Opinión

La guerra que Estados Unidos ya no quiere

Una guerra prolongada no ocurre únicamente en mapas militares. Termina apareciendo en el precio del combustible, el transporte, las cadenas de suministro y, finalmente, en la vida cotidiana de millones de personas

Donald Trump construyó buena parte de su discurso político prometiendo poner a Estados Unidos primero y evitar guerras interminables
Donald Trump construyó buena parte de su discurso político prometiendo poner a Estados Unidos primero y evitar guerras interminables / AP

Hay guerras que se pierden en el campo de batalla y otras que comienzan a perderse mucho antes en la opinión pública. La de Estados Unidos contra Irán parece enfrentar hoy una batalla particularmente incómoda para Donald Trump: la de convencer a sus propios ciudadanos de que vale la pena continuarla.

La fotografía que ofrece la más reciente encuesta de AP-NORC es contundente: 69% de los estadounidenses considera que la guerra con Irán no ha valido la pena y 71% desaprueba la forma en que Trump está manejando el conflicto.

Siete de cada diez.

El dato adquiere mayor relevancia justo cuando el Presidente estadounidense vuelve a elevar el tono contra Teherán.

Tras el grave incidente ocurrido en un vuelo de Flydubai que viajaba de Dubái a Tel Aviv —en el que el copiloto habría apuñalado al capitán e intentado tomar el control de la aeronave— Trump afirmó que, por lo que está escuchando, considera posible una vinculación con Irán y advirtió que, si se comprueba, ese país será golpeado “muy fuerte”.

Pero hay una palabra fundamental: si.

Hasta ahora no se ha presentado públicamente evidencia que demuestre que Teherán estuvo detrás del episodio. La investigación continúa. El propio Benjamin Netanyahu reconoció que era demasiado pronto para determinar una participación iraní, mientras Flydubai ha pedido evitar conclusiones prematuras.

En una región sometida durante meses a ataques, represalias y amenazas, la diferencia entre una sospecha y una prueba no es semántica. Puede ser la diferencia entre contener una crisis o abrir otra escalada.

Y ahí aparece la paradoja.

Mientras desde la Casa Blanca vuelve a hablarse de golpes militares, dentro de Estados Unidos el ciudadano parece estar mirando en otra dirección: su bolsillo.

La misma encuesta revela que apenas 17% aprueba la manera en que Trump está enfrentando el costo de vida y solo 26% respalda su manejo de la economía. Además, 65% atribuye a las políticas del propio Presidente los precios más altos de lo habitual.

Es difícil separar ambas cosas.

Una guerra prolongada no ocurre únicamente en mapas militares. Termina apareciendo en el precio del combustible, el transporte, las cadenas de suministro y, finalmente, en la vida cotidiana de millones de personas.

Quizá por eso el problema político que enfrenta Trump ya no sea solamente qué hacer con Irán, sino cómo explicar a sus ciudadanos por qué deben seguir pagando —económica y humanamente— por un conflicto que una amplia mayoría considera que no ha valido la pena.

Trump construyó buena parte de su discurso político prometiendo poner a Estados Unidos primero y evitar guerras interminables. Hoy enfrenta una contradicción difícil de ignorar: la guerra continúa, pero el respaldo de los estadounidenses no parece acompañarla.

Y mientras Washington contempla nuevas represalias antes incluso de conocerse todas las respuestas sobre el vuelo de Flydubai, queda una pregunta que probablemente sea mucho más importante que cualquier amenaza lanzada desde la Casa Blanca:

¿cuánto tiempo puede sostener un Presidente una guerra que su propio país ya no quiere sostener?