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Opinión

Washington aprieta el cerco: Una nueva vuelta de tuerca contra Cuba

“La pregunta que surge inevitablemente es si una estrategia aplicada durante más de seis décadas puede seguir justificándose por sus supuestos resultados”.

Washington aprieta el cerco: Una nueva vuelta de tuerca contra Cuba
Washington aprieta el cerco: Una nueva vuelta de tuerca contra Cuba

Cuando parecía que el bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por Estados Unidos a Cuba había alcanzado ya todos los niveles posibles de presión, Washington decidió apretar una vez más. La administración estadounidense ha endurecido las restricciones contra la isla, profundizando una política que se extiende por más de seis décadas y cuyos efectos recaen, fundamentalmente, sobre la población cubana.

La más reciente advertencia no proviene de La Habana ni de alguno de sus aliados históricos. Llegó desde Naciones Unidas. El Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos, Volker Türk, pidió públicamente a Estados Unidos levantar de inmediato las sanciones contra Cuba y alertó que las medidas están provocando daños directos a millones de personas.

Según Türk, las restricciones al combustible y el endurecimiento de las sanciones extraterritoriales afectan servicios esenciales como el suministro de agua, la producción y distribución de alimentos, el transporte de medicamentos, el funcionamiento de hospitales y otros servicios básicos indispensables para la vida cotidiana.

Las palabras del funcionario son especialmente relevantes porque colocan el debate en el terreno de los derechos humanos. Ya no se trata únicamente de una disputa política entre Washington y La Habana, sino de las consecuencias concretas que una estrategia de presión económica tiene sobre la vida de familias enteras.

Durante décadas, Estados Unidos ha defendido el bloqueo argumentando que busca promover cambios políticos en Cuba. Sin embargo, después de más de 60 años, los resultados son objeto de creciente cuestionamiento. El sistema político cubano permanece intacto, mientras que generaciones enteras de ciudadanos han vivido bajo restricciones que limitan el acceso a financiamiento internacional, tecnologías, medicinas, materias primas y combustible.

La nueva escalada ocurre además en un contexto particularmente complejo para la isla. Cuba enfrenta dificultades energéticas, limitaciones para importar combustibles y una complicada situación económica agravada por los efectos acumulados de la pandemia, la inflación global y las propias sanciones estadounidenses.

La crítica internacional a esta política es cada vez más amplia. Año tras año, la Asamblea General de Naciones Unidas aprueba por mayoría aplastante resoluciones que exigen el fin del bloqueo. Estados Unidos e Israel suelen quedar prácticamente solos defendiendo su continuidad frente a la comunidad internacional.

México ha mantenido históricamente una posición de rechazo a las sanciones unilaterales. La presidenta Claudia Sheinbaum ha reiterado la defensa de los principios de no intervención y autodeterminación de los pueblos, al tiempo que ha expresado que ningún país debe ser sometido mediante medidas coercitivas que afecten a su población.

En la misma línea se ha pronunciado el presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva, quien ha criticado repetidamente el bloqueo y ha señalado que ningún país debe ser castigado económicamente por diferencias ideológicas o políticas. Para Lula, las sanciones constituyen un obstáculo para el desarrollo de Cuba y una expresión de una lógica de confrontación que pertenece al pasado.

Desde Moscú, el presidente Vladimir Putin y el canciller Serguéi Lavrov han condenado reiteradamente las sanciones estadounidenses, calificándolas de ilegales y contrarias a los principios del derecho internacional. Rusia ha incrementado en los últimos años su cooperación económica y energética con la isla como una forma de contrarrestar parcialmente los efectos del bloqueo.

China también ha elevado su voz contra las medidas estadounidenses. Pekín sostiene que las sanciones unilaterales carecen de legitimidad internacional y ha exigido en múltiples ocasiones que Washington ponga fin a una política que considera anacrónica y perjudicial para el bienestar del pueblo cubano.

La pregunta que surge inevitablemente es si una estrategia aplicada durante más de seis décadas puede seguir justificándose por sus supuestos resultados. Si el objetivo era provocar transformaciones políticas internas, la experiencia histórica demuestra que no se ha conseguido. Si el propósito era aislar a Cuba internacionalmente, las votaciones anuales en Naciones Unidas muestran exactamente lo contrario.

Lo que sí ha quedado demostrado es el costo humano de esta política. Cada dificultad para adquirir medicamentos, cada hospital afectado por la escasez de insumos, cada interrupción en servicios esenciales y cada obstáculo para acceder a recursos básicos tiene un rostro concreto: el de millones de cubanos que enfrentan diariamente las consecuencias de decisiones tomadas a miles de kilómetros de distancia.

La advertencia de Volker Türk coloca nuevamente el foco donde debería estar siempre: en las personas. Porque cuando una medida política termina afectando el derecho a la salud, a la alimentación, al transporte o al acceso al agua, deja de ser simplemente una herramienta diplomática y se convierte en un asunto de derechos humanos.

Washington sostiene que busca presionar al gobierno cubano. La ONU advierte que quienes están pagando el precio son los cubanos de a pie. Entre ambas posiciones se encuentra una realidad difícil de ignorar: después de más de 64 años de bloqueo, Estados Unidos no parece estar buscando una solución al conflicto, sino simplemente otra vuelta de tuerca.