Con la firmeza de quien ha visto de cerca la desigualdad, Yaretsi Mayreli May Cobá, una niña maya de 11 años originaria de la comisaría de San José Oriente, en Hoctún, llevó hasta la tribuna del Senado una realidad que en Yucatán sigue siendo cotidiana: la invisibilidad de miles de niñas indígenas.
“Vengo de un pueblo que aprendió a mirar las estrellas, pero que hoy lucha para que sus niñas puedan mirar un cuaderno”, dijo ante legisladores federales, en un discurso pronunciado en lengua maya que obligó a detener la agenda política para escuchar una exigencia directa: que las leyes se cumplan.
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Su intervención no fue un acto simbólico aislado. Ocurre en un contexto donde, pese al discurso de inclusión promovido en Yucatán, persisten brechas estructurales en educación, acceso a servicios y condiciones de vida para comunidades indígenas.
Una realidad que contradice el discurso oficial
Datos de organismos como el Inegi y el Unicef han documentado que niñas y adolescentes indígenas en México enfrentan mayores tasas de abandono escolar, trabajo infantil y rezago educativo frente a la media nacional.
En Yucatán, donde más del 60% de la población tiene origen maya, el acceso a educación media y superior sigue siendo limitado en zonas rurales. Para muchas niñas, terminar la primaria continúa siendo un desafío marcado por la pobreza, la distancia a las escuelas y la necesidad de incorporarse a labores domésticas o productivas.
Yaretsi lo resumió sin cifras, pero con precisión: “He visto niñas que no van a la escuela. He visto niñas que trabajan mientras otras juegan”.
Identidad, idioma y discriminación
La menor, estudiante de sexto grado en el sistema de educación indígena y artesana en formación del bordado de huipil, también puso sobre la mesa un problema persistente: la discriminación por identidad cultural. “Ser una niña indígena no debería ser una desventaja, pero muchas veces lo es, no por lo que somos, sino por cómo se nos trata”, afirmó.
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Su señalamiento coincide con diagnósticos del Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación, que ubican a las comunidades indígenas entre los grupos con mayores niveles de exclusión social en el país.
Del simbolismo a la exigencia política
Lejos de un discurso protocolario, la intervención de Yaretsi tuvo un carácter político claro: responsabilizar al Estado. “No queremos ser estadísticas. No queremos ser números. No queremos ser solo casos”, reclamó.
Y fue más allá: exigió que las decisiones legislativas lleguen “hasta el último rincón del país”, donde –dijo– comienza el olvido.
Su llamado apunta a un problema estructural en México: la brecha entre la legislación y su implementación. Aunque el marco legal reconoce derechos amplios para la niñez y los pueblos indígenas, la aplicación efectiva sigue siendo desigual, especialmente en comunidades rurales.
Uno de los momentos más significativos de su discurso fue cuando cuestionó, de forma implícita, el discurso político regional. Pidió que el llamado Renacimiento Maya no se quede en narrativa institucional, sino que se traduzca en oportunidades reales para las niñas.
El mensaje final de la niña sintetizó el sentido de su intervención: “Los derechos de las niñas no son opcionales”.
Su presencia en el Senado no sólo visibiliza una problemática, también evidencia un cambio generacional: niñas indígenas que ya no sólo resisten, sino que también exigen, cuestionan y participan en el espacio público.