El pasado 1 de junio inició formalmente la temporada de ciclones tropicales 2026 en la zona IV, que comprende el Océano Atlántico, el Golfo de México y el Mar Caribe, donde se ubica la Península de Yucatán. Hasta el momento la actividad ha transcurrido sin nuevos sistemas en desarrollo, lo que ha llamado la atención de especialistas al comparar el comportamiento con registros históricos como el de 1999.
La situación resulta inusual, ya que en la actual temporada se presentan condiciones que, en teoría, son favorables para la formación de ciclones tropicales. Entre ellas destaca la presencia del fenómeno de La Niña, el incremento de la temperatura superficial del mar en la cuenca, así como la influencia de la oscilación Madden-Julian y las ondas de Kelvin, factores que suelen favorecer el desarrollo de sistemas ciclónicos y la generación de ondas tropicales más activas desde África.
Sin embargo, a pesar de estos elementos, la actividad ciclónica ha sido limitada debido a la presencia de aire seco en el Atlántico tropical y al incremento del viento cortante en distintas zonas de la cuenca, condiciones que inhiben la formación de sistemas organizados. Aun así, especialistas advierten que no debe bajarse la guardia, ya que incluso un solo ciclón con impacto directo puede definir una mala temporada para la región.
Nuestro estado acumula un largo periodo sin el impacto directo de un huracán intenso o mayor –categorías 3, 4 y 5 en la escala Saffir-Simpson–, el más reciente ocurrió en septiembre del 2002. Estos sistemas suelen presentar una estructura bien definida que incluye el llamado “ojo del huracán”, característico de los de mayor intensidad. Se trata de una zona generalmente circular en el centro del sistema, donde la nubosidad disminuye de forma notable y el viento puede reducirse de manera significativa, generando condiciones de aparente calma en contraste con la violencia de las bandas externas.
El tamaño y la simetría del ojo pueden variar según la intensidad y el desplazamiento: en huracanes más intensos tiende a ser más definido y estable. Aun así, esta calma es engañosa, ya que forma parte del sistema más peligroso del fenómeno. Un ejemplo histórico es el huracán Janet en 1955, que al pasar sobre Chetumal permitió observar incluso la luna llena desde su interior.
En Yucatán, Isidore y Gilberto son dos de los huracanes más recordados por su impacto y trayectoria en la Península. El primero, que en el 2002 ingresó por Telchac Puerto con categoría 3, fue debilitándose conforme avanzó hacia el interior del estado, aunque dejó afectaciones importantes en las zonas cercanas a su punto de entrada.
En contraste, Gilberto en 1988 alcanzó categoría 4 al ingresar por la región de Tizimín y salió hacia el Golfo de México por Telchac Puerto como categoría 3. Durante su desplazamiento se semiestacionó, lo que provocó que su ojo se expandiera y alcanzara incluso a la ciudad de Mérida, donde se registraron varias horas de relativa calma antes de que continuaran las condiciones de riesgo conforme avanzaba el sistema.
El paso del ojo de un huracán es una fase engañosa del fenómeno. Aunque en su interior se perciben condiciones de relativa tranquilidad, en su periferia se concentran los vientos más intensos y peligrosos. Por ello, las autoridades recomiendan no salir de los refugios durante esta etapa, sino esperar la confirmación oficial de que el peligro ha pasado.
Ya tiene rato que los yucatecos no experimentamos el paso del ojo de un huracán, lo que incrementa el riesgo de que la población salga al exterior al percibir una aparente calma, sin considerar el peligro que ello implica. Esta fase es especialmente peligrosa, ya que en los bordes del ojo se concentran los vientos más intensos del sistema.