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Opinión

La mentira también tiene algoritmo

Un millón de publicaciones ya no necesariamente significa un millón de personas. Puede haber miles de ciudadanos auténticamente indignados, pero también puede haber automatización.

El derecho de réplica es un derecho, pero también una obligación en una democracia.
El derecho de réplica es un derecho, pero también una obligación en una democracia. / Foto: Gobierno de México

Una mentira ya no necesita convencer a todo un país. Necesita algo mucho más sencillo: conseguir que el algoritmo la encuentre atractiva. Después pueden venir los bots, las cuentas que la reproducen, los comentaristas que la convierten en tema, los medios que recogen “lo que se dice en redes” y nuevamente las plataformas que multiplican aquello que ya adquirió apariencia de noticia. Al final nadie recuerda dónde comenzó, pero millones pueden terminar creyéndolo.

México está viviendo una discusión que rebasa ampliamente la confrontación entre el gobierno de Claudia Sheinbaum y sus críticos. Estamos entrando en una época en la que las plataformas digitales pueden utilizarse no solamente para informar o expresar opiniones, sino para construir artificialmente estados de opinión. Y eso modifica las reglas de la democracia.

¿Quién está censurado?

La presidenta Claudia Sheinbaum ha respondido frontalmente a las acusaciones de censura. Su argumento puede resumirse en una pregunta: ¿A quién se está censurando?, preguntó en una conferencia mañanera. Y más! Ha mencionado incluso a medios y periodistas abiertamente críticos de su administración para sostener su punto: continúan transmitiendo, publicando y cuestionando diariamente al gobierno.

El 14 de agosto volvió sobre el tema. Al responder una pregunta negó que existieran “listas negras” de periodistas y defendió que en México existe libertad de expresión. Lo que su gobierno reivindica, explicó, es otra cosa: el derecho de réplica. La diferencia no es menor. De eso escribo hoy porque Censurar significa impedir que alguien hable. Replicar significa responderle. Y una democracia debería permitir las dos voces.

La supuesta “lista negra”

El debate explotó después que la consejera jurídica de la Presidencia, Luisa María Alcalde, mostrara el 12 de agosto un análisis sobre la forma en que determinados contenidos contrarios al gobierno circulan y son amplificados dentro de las plataformas digitales. En la presentación aparecieron nombres de periodistas, comunicadores, medios y políticos. La oposición y algunos sectores periodísticos lo interpretaron como una “lista negra” y advirtieron sobre un posible efecto intimidatorio.

Alcalde respondió que no existía ninguna lista de enemigos del gobierno ni se estaba acusando a los periodistas de financiar bots o trolls. Entonces explicó cómo funciona un ecosistema digital: aparece un contenido crítico, otras cuentas lo retoman y redes mucho mayores pueden amplificarlo hasta convertirlo artificialmente en conversación dominante. 

Sheinbaum insistió en que no hay ninguna lista, sino ejemplos claros de cómo un contenido contra el gobierno puede ser recogido posteriormente por redes internacionales y multiplicarlo para intentar modificar la opinión pública. Y es que no podemos fingir que esas redes de amplificación no existen.

Cuando los bots fabrican una multitud

El Gobierno mexicano presentó en junio otro dato que merece atención.

En su espacio Derecho de Réplica afirmó haber detectado siete clústeres de bots utilizados para posicionar hashtags y desprestigiar la imagen de la Presidenta y de su gobierno. Detalló además su funcionamiento: cuentas automatizadas, publicaciones repetitivas, retuits masivos y utilización coordinada de hashtags para conseguir que un mensaje parezca espontáneamente popular. 

Aquí aparece una de las grandes trampas de nuestra época.

Un millón de publicaciones ya no necesariamente significa un millón de personas. Puede haber miles de ciudadanos auténticamente indignados, pero también puede haber automatización, cuentas coordinadas, publicidad pagada o una combinación de todos esos elementos.

La plaza pública digital puede llenarse de manifestantes que, sencillamente, no existen.

De la lechuga al Mundial

Hay otros ejemplos que permiten comprender la velocidad del fenómeno. En julio, el Gobierno dedicó uno de sus ejercicios de Derecho de Réplica a analizar las narrativas difundidas alrededor del viaje de Sheinbaum a la final del Mundial. En esa misma sesión abordó una información que responsabilizaba a la lechuga mexicana de casos de la llamada “diarrea explosiva” en Estados Unidos.

¿Por qué resulta interesante el ejemplo? Porque permite observar otro problema: la mentira suele viajar más rápido que su rectificación. En todos los casos, la acusación ocupa titulares y redes mientras que el desmentido llega después. Y muchas veces nunca alcanza a las mismas personas que recibieron la versión inicial. 

