Con la finalidad de preservar la cultura y las tradiciones frente al avance de la homogeneización global, la Coordinación de Asuntos Indígenas en el municipio Lázaro Cárdenas, dirigida por Miguel Poot Kinil, intensificó la implementación del proyecto “Uchben Baxaalo’ob” (Juegos Tradicionales Mayas) en la comunidad Héroes de Nacozari.
Esta iniciativa surgió como una respuesta ante la pérdida gradual de la identidad originaria, buscando que niños y jóvenes retomen el uso de la lengua materna y la práctica de actividades lúdicas ancestrales. Estas acciones no solo tienen como propósito el entretenimiento, sino también la conservación de un legado que corre el riesgo de desaparecer.
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El rescate de los juegos tradicionales no debe entenderse únicamente como un ejercicio de nostalgia o una actividad recreativa aislada. En comunidades como Héroes de Nacozari, así como en otros puntos importantes de la geografía maya, retomar prácticas como el trompo, la kimbomba o el resorte representa una reafirmación de identidad.
“En un entorno donde las pantallas y el aislamiento digital ganan terreno, el regreso a los espacios públicos para convivir bajo las enseñanzas de los abuelos constituye una herramienta de cohesión social”, señaló el funcionario municipal.
La importancia de estas jornadas radica en la transmisión intergeneracional. Cuando un menor de alguna comunidad sostiene un juguete artesanal y escucha instrucciones en su idioma originario, se fortalecen los vínculos de pertenencia que difícilmente pueden ser reemplazados por el sistema educativo formal.
El proyecto “Uchben Baxaalo’ob” funciona como un puente cultural; no se trata de rechazar la modernidad, sino de garantizar que el progreso no implique el abandono de las raíces.
Aunque Héroes de Nacozari ha sido el escenario reciente de este esfuerzo coordinado con instancias como el Consejo Nacional de Fomento Educativo (Conafe), el llamado de los promotores culturales es claro: esta iniciativa debe extenderse más allá del municipio.
La fragilidad de la cultura maya no se limita a una sola comunidad, sino que representa un fenómeno estructural que requiere políticas públicas menos asistencialistas y mucho más enfocadas en la educación y el fortalecimiento cultural.
El rescate de los sabores tradicionales —ejemplificado en la distribución de arepas y dulces típicos durante estas actividades— complementa la experiencia sensorial del juego. Se convive como maya, se habla la lengua materna y se comparte la gastronomía local.
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Esta combinación resulta fundamental para que el orgullo indígena no permanezca como un concepto abstracto de museo, sino como una experiencia cotidiana y viva. La reconstrucción del tejido social comienza en el patio, en las calles de tierra y en el diálogo entre padres e hijos que hoy, gracias a este tipo de iniciativas, vuelven a compartir códigos comunes.
La meta a largo plazo es ambiciosa: que no sea necesaria una feria o un evento institucional para mantener vigentes los juegos tradicionales. El verdadero éxito del proyecto se reflejará cuando, en las tardes de cualquier comunidad maya, las risas en lengua originaria y el sonido de los juegos ancestrales formen parte natural del entorno, fortaleciendo a la población frente a la desintegración social y el olvido de su propia historia.