Ubicada a poco más de 45 kilómetros de Mérida, la villa de Hocabá ha sido aclamada como la Capital de la Pirotecnia, cuyo nombre proviene de una actividad industrial de pequeña escala que se remonta a más de medio siglo de transmisión intergeneracional.
La bonanza financiera de este sector convive con un complejo escenario socioambiental y de protección civil: mientras una decena de polvorines formales opera bajo el estricto marco regulatorio y las inspecciones de la Secretaría de la Defensa Nacional y la Coordinación Estatal de Protección Civil (PROCIVY), el fervor económico y la alta demanda de los gremios patronales han alimentado un peligroso submundo clandestino.
Evaluaciones de seguridad pública estiman que al menos otras 10 familias elaboran artefactos explosivos en talleres clandestinos de traspatio dentro de la mancha urbana, evadiendo las normas de confinamiento de la Ley Federal de Armas de Fuego y Explosivos.
Este oficio tradicional no representa únicamente una actividad comercial privada, sino una estructura económica integrada de base familiar y comunitaria.
En cada polvorín participante, la división del trabajo involucra a la totalidad de los miembros del hogar: mientras los hombres adultos asumen el manejo directo y la formulación de los nitratos, el azufre y el carbón, las mujeres y los jóvenes se especializan en el ensamble de las carcasas, el encintado de los tubos y el amarre de las mechas de aceleración.
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Esta cadena de valor activa de forma simultánea una microeconomía campesina de recolección en los montes del Centro del estado.
Durante las temporadas de alta efervescencia festiva, como las ferias de San Pedro en Huhí, la Virgen de la Asunción en Sanahcat o el Cristo de la Transfiguración en Chumayel, decenas de agricultores y niños de la comarca se adentran en la selva baja para recolectar las varas del árbol de tajonal, madera nativa caracterizada por su ligereza y rigidez, esencial para la manufactura del cohete de impulso conocido popularmente como volador.
El comercio de estos atados de madera, que se cotizan entre los 100 y 300 pesos por carga, representa un ingreso extra de vital importancia para las familias milperas en los meses de sequía.
El rostro histórico y las cicatrices del riesgo en esta industria están encarnados en la figura de don Gumersindo Ku, veterano artesano de más de 80 años de edad conocido cariñosamente como Cumitas, quien actualmente se desplaza en silla de ruedas tras una vida dedicada íntegramente al manejo de los explosivos artesanales.
Su catálogo de producción abastece a ayuntamientos, gremios y comités parroquiales de cada rincón del estado, comercializando desde voladores tradicionales, hiladas de estruendo, lluvias de oro y cascadas de luz, hasta el infaltable torito de luces que corona las vaquerías.
Heredero de una dinastía pirotécnica iniciada por su padre hace más de cinco décadas, don Cumitas lleva en su propia anatomía la evidencia del peligro inherente al oficio, habiendo sufrido la amputación de varios dedos en ambas manos a causa de detonaciones accidentales en la mesa de trabajo.
“La pólvora es traicionera e impredecible; un pequeño descuido de milésimas de segundo, un roce de estática o el calor del mediodía pueden costar la vida entera o dejarte tullido de por vida como me pasó a mí”, relató.
En su memoria permanece imborrable la tragedia fundacional de su familia: su padre, del mismo nombre, solía pernoctar en la bodega donde resguardaban los voladores y, tras fumar unos cigarrillos antes de acostarse, la fricción o una chispa generó una deflagración instantánea que redujo a cenizas el depósito con su progenitor en el interior.
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“En aquella época de mi juventud no existía Protección Civil, no había bomberos cerca y tampoco se manejaban las toneladas de pólvora que se mueven ahora en Hocabá”, dijo.
La historia reciente de la villa de está marcada por siniestros que han forzado la reconfiguración de la normativa vial e industrial a nivel municipal. La tragedia ocurrida en el año 2018, en la que la explosión de un taller cobró la vida de seis personas, incluyendo a un niño de tan sólo 11 años, encendió las alertas de las autoridades estatales, derivando en la exigencia de reubicar de manera obligatoria todos los depósitos de almacenamiento y bodegas de refinado a una distancia mínima de tres kilómetros fuera del perímetro urbano, imponiendo además la instalación de piletas permanentes de agua y extinguidores en los polvorines.
“Lo que la gente debe entender sobre la pólvora es que es un material sumamente volátil; una fricción de la ropa, un golpe seco con las herramientas o el mismo calor extremo del ambiente de Yucatán pueden activarla, desatando una reacción en cadena de explosiones simultáneas”, explicó el veterano artesano.
A pesar del peligro constante, la pirotecnia de Hocabá continúa registrando una expansión comercial sin precedentes, impulsada por la intensificación de las fiestas patronales.
Con más de ocho décadas de vida, don Cumitas lamentó que la falta de pericia técnica y la imprudencia en los jóvenes aprendices sean las causas principales de los accidentes recientes. Este auge productivo, sumado a la proliferación de nuevos polvorines en las periferias, vuelve urgente el fortalecimiento de las inspecciones de la Defensa y la concienciación técnica de las familias, garantizando que el resplandor de la fiesta no se traduzca en luto, sino en la supervivencia segura de un arte que dota de identidad al municipio de Hocabá.