Al menos ocho de cada 10 personas en Candelaria viven en situación de pobreza, es decir, que no cuenta con los recursos suficientes para cubrir sus necesidades básicas, y carece de elementos suficientes para tener un seguimiento a las enfermedades mentales que pudieran poseer.
De acuerdo con información obtenida en el Informe Anual Sobre la Situación de Pobreza y Rezago Social 2026 que elabora la Secretaría de Bienestar Federal (Sebien), confirmó que el 80 por ciento de la población de este municipio vive en algún tipo de pobreza, lo que son 44 mil 544 personas que afrontan más de un tipo de marginación.
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El desglose de la dependencia indica que 27 mil 399 personas viven en pobreza moderada, equivalente al 49.5 por ciento, mientras que 17 mil 145 candelarenses afrontan la pobreza extrema, que en el mejor de los casos pueden hacer hasta dos comidas al día.
En cuanto a los servicios de salud, apenas uno de cada cuatro ciudadanos puede acceder a una atención digna, ya sea por contar con seguridad social, o porque tiene los recursos para viajar fuera del municipio para acceder a una clínica que le brinde la atención necesaria.
Lo anterior, debido a que el pasado viernes, una joven de apenas 17 años de edad diagnosticada con depresión, tomó la fatídica decisión de terminar con su vida al ingerir una alta cantidad de herbicida, luego de que no pudiera continuar con su tratamiento psiquiátrico por la falta de recursos.
Al respecto, el secretario técnico del Consejo Estatal de Salud Mental y Adicciones (CESMA), José Luis Reyes Farfán, señaló que la conducta suicida se ha convertido en un problema generacional debido a que personas que intentaron autolesionarse o quitarse la vida durante la infancia están concretando estos actos años después.
En cuanto a los casos asociados con conducta suicida, explicó que se han presentado en edades cada vez más tempranas, y consideró que el caso más joven registrado corresponde a un menor de seis años.
Señaló que, durante la infancia, todavía se encuentra en desarrollo la comprensión de la muerte como un proceso irreversible, por lo que algunos menores pueden reaccionar de manera impulsiva ante episodios de enojo, tristeza o frustración, debido a la falta de herramientas emocionales para afrontar conflicto.