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Opinión

Ormuz, Irán y lo que viene detrás

“Durante décadas, Washington utilizó las sanciones económicas como una de sus principales herramientas de política exterior”.

Ormuz, Irán y lo que viene detrás
Ormuz, Irán y lo que viene detrás

Mientras la atención mundial continúa concentrada en Ucrania, Gaza y la creciente rivalidad entre Estados Unidos y China, una noticia procedente de Medio Oriente podría terminar teniendo consecuencias históricas para la economía mundial y para la arquitectura geopolítica del siglo XXI: la reapertura del estratégico Estrecho de Ormuz y el levantamiento de parte del bloqueo naval impuesto a Irán.

Aunque las autoridades iraníes han mantenido cautela y no han confirmado públicamente todos los detalles, el anuncio del primer ministro de Pakistán, Shehbaz Sharif, sobre un presunto entendimiento entre Washington y Teherán,  ha sido suficiente para provocar una inmediata reacción de los mercados energéticos y abrir un intenso debate sobre el futuro de la región. Ahora, veamos qué tan lejos nos lleva porque una pregunta es inevitable: ¿estamos ante una paz duradera o simplemente frente a una pausa táctica en uno de los conflictos más peligrosos del planeta?

Corazón energético del mundo

Es cosa de ver qué sigue pero hay algo clave: este posible acuerdo va mucho más allá de Irán o Estados Unidos. El Estrecho de Ormuz es una de las rutas marítimas más estratégicas del planeta. Por sus aguas transita aproximadamente una quinta parte del petróleo comercializado a nivel mundial y una porción significativa del gas natural licuado que abastece a Europa y Asia. Cuando Ormuz se militariza, los mercados tiemblan. Cuando Ormuz se estabiliza, el mundo respira. Por ello, cualquier acuerdo que garantice la libre navegación en esa zona tiene repercusiones inmediatas sobre los precios de la energía, la inflación global y la estabilidad económica internacional. Pero detrás de esta aparente distensión se esconden preguntas mucho más profundas.

Fracaso de las sanciones

Durante décadas, Washington utilizó las sanciones económicas como una de sus principales herramientas de política exterior. Hoy en día las sigue usando contra varios países. La lógica es simple: presionar económicamente hasta obligar al adversario a modificar su comportamiento.

Sin embargo, los resultados han sido discutibles en el caso de Irán.  Las sanciones no derribaron al Gobierno iraní. No provocaron un cambio de régimen. Tampoco eliminaron la influencia regional de Teherán. Por el contrario, Irán fortaleció sus relaciones con China, Rusia y otros actores emergentes del llamado Sur Global.

Lo mismo puede observarse en otros escenarios. Cuba continúa resistiendo más de seis décadas de bloqueo. Venezuela sigue existiendo pese a las sanciones. Rusia no modificó sustancialmente sus posiciones estratégicas a pesar de las restricciones financieras occidentales.

Por ello, si Washington termina negociando directamente con Teherán y levantando algunas medidas de presión, muchos analistas interpretarán el gesto como un reconocimiento implícito de que la estrategia de sanciones tiene límites cada vez más evidentes. Es una estrategia finita. Las sanciones pueden castigar economías, Pero rara vez logran, por sí solas, los objetivos políticos que prometen.

Trump contra Netanyahu

Uno de los elementos más sorprendentes de esta crisis fue la confrontación pública entre Donald Trump y el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu. El mandatario estadounidense acusó abiertamente al líder israelí de poner en riesgo las negociaciones con Irán tras el ataque israelí contra Beirut. “¿Por qué Bibi tenía que hacer un jodido ataque? No tiene ningún jodido criterio”, declaró Trump al referirse a Netanyahu.

Las palabras resultan extraordinarias por varias razones. Primero, porque proceden de un presidente estadounidense; segundo, porque reflejan una diferencia estratégica entre Washington y Tel Aviv. Una diferencia que sustenta el fracaso.

Mientras Trump parece apostar por el flujo energético y por evitar una escalada militar de grandes proporciones, Israel continúa considerando que Irán representa una amenaza existencial que no puede ser contenida únicamente mediante acuerdos diplomáticos. Trump llegó incluso a afirmar que el ataque israelí retrasó varias horas la firma del entendimiento con Teherán.

Más allá del lenguaje utilizado, el episodio revela algo significativo: por primera vez en mucho tiempo, Washington parece sugerir que ciertas acciones militares israelíes podrían estar interfiriendo con objetivos estratégicos estadounidenses.  Tal vez el aspecto más revelador de todo este episodio sea quiénes aparecen como mediadores.

No fue la ONU

No fue la Unión Europea. No fueron París, Berlín o Londres. Los protagonistas diplomáticos fueron Pakistán, Qatar, Arabia Saudita y Turquía, todas potencias regionales que hace apenas unas décadas ocupaban un papel secundario en las grandes negociaciones internacionales. Pakistán fungió como puente entre Washington y Teherán. Qatar volvió a desempeñar su tradicional papel de interlocutor discreto. Arabia Saudita hizo su parte para proteger el mercado energético. Turquía mantuvo comunicación con prácticamente todos los actores involucrados.

Lo ocurrido refleja un cambio profundo en la distribución global del poder porque si bien Estados Unidos sigue siendo una potencia central, ya no es el único actor capaz de construir acuerdos y ordenar acontecimientos internacionales. Ese es precisamente el sello que tal vez no deseaba Trump pero que marca el momento.

¿Arquitectura de seguridad?

La gran incógnita es si este acuerdo representa el inicio de una nueva etapa o simplemente una tregua temporal. Todos los actores relevantes tienen algo que ganar. Estados Unidos necesita estabilizar los mercados energéticos. Irán desea aliviar la presión económica. Arabia Saudita no está interesada en una guerra regional. Europa requiere certidumbre energética. China a favor de rutas comerciales seguras. Sin embargo, también existen razones para la cautela. Israel mantiene profundas reservas sobre cualquier acercamiento con Teherán.

La historia de Medio Oriente está llena de acuerdos que parecían definitivos y terminaron siendo apenas una pausa antes de la siguiente crisis. Por eso resulta prematuro hablar de una paz duradera. Quizá estamos observando una tregua estratégica que permita a todos reorganizar fuerzas y redefinir posiciones. La verdadera prueba comenzará después de la firma.

Significado para AmLat

Aunque el conflicto parece lejano, sus consecuencias son inmediatas para nuestra región, América Latina. Cada crisis en el Estrecho de Ormuz repercute en los precios internacionales del petróleo, en los costos de transporte, en la inflación y en el comercio global.

México necesita estabilidad energética para sostener su crecimiento económico. Brasil depende de mercados internacionales previsibles para mantener el dinamismo de su industria. Argentina requiere estabilidad financiera global para atraer inversiones. Venezuela observa con atención cualquier modificación en el mercado petrolero internacional.

Pero existe una lectura todavía más profunda. América Latina ha defendido históricamente principios como la no intervención, la solución pacífica de controversias y el respeto a la soberanía de los Estados.

El verdadero acuerdo

Quizá la noticia no sea solamente que Estados Unidos e Irán hayan decidido sentarse a negociar. La noticia es que el mundo de 2026 ya no se parece al de finales del siglo XX. Las sanciones ya no son tan eficaces como antes. Las guerras son cada vez más costosas.  Las potencias regionales ganan protagonismo. Y los viejos centros de poder ya no monopolizan la diplomacia internacional. Tal vez el verdadero acuerdo histórico no sea el que hoy intentan firmar Washington y Teherán.