A pocos kilómetros de las casas y pozos de familias mayas, la tierra porosa de Yucatán filtra silenciosamente millones de litros de desechos generados por granjas industriales de cerdos.
Lo que para algunos representa crecimiento económico, para otros es el principio de una alteración profunda e irreversible del mayor sistema hídrico subterráneo de México: el acuífero que nutre cenotes y comunidades. Esta es la historia de una economía pujante que tropieza con su propia fragilidad ecológica.
En Yucatán no hay ríos que fluyan a la vista. La vida gira alrededor de lo que se esconde bajo tierra: cavernas, cuevas, ríos subterráneos y cenotes que abastecen de agua potable a millones de personas y ecosistemas. Ese entorno hídrico, descrito por científicos como altamente vulnerable, conecta cada punto del paisaje poroso.
Sobre esta red subterránea descansan granjas porcícolas de escala industrial que, según investigaciones independientes de la organización Mercy for Animals, suman al menos 872 instalaciones sospechosas de impacto ambiental. Muchas de ellas no figuraban en los registros oficiales.
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Semarnat, la autoridad ambiental federal, identificó 507 posibles granjas en 2023, pero el análisis más reciente de organizaciones ambientales –basado en imágenes satelitales y vuelos con drones– detectó 372 más que no estaban registradas.Este contraste entre cifras oficiales y hallazgos independientes revela una expansión que va más allá de los conteos institucionales.
Gigantes con huellas: el modelo porcino en expansión
Aunque cada instalación porcícola tiene características distintas, muchas operan bajo un patrón común: miles de cerdos concentrados, manejo de estiércol en enormes fosas abiertas y sistemas de biodigestores que, según denuncias, se saturan y dejan escapar desechos sólidos y líquidos hacia el suelo y agua subterránea.
Datos oficiales de 2025 señalan que 186 granjas están inscritas en el Registro Público de Derechos de Agua (Repda) y generan unos 11 millones de metros cúbicos de aguas residuales al año –la cifra representa cerca del 1% del volumen total de descargas al acuífero en la región–, según la propia Semarnat.
Sin embargo, incluso entre las instalaciones que reportan manejo de aguas, sólo una parte reutiliza el agua tratada, como para riego agrícola, el resto continúa vertiendo efluentes con potencial de contaminación.
Ecosistemas en alerta y sitios Ramsar en riesgo
La Península de Yucatán alberga humedales de importancia internacional, incluidos sitios designados bajo la Convención de Ramsar, el tratado global para la protección de humedales.
De acuerdo con análisis ambientales, ocho humedales en Yucatán tienen esta categoría internacional, y al menos cinco están en riesgo por la cercanía de mega granjas porcícolas que operan en sus zonas de influencia.
Estos humedales no sólo son hábitats ricos en biodiversidad, también son barreras ecológicas que regulan la calidad del agua, actúan como amortiguadores frente a sequías e inundaciones, y sostienen a comunidades que dependen de la pesca, la miel y la agricultura tradicional.
El impacto en comunidades
Las estadísticas muestran el tamaño de la industria porcícola: Yucatán concentra más de 1.6 millones de cerdos y más de 38 millones de aves de corral, cifras que lo colocan en el tercer lugar nacional en ambas categorías.
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Pero para las comunidades rurales, los efectos no son abstractos.
Vecinos de localidades cercanas a granjas han reportado olores persistentes, proliferación de moscas y mosquitos, cambios en la calidad del agua de pozos y cenotes, y efectos en cultivos y ganado menor. Estas denuncias no sólo aparecen en redes locales, sino también en protestas organizadas frente a oficinas de la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat) y ante organismos internacionales.
En varias ocasiones, grupos activistas han presentado firmas y peticiones para solicitar una Misión Ramsar en Yucatán –un examen técnico internacional para evaluar daños en humedales y proponer medidas de protección–, aunque estas iniciativas enfrentan resistencia institucional.
Balance económico vs. el costo ambiental
La industria porcícola es un componente importante de la economía regional: genera empleo, ingresos y mercados locales. No obstante, expertos ambientales y grupos comunitarios advierten que ese dinamismo económico viene acompañado de “costos ocultos” que no siempre se cuantifican en las balanzas oficiales.
Estos costos incluyen: contaminación de recursos hídricos esenciales, pérdida de biodiversidad en áreas sensibles, presión social y de salud en comunidades rurales y posibles restricciones futuras para el uso de agua potable
Los críticos señalan que sin una regulación clara y cumplimiento ambiental estricto, el modelo actual profundiza desequilibrios ya existentes.
Acciones, sanciones y resistencia
En los últimos años, las autoridades ambientales han empezado a actuar: la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (Profepa) impuso multas a 26 granjas porcícolas en 2024 por incumplir normas ambientales tras inspecciones derivadas de denuncias públicas.
Un caso significativo es la clausura definitiva de la granja Pecuaria Peninsular en Santa María Chi, ordenada en 2025 por Profepa debido a descargas de residuos sin permisos y falta de manejo adecuado de lodos, tras años de quejas comunitarias. Pero estas acciones representan apenas una fracción del conjunto de instalaciones operando en la región, y muchas quedan fuera de la atención pública o legal.
También, como informamos con oportunidad, la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat), la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (Profepa) y la Secretaría de Desarrollo Sustentable de Yucatán (SDS) suscribieron un convenio que establece una coordinación inédita entre Federación y Estado para homologar la evaluación de impacto ambiental, compartir información técnica, realizar inspecciones conjuntas y cerrar la puerta a interpretaciones discrecionales.
La Secretaría de Desarrollo Sustentable podrá solicitar dictámenes técnicos vinculantes a la Semarnat, lo que elimina la posibilidad de autorizaciones a modo. Además, se creará un Comité Técnico de Seguimiento que sesionará de manera periódica hasta 2030.
Para comunidades mayas y rurales de Yucatán, el agua es más que un recurso: es parte de la vida cotidiana, de los ciclos agrícolas, del patrimonio cultural. Cuando ese agua cambia de sabor, de claridad, de disponibilidad, no es sólo un insumo, es un cambio profundo en la forma de vivir.