En la isla de Sumba, ubicada en Indonesia, hombres, mujeres y niños continúan sometidos a un sistema de esclavitud hereditaria que determina su condición social desde el nacimiento y puede prolongarse durante toda la vida.
Aunque Indonesia abolió oficialmente la esclavitud en 1860 y su Constitución prohíbe la servidumbre, esta práctica permanece arraigada en algunas comunidades, especialmente en la parte oriental de la isla. Allí, las personas conocidas como atas trabajan para familias nobles sin recibir un salario regular y pueden pasar de una generación a otra como parte de una herencia.
Las tareas incluyen el cultivo de los campos, el cuidado de animales, el trabajo doméstico y la atención de los hijos de sus amos. El trato depende de cada familia, pero organizaciones locales han documentado agresiones físicas, abuso sexual y restricciones para abandonar esa condición.
¿Cómo funciona la esclavitud hereditaria en Sumba?
La sociedad tradicional de Sumba se divide en tres grupos: los nobles o maramba, la población común conocida como kabihu y los sirvientes o atas.
Los nobles suelen concentrar la propiedad de tierras, ganado y caballos. Los atas, en cambio, permanecen ligados a esas familias incluso después de casarse. Su condición solo puede cambiar si el amo decide concederles la libertad.
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Algunos nobles aseguran que tratan a sus sirvientes como integrantes de la familia y les permiten cultivar pequeñas parcelas o realizar actividades para obtener ingresos. Sin embargo, la relación mantiene una desigualdad estructural, pues el trabajador depende del propietario para acceder a vivienda, tierra y alimentos.
Especialistas estiman que existen al menos mil 700 personas bajo esta condición en Sumba Oriental, aunque otras fuentes consideran que la cifra real puede alcanzar varios miles.
Mujeres esclavizadas enfrentan violencia sexual
Las mujeres se encuentran entre las principales víctimas del sistema. Activistas y dirigentes religiosos han denunciado que algunos amos consideran que tienen derecho a mantener relaciones sexuales con sus sirvientas.
En 2024, una joven de 18 años denunció que había sido violada desde los 13 por su amo y el hijo de este. La víctima quedó embarazada y presentó una denuncia ante la policía, pero dos años después la investigación aún no había concluido.
Las organizaciones sociales señalan que muchas víctimas no denuncian por miedo a represalias, dependencia económica o presión de las élites locales. Esta situación favorece la impunidad y dificulta conocer la dimensión real de los abusos.
¿Por qué el Gobierno no ha eliminado esta práctica?
La legislación indonesia prohíbe privar ilegalmente de la libertad a una persona. Sin embargo, el Estado también reconoce determinadas expresiones del derecho consuetudinario, lo que genera tensiones cuando una tradición vulnera derechos fundamentales.
El Gobierno sostiene que los cambios sociales deben aplicarse de forma gradual y con respeto a la diversidad cultural. Amnistía Internacional Indonesia considera, en cambio, que las autoridades no han tomado medidas suficientes para erradicar estas prácticas.
Algunas familias nobles han permitido que sus trabajadores estudien o se independicen parcialmente, pero esas decisiones dependen de la voluntad de los propios amos y no de una política pública uniforme.
Educación abre una vía para romper la cadena
Para varias personas sometidas al sistema, la educación representa la principal posibilidad de alcanzar autonomía.
Algunos atas han conseguido enviar a sus hijos a la universidad mediante becas gubernamentales y la venta de animales o productos agrícolas. Aunque mantienen formalmente su condición, buscan evitar que las siguientes generaciones enfrenten el mismo destino.
“Si tenemos conocimiento, somos libres”, afirmó uno de los trabajadores entrevistados, quien sostuvo que su objetivo es que sus hijos no repitan la violencia y explotación que él vivió desde la infancia.
Con información de AFP
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