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Cultura

De mancos

Jorge Cortés Ancona

La literatura de lengua española tiene como manco epónimo a Miguel de Cervantes, pero también debe tenerse presente a Ramón del Valle-Inclán, que carecía por completo de la extremidad a diferencia del autor de El Quijote, que sí la conservó aunque estaba imposibilitado de moverla.

Por su mismo carácter, el Valle-Inclán creador de esperpentos que han llevado a verlo a él mismo como un personaje de sus XX obras se prestaba a situaciones cómicas en la vida, fuesen reales o no.

A diferencia de otros escritores españoles de su tiempo, estimaba mucho a Hispanoamérica y a los hispanoamericanos, en especial a México. Y quizás esa estima fue una de las razones por las que fue enviado como representante de España para las conmemoraciones por el centenario de la consumación de la Independencia de México en 1921.

Se dice que en su primer encuentro con el general Álvaro Obregón, entonces presidente de la República y también manco, se dio un hecho involuntariamente chusco, como de película de cine mudo, cuando al momento del saludo uno se quitó el sombrero mientras el otro extendió la mano y al querer cada uno componer la situación se dio un duelo de discordantes movimientos de sombrero y extensiones del único brazo.

Otra anécdota, quizá apócrifa, es la de que cuando ambos presenciaron una corrida de toros fue tan excelsa la faena, que Valle-Inclán le gritó emocionado a Obregón: “¡Aplaudamos, señor presidente, aplaudamos”, a la vez que ambos chocaban sus únicas palmas para sumarse jubilosos a la reacción del público.

Pero una más, ocurrida en España, es digna de asombro. En 1925, en El Castellano, periódico de Toledo, junto a una crónica deportiva que celebra la “importancia que en el pugilismo mundial ha adquirido nuestro bravo vasco”, es decir, el peso completo Paulino Uzcudun, aparece una nota curiosa titulada “La sugestión pugilística”, que señala que en un victorioso combate reciente de este boxeador no se vio lo que se podría “llamar barbarie de este homenaje al músculo, sino únicamente su aspecto artístico, el valor, la emoción”.

Y destaca un hecho curioso relacionado nada menos que con el ilustre escritor manco: “Un espíritu tan selecto como don Ramón del Valle-Inclán, el gran literato, anheloso de presenciar el combate, abandonó sus cuarteles nocturnos de la Puerta del Sol y demás cafés céntricos y volvió presuroso a la Plaza de Toros sin detenerse siquiera a cenar.

”En una taberna de los aledaños de la Plaza entró a restaurar sus fuerzas el inimitable estilista; porque tardaba el camarero, porque no le servía demasiado de prisa, porque le retardaba el instante de llegar al circo taurino, don Ramón empezó (sic) a puñetazos (con su único brazo) contra el pobre muchacho, que dejó caer fuentes y platos, produciéndole una catástrofe de vajilla rota, estruendo, insultos, etc., en el interior del establecimiento.

”Señalemos este curioso detalle al margen de la información del gran combate para demostrar que el estímulo deportivo contagia hasta el extremo de hacer perder la serenidad a los hombres más sedentarios”.

Este gran don Ramón, nada sereno, se bastaba y sobraba con una sola mano incluso para el combate, una carencia que se volvió parte de su atronadora personalidad.