La comunidad de la medicina tradicional está de luto por el fallecimiento de don Andrés Ciau Canché, reconocido curandero maya y portador de saberes ancestrales en la región.
Maya hablante y adulto mayor, don Andrés destacó en Temozón y municipios circunvecinos por su amplio conocimiento en la medicina herbolaria, con la que atendía diversas enfermedades de manera empírica, convirtiéndose en un referente de la cultura y tradición local.
De acuerdo con el cronista de la ciudad, Federico Osorio Mena, durante muchos años practicó los saberes heredados de la cultura maya, además de ser un hombre alegre y un ejemplo para las nuevas generaciones. En reconocimiento a su trayectoria como médico tradicional, artesano y campesino, su fotografía y biografía forman parte de una exposición permanente en el Museo Comunitario Marcos Osorio.
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Don Andrés poseía un vasto conocimiento sobre las propiedades curativas de las plantas medicinales, aprendido de manera natural pese a no saber leer ni escribir. Fue por décadas el curandero del pueblo, elaborando remedios a base de hojas, tallos, raíces y frutos del monte.
Solía afirmar que las plantas son un regalo de la naturaleza y del dios del monte, útiles para atender padecimientos como dolores estomacales, reumas, afecciones renales, entre otros.
Fue campesino de toda la vida, rezador de novenarios y recordado por su buen humor y disposición para ayudar. Entre sus oficios también destacó la elaboración artesanal del tradicional cordón y calzado de las ánimas, piezas funerarias hechas con hilo de soskil y cartón, una práctica ancestral que hoy enfrenta el riesgo de desaparecer con su partida.
El cronista explicó que estos elementos tienen un profundo significado simbólico dentro de los rituales, relacionados con la protección del alma del difunto y su tránsito espiritual. Asimismo, don Andrés compartía parte de su conocimiento sobre la medicina tradicional, incluyendo la identificación de plantas utilizadas para contrarrestar efectos de mordeduras de serpientes, siempre acompañado de rezos y rituales, pues consideraba que su labor era guiada por la fe.
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Como artesano, también elaboraba herramientas de madera, actividad con la que se ganaba la vida, además de trabajar su milpa incluso en edad avanzada.
“Siempre hay que dar para recibir; ayudar a la gente es una bendición”, solía decir, manteniendo precios accesibles para quienes acudían a él en busca de alivio.
Su casa, ubicada en la colonia San Vicente, funcionaba también como consultorio y jardín botánico de traspatio, donde atendía a la población.
Con su fallecimiento, la comunidad pierde a uno de los principales guardianes de los conocimientos tradicionales mayas. Autoridades culturales y el museo Marcos Osorio rindieron un reconocimiento póstumo a su legado, destacando la importancia de preservar estos saberes para las futuras generaciones.