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Opinión

Atrápame si puedes

“La incertidumbre jurídica no fortalece la libertad; por el contrario, propicia la arbitrariedad. Allí donde la ley guarda silencio, la discrecionalidad ocupa su lugar”.

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La grandeza del derecho no radica únicamente en sancionar las conductas que lesionan el orden social; su verdadera virtud consiste en anticiparse a los cambios que experimenta la sociedad. Cuando el legislador pierde de vista esa realidad, surge un fenómeno tan silencioso como peligroso: la ceguera legislativa.

Vivimos una época en la que la innovación tecnológica modifica, prácticamente a diario, la forma en que convivimos, trabajamos, nos desplazamos y nos comunicamos. La inteligencia artificial produce contenido, toma decisiones e influye en procesos administrativos; las redes sociales han sustituido, en buena medida, la plaza pública; las bicicletas, patinetas y motocicletas eléctricas transforman la movilidad urbana. Sin embargo, el marco jurídico continúa avanzando con una lentitud que contrasta con la velocidad de estos cambios.

Esa distancia entre la realidad y la ley genera una preocupante invisibilidad jurídica. No porque los hechos dejen de existir, sino porque el derecho carece de respuestas claras frente a ellos. Las autoridades interpretan de manera distinta lo que la legislación no prevé; los jueces resuelven con criterios dispares; los ciudadanos desconocen sus derechos y obligaciones, y las víctimas terminan enfrentando largos procesos para obtener justicia.

Basta observar la creciente circulación de vehículos eléctricos ligeros. ¿Deben portar placas? ¿Requieren licencia para conducir? ¿Es obligatorio el uso del casco? ¿Deben contar con un seguro de responsabilidad civil? ¿Quién responde cuando ocurre un accidente entre una motocicleta eléctrica y un peatón, o cuando dos conductores resultan lesionados y ambos requieren atención médica? Las respuestas, dependiendo de la entidad federativa o incluso del municipio, suelen ser contradictorias o simplemente inexistentes.

La incertidumbre jurídica no fortalece la libertad; por el contrario, propicia la arbitrariedad. Allí donde la ley guarda silencio, la discrecionalidad ocupa su lugar. Y cuando ello sucede, la seguridad jurídica deja de ser una garantía para convertirse en una expectativa incierta.

Lo mismo ocurre en el ámbito digital. La inteligencia artificial plantea desafíos inéditos en materia de propiedad intelectual, responsabilidad civil, protección de datos personales y derechos fundamentales. Las redes sociales, por su parte, han abierto espacios donde la desinformación, la suplantación de identidad, el fraude y la violencia digital evolucionan con mayor rapidez que las normas destinadas a combatirlos. La legislación no puede permanecer inmóvil mientras la realidad cambia de forma acelerada.

Legislar no consiste en reaccionar después de la tragedia. La función del Estado es prevenir los conflictos mediante reglas claras, oportunas y técnicamente sólidas. Esperar a que un vacío legal produzca consecuencias irreparables para entonces reformar la ley significa aceptar que el derecho ha renunciado a una de sus funciones esenciales: brindar certeza.

México necesita una agenda legislativa que mire hacia el futuro. No basta con reformar leyes para atender coyunturas políticas o responder a la presión mediática. Es indispensable construir un marco normativo capaz de acompañar la transformación tecnológica y social que ya estamos viviendo.

El derecho no puede aspirar a detener el progreso, pero tampoco debe resignarse a perseguirlo con años de retraso. Cuando la ley deja de observar la realidad, la sociedad avanza sola, y esa distancia entre ambas termina convirtiéndose en el mayor riesgo para el Estado de derecho.

La ceguera legislativa no es la ausencia de leyes; es la incapacidad de advertir que el mundo ya cambió. Allí donde el legislador no alcanza a ver, la incertidumbre ocupa el lugar de la justicia. Y ninguna democracia puede permitirse caminar hacia el futuro con los ojos cerrados.