En todas palabras: La mentira toma el elevador. La verdad suele subir por las escaleras.

La fábrica de la apariencia

El mecanismo digital puede funcionar de una manera extraordinariamente eficaz. Primero alguien publica una acusación. Después determinadas cuentas la reproducen. Los algoritmos detectan interacción y aumentan su visibilidad. Influencers o comentaristas reaccionan. Otros medios reportan que “las redes estallan”. Y finalmente aparece un fenómeno circular: los medios hablan de las redes y las redes utilizan a los medios para demostrar que aquello era cierto. La fuente original termina siendo irrelevante. Lo importante es haber creado apariencia de consenso. Ese es el poder político del algoritmo.

La mentira también es negocio

Existe además una realidad incómoda: la desinformación puede ser rentable. Las plataformas compiten por nuestra atención. Y pocas emociones mantienen tanto tiempo a una persona frente a una pantalla como el miedo, la indignación, el escándalo y la ira.

Una explicación rigurosa necesita contexto. Una mentira necesita seis palabras. Una investigación puede tardar meses. Una acusación tarda segundos. Y cada clic puede convertirse en audiencia, publicidad, seguidores, influencia y dinero. Se puede decir que la mentira encontró un modelo de negocio.

Y ahora llegó la inteligencia artificial

El problema apenas comienza. Durante generaciones existió una frase capaz de terminar cualquier discusión: “Lo vi con mis propios ojos”. Ya no basta. La inteligencia artificial permite reproducir voces, fabricar fotografías y generar videos de personas pronunciando palabras que jamás dijeron.

La manipulación dejó de necesitar solamente un buen propagandista. Ahora necesita una computadora. Pronto la pregunta frente a una declaración escandalosa no será únicamente:

“¿Es verdad lo que dijo?” Será primero:“¿Realmente lo dijo?”

Réplica no es censura

Por eso resulta importante regresar al argumento de Sheinbaum. El 4 de agosto la Presidenta sostuvo que, aun cuando considera que existen medios que mienten, para la democracia es preferible permitir que publiquen y que la sociedad forme su propia opinión antes que censurarlos. Y defendió el derecho del gobierno a contestar o replicar públicamente aquello que considera falso. 

Ese principio es defendible siempre que funcione en ambas direcciones. Un periodista debe poder investigar al gobierno. Debe poder equivocarse y rectificar. Debe poder publicar información incómoda. Debe poder criticar ferozmente a una Presidenta sin temer represalias. Pero el gobierno también tiene derecho a responder. Y si el propio gobierno se equivoca al calificar una información como falsa, el periodista debe tener exactamente el mismo derecho a demostrarlo.

De hecho, durante una conferencia del 4 de agosto una periodista cuestionó a Sheinbaum precisamente sobre casos en los que información inicialmente desacreditada como falsa posteriormente habría resultado cierta. La Presidenta defendió el carácter abierto de la conferencia y el derecho de los reporteros a cuestionarla. 

Ese episodio es importante porque demuestra que ningún detector de mentiras puede convertirse en dueño de la verdad, tampoco cuando pertenece al gobierno.

La frontera que debemos proteger

Aquí está el verdadero desafío. Combatir la desinformación sin perseguir al discrepante. Exhibir una red de bots sin convertir automáticamente en parte de ella al periodista cuyo artículo fue amplificado. Defender al gobierno de una mentira sin protegerlo de una investigación verdadera. Y proteger al periodista frente al poder sin concederle inmunidad frente a los hechos. Los periodistas necesitamos siempre escribir  datos duros a partir de fuentes confiables. 

Los ciudadanos necesitan ser capaces de distinguir una información de una operación digital.

Porque la democracia no solamente puede ser amenazada cuando alguien impide hablar. También puede deteriorarse cuando millones hablan simultáneamente y ya nadie consigue distinguir cuántas de esas voces son reales, quién las financia y quién decidió que aparecieran en nuestra pantalla.

Esa es la nueva batalla por la información. No consiste en decidir quién tiene derecho a hablar. Consiste en impedir que una mentira, por el simple hecho de ser repetida por un ejército de cuentas y favorecida por un algoritmo, termine adquiriendo categoría de verdad.

Porque la libertad de expresión protege el derecho a criticar. El derecho de réplica protege el derecho a responder. Pero ninguno de los dos debería convertir la manipulación en periodismo.

Y quizás ésa sea la gran paradoja de nuestro tiempo: nunca tuvimos tantas herramientas para conocer la verdad y nunca fue tan fácil fabricar una mentira.