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Opinión

Las vidas que se llevó la guerra

Las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, una guerrilla que se desmovilizó gracias a un acuerdo de paz con el Estado colombiano) nunca perdonaron mi deserción y no han dejado de verme como una traidora

Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, una guerrilla que se desmovilizó gracias a un acuerdo de paz con el Estado colombiano
Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, una guerrilla que se desmovilizó gracias a un acuerdo de paz con el Estado colombiano

“Las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, una guerrilla que se desmovilizó gracias a un acuerdo de paz con el Estado colombiano) nunca perdonaron mi deserción y no han dejado de verme como una traidora. Se han reconciliado con algunos de sus peores enemigos, pero a mí no han querido ni verme. Debe de ser porque para ellos es más fácil perdonar a los enemigos que a los amigos”.

Así comienza el relato de su vida que Elda Nayis Mosquera hizo al escritor Gustavo Duncan y ha aparecido con el título Volver a ser Elda. Cuenta Elda que nació en un hogar muy pobre de 12 hijos, a los seis años vendía arepas para ayudar al sostenimiento del hogar, a los 12 años la violó un cuñado y a los 16 años, siendo una campesina como tantas otras en Urabá, zona bananera al Noroeste de Colombia, azotada por múltiples violencias cruzadas, fue reclutada por las FARC, donde permaneció por más de 24 años.

En ese mundo tan masculino rápidamente destacó por sus habilidades para conducir tropa y manejarse en la dureza de la vida guerrillera, que tal vez no era mayor que la que había tenido que vivir en su vida campesina. Llegó a tener mando, lo cual no era común en esa organización y se hizo famosa en el país con el alias de Karina hasta cuando desertó y se entregó a las autoridades colombianas en 2008.

Era la guerrillera más famosa del país, el Gobierno puso precio a su cabeza, el Ejército la perseguía de manera especial y la prensa la retrataba como la comandante sanguinaria del Frente 47. Se había convertido en una leyenda negra. Fue secuestradora, reclutó menores para su organización, destruyó la riqueza del país atacando las fuentes de energía con el daño que eso derivó para el medio ambiente.

Uno de sus perseguidores era el jefe paramilitar Raúl Hasbún, que se convertiría en su gran amigo luego de su deserción y cuando ya Hasbún hacía vida civil tras la desmovilización de los paramilitares, que pactó el entonces presidente Álvaro Uribe (2002-2010).

En entrevista con el programa de televisión Los informantes se quejó de que la acusaran de tener pacto con el diablo, dijo estar cansada de pedir perdón y negó que fuera un monstruo sanguinario. “Sólo he sido una mujer de la guerra”. Dice que la guerra es una cosa de locos y ella había sido entrenada para la guerra.

En un combate, una granada la dejó ocho días en estado de coma, perdió la vista del ojo izquierdo y le dejó esquirlas en varias partes del cuerpo. Luego de su entrega estuvo 10 años en la cárcel, pidió perdón a sus víctimas y fue juzgada por el Tribunal de Justicia y Paz, que se había conformado especialmente para juzgar, dentro de la justicia restaurativa, a los jefes paramilitares.

Indica que la cárcel le permitió reflexionar sobre su pasado y dedicarse a la vida en paz que lleva hoy, ganándose la vida en el pueblo donde vive, es gestora de paz y se convirtió en cristiana evangelista y mantiene su amistad con el excomandante paramilitar, que tanto la persiguió.

La Comisión de la Verdad ha traído al conocimiento de la ciudadanía miles de casos de personas en las múltiples guerras de distinto tipo que se viven en este país.

El Acuerdo de Paz, que se firmó con las FARC en 2016, sacó a 13 mil combatientes de la guerra y sus excomandantes se mantienen honrando su compromiso de dejar las armas, contar la verdad de lo ocurrido, reconocer sus responsabilidades, pedir perdón a sus víctimas y repararlas, así como comprometerse a no reincidir.

En la semana anterior, el Tribunal de Paz, encargado de juzgarlos, los llamó a comparecer por los delitos de carácter sexual que se cometieron cuando ellos ostentaban el mando de la guerrilla: violencia sexual, anticoncepción forzada, abortos forzados y otras violencias basadas en género.

Según la JEP: “Se documentaron afectaciones a comunidades indígenas, afrodescendientes y campesinas, además de hechos cometidos dentro de las mismas filas guerrilleras a raíz de una política formal establecida desde 1993”.

Los excomandantes citados se comprometieron a atender el llamado del Tribunal.

En mi modesta opinión, tanto la historia de Elda como la de estos excomandantes nos dejan la poderosa enseñanza de la inutilidad de la guerra.

Los mandos de las FARC ocuparon 10 curules en el Congreso como parte de lo establecido en el Acuerdo de Paz, por un periodo legislativo que acaba de vencer. Se sometieron a votaciones con la esperanza de obtener escaños ya como ciudadanos corrientes que se someten a votación y fueron derrotados de manera abrumadora.

Ni siquiera alcanzaron el umbral mínimo del 3% de la votación nacional. El partido Comunes, creado luego de su desmovilización y bajo cuya bandera se presentaron, quedó barrido y perdió su personería jurídica.

Una de sus integrantes, la exsenadora Sandra Ramírez, conocida porque fue la compañera del fundador de las FARC, Manuel Marulanda Vélez, se presentó con otro partido también de izquierda, Fuerza Ciudadana, y obtuvo apenas 10.505 votos (el 0.05% nacional).

Triste final de un proyecto que nació como una ilusión.