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Opinión

T-MEC: Trump presiona, México resiste

“La importancia de esta negociación va mucho más allá de los intercambios comerciales. Lo que está en juego es el papel que desempeñará México en la nueva geografía económica mundial”.

T-MEC: Trump presiona, México resiste
T-MEC: Trump presiona, México resiste

A pocos días de que inicie una de las revisiones más importantes del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC), el escenario vuelve a estar marcado por las amenazas de Donald Trump, quien parece decidido a utilizar el acuerdo comercial más exitoso de América del Norte como una herramienta de presión política y electoral. Su juego ya empezó.

El próximo 1 de julio comenzará a definirse el futuro de un tratado que durante décadas ha permitido construir una de las regiones económicas más dinámicas del planeta. La revisión podría derivar en una prórroga de 16 años, en modifi caciones sustanciales o, en el peor de los escenarios, en una escalada de tensiones impulsada por la visión proteccionista del presidente estadounidense.

Frente a este panorama, México llega a la mesa de negociación con una posición mucho más sólida de lo que algunos analistas reconocen. El secretario de Economía, Marcelo Ebrard, encargado de encabezar el equipo negociador mexicano, ha mantenido una estrategia de diálogo permanente con Washington sin renunciar a los intereses nacionales.

Al mismo tiempo, la presidenta Claudia Sheinbaum ha dejado claro que la relación con Estados Unidos debe construirse sobre la cooperación, no sobre la subordinación. Lo ha dicho una de otra vez. Las presiones de Trump no son nuevas. Ya durante su primer mandato amenazó con cancelar el entonces TLCAN para obligar a sus socios a aceptar nuevas condiciones. Hoy la historia parece repetirse.

El mandatario estadounidense insiste en endurecer las reglas de origen para la industria automotriz, aumentar el contenido estadounidense en los vehículos fabricados en México y revisar sectores estratégicos como energía y agricultura. Sin embargo, detrás del discurso nacionalista de Washington existe una realidad que Trump suele omitir: Estados Unidos necesita a México tanto como México necesita a Estados Unidos.

Las cadenas de suministro de América del Norte están profundamente integradas. Millones de empleos estadounidenses dependen del comercio con México. Miles de empresas de ambos lados de la frontera producen conjuntamente bienes que compiten con éxito frente a Europa y Asia.

Romper esa integración tendría consecuencias económicas considerables para los tres países. Por ello, las amenazas de cancelar o debilitar el T-MEC parecen responder más a una lógica de política interna que a una visión económica racional. Trump necesita enviar mensajes de fuerza a sectores de su base electoral que ven en el libre comercio una amenaza para el empleo estadounidense.

Pero una cosa es el discurso de campaña rumbo a las elecciones intermedias de noviembre y otra muy distinta la realidad de una economía (norteamericana) que hoy depende de la integración regional para mantener su competitividad global.

México, por su parte, ha optado por una estrategia de prudencia y fi rmeza. Ni confrontación estéril ni sumisión. La administración de Claudia Sheinbaum entiende que el T-MEC es fundamental para el desarrollo nacional, pero también sabe que la defensa de la soberanía no puede convertirse en moneda de cambio.

La importancia de esta negociación va mucho más allá de los intercambios comerciales. Lo que está en juego es el papel que desempeñará México en la nueva geografía económica mundial. Mientras la rivalidad entre Estados Unidos y China redefi ne las cadenas globales de producción, nuestro país se ha convertido en una pieza estratégica para el fenómeno del nearshoring y para la relocalización de industrias de alto valor agregado. Paradójicamente, son esas mismas ventajas las que han fortalecido la posición negociadora de México.

Hoy nuestro país no es el socio débil que algunos imaginaban hace décadas. Es el principal socio comercial de Estados Unidos, una potencia manufacturera emergente y un actor indispensable para la estabilidad económica de América del Norte. Por eso resulta difícil imaginar un escenario en el que prevalezcan las amenazas sobre la racionalidad económica.

Lo que sí parece inevitable es una negociación compleja, intensa y cargada de presiones políticas. Marcelo Ebrard lo sabe. Claudia Sheinbaum también. Ambos entienden que el desafío consiste en preservar los benefi cios del acuerdo sin aceptar condiciones que limiten el futuro desarrollo del país. Las próximas semanas pondrán a prueba la capacidad negociadora de México, pero también demostrarán si Washington está dispuesto a actuar como socio estratégico o si insistirá en una política de imposiciones que terminaría debilitando a toda la región.

El 1 de julio comenzará a despejarse la incógnita. Mientras tanto, México llega a la mesa con una convicción clara: la cooperación es posible, pero la soberanía no se negocia