

También conviene desmontar una confusión.

Cuando Estados Unidos decidió el pasado julio no aprobar automáticamente una extensión del tratado por otros 16 años, hubo quienes interpretaron la decisión como el principio del fin del T-MEC.

No fue así.

El propio gobierno estadounidense aclaró que el acuerdo permanece vigente mientras continúan las negociaciones. (United States Trade Representative⁠)

Marcelo Ebrard fue todavía más explícito: el tratado tiene vigencia hasta 2036.

Lo que comenzó fue otro mecanismo: al no acordarse una extensión automática, los tres países deberán continuar revisándolo anualmente mientras negocian las diferencias pendientes. (Gobierno de México⁠)

Y hay una diferencia todavía más importante.

Salir del T-MEC requeriría una decisión expresa y un aviso previo de seis meses.

Trump pudo anunciarlo.

No lo hizo.

Le preguntaron directamente si estaba considerando abandonar el acuerdo y respondió que no.

Eso importa.

Trump necesita también a México

Durante mucho tiempo la narrativa dominante fue que México necesitaba desesperadamente a Estados Unidos.

Por supuesto que lo necesita.

La economía mexicana está profundamente integrada a la estadounidense y millones de empleos dependen directa o indirectamente de esa relación.

Pero después de tres décadas de integración productiva hay otra verdad que algunas veces se olvida:

Estados Unidos también necesita a México.

No solamente como comprador.

Como parte de sus cadenas productivas.

Como plataforma manufacturera.

Como proveedor de componentes.

Como socio energético.

Como pieza de su seguridad económica.

Y, cada vez más, como elemento fundamental de la estrategia estadounidense para competir con China.

Romper esa integración tendría costos para México, pero también elevaría costos de producción y precios dentro de Estados Unidos.

Por eso el T-MEC no es una concesión estadounidense a sus vecinos.

Es una arquitectura de interdependencia.

La oportunidad mexicana

México llega entonces a un momento extraordinariamente delicado, pero también favorable.

No debe celebrar anticipadamente.

Trump puede cambiar de tono con enorme rapidez y la negociación está lejos de concluir. Washington conserva exigencias importantes y utilizará su enorme mercado como instrumento de presión hasta el último momento.

Pero tampoco tendría sentido ignorar lo que está ocurriendo.

Mientras la relación entre Estados Unidos y Canadá atraviesa una de sus mayores tensiones comerciales recientes, el Presidente estadounidense decidió decir públicamente:

“Vamos a tener una gran relación con México”.

En diplomacia comercial las palabras no sustituyen los acuerdos.

Pero tampoco son irrelevantes.

Y menos cuando las pronuncia Donald Trump.

México parece haber entendido algo esencial durante estos meses: frente a Washington no funciona ni la confrontación permanente ni la obediencia automática.

Funciona negociar.

Ceder donde sea conveniente, resistir donde sea indispensable y hacer valer algo que también tiene precio en una negociación: México es necesario para Estados Unidos.

El desafío para la Presidenta Claudia Sheinbaum y su equipo será convertir esa necesidad en mejores condiciones para el país y no únicamente en tranquilidad para Washington. Porque después de todas las amenazas, aranceles y advertencias, Trump acaba de dejar una frase sobre la mesa: Estados Unidos quiere una gran relación con México.

Ahora México tiene que asegurarse de que esa gran relación sea también un gran acuerdo para México.