Bajo el suelo de Yucatán no hay ríos. Nunca los hubo. El agua que beben sus habitantes, que alimenta sus cultivos, que sostiene a sus cenotes sagrados y a su industria turística multimillonaria proviene de un solo lugar: un acuífero kárstico subterráneo, una red de cuevas, grietas y cavernas interconectadas que funciona como la columna vertebral hídrica de toda la península. Y ese sistema está en problemas serios.
De los 3,100 cenotes registrados en Yucatán, en 60 ya se realizaron monitoreos y se comprobó que el 83 por ciento están contaminados, principalmente con coliformes fecales de origen animal y humano.
El experto en espeleobuceo Sergio Grosjean Abimerhi, quien ha realizado exploraciones en cuerpos de agua de los cuatro puntos cardinales del estado, no deja lugar para la duda: el problema no es una amenaza futura, es una realidad documentada hoy.
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La vulnerabilidad del sistema tiene una explicación geológica de fondo. El acuífero yucateco está compuesto por rocas como la cal y el yeso, altamente permeables e interconectadas por cenotes, grietas y cavernas. Cualquier contaminante que se infiltra en el suelo puede llegar con rapidez al agua que consumen miles de personas. En un territorio sin filtros naturales eficientes, lo que cae al suelo termina, tarde o temprano, en el agua.
Las granjas que nadie controló
El principal señalado en el deterioro del acuífero es la industria porcícola. En municipios como Kinchil, Kopomá y Chocholá, monitoreos independientes y acciones ciudadanas han detectado coliformes fecales y bacterias como la E. coli en niveles superiores a los límites permitidos para consumo y uso humano, así como rastros de materia fecal porcina en fuentes de agua de uso doméstico. No son percepciones: son evidencias con respaldo científico.
Entre 2022 y 2025, estudios de la Universidad Johns Hopkins y de la Unidad de Química Sisal de la UNAM detectaron contaminación fecal en pozos artesanales, cenotes y sistemas de agua potable mediante el marcador molecular Pig-2-Bac, que identifica específicamente materia fecal porcina. Las comunidades afectadas incluyen Kinchil, Kopomá, Chocholá, Santa María Chi, San Fernando y Santa Teresa Coahuila, entre otras.
Entre octubre de 2024 y junio de 2025, la Profepa impuso sanciones a 13 empresas porcícolas por un monto de 14.24 millones de pesos, al detectar ausencia de plantas de tratamiento, descargas ilegales de aguas residuales y concesiones irregulares. Pese a las multas, algunas granjas continuaron operando. En septiembre de 2025, la dependencia anunció la clausura total de la granja de Santa María Chi, aunque la propia comunidad afirma que la producción no se ha detenido del todo.
La ciudad que también degrada el ambiente
Las granjas no son el único problema. Según Eduardo Batllori Sampedro, investigador del Cinvestav-Mérida, las cinco principales fuentes de contaminación del acuífero yucateco incluyen los escurrimientos urbanos –que arrastran aceites, grasas, heces y metales pesados– y las aguas residuales domésticas provenientes de sumideros, fosas sépticas y biodigestores. Este proceso genera una fecalización del subsuelo con bacterias, enterobacterias, norovirus y otros patógenos directamente vinculados al uso turístico y recreativo de los cenotes.
El boom inmobiliario de Mérida agrava el escenario. Grosjean Abimerhi lo explica con un ejemplo concreto: cuando una familia que vive en un predio de la capital vende a una desarrolladora, el nuevo edificio albergará muchas más personas, generará más desechos y afectará el manto freático en una proporción mayor. Otro factor grave es la basura que se tira en las orillas de las carreteras: cuando llueve, los contaminantes se filtran directamente al subsuelo.
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A ello se suman prácticas que persisten en zonas rurales: muchos pozos se convirtieron en sumideros sin que los dueños o responsables se percaten del daño que causan al subsuelo, y en diversas comunidades los cenotes son usados como basureros clandestinos.
Lo que hay en el fondo
Los contaminantes no se reducen a bacterias. Un estudio pionero analizó por primera vez la presencia de esteroles fecales en el Anillo de Cenotes de Yucatán, y también encontró que en algunos cuerpos de agua los niveles de cadmio, plomo, mercurio y níquel rebasan los establecidos en las normas oficiales mexicanas. El plomo está asociado a neurotoxicidad y anemia; el mercurio afecta el sistema nervioso, el aparato digestivo, los riñones y los pulmones.
La situación es tan grave que investigadores de la UADY han señalado que toda el agua freática de Yucatán –no sólo la de los cenotes– tiene una carga bacteriológica importante en su primer nivel. Quien beba agua de un pozo rural corre el riesgo de enfermarse.
El problema lleva años siendo documentado, pero la respuesta institucional no ha seguido el ritmo del deterioro. La pregunta que nadie ha respondido con claridad es cuánto tiempo más puede aguantar el acuífero antes de llegar a un punto de daño irreversible.