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Opinión

Estados Unidos-Rusia. Desencuentros estratégicos

“Entre guerras, asumiendo como propias las contradicciones de Europa con los comunistas, se incrementaron las hostilidades entre Estados Unidos y la Unión Soviética”.

Estados Unidos-Rusia. Desencuentros estratégicos
Estados Unidos-Rusia. Desencuentros estratégicos / Especial

El hecho de que los presidentes de Estados Unidos y la Unión Soviética y ahora Rusia se saluden y se visiten, no significa que sus países sean amigos ni aliados. A lo sumo, circunstancialmente, han sido compañeros de viaje. La rivalidad estratégica entre Estados Unidos y la Unión Soviética, ahora Rusia, tiene su origen en proyectos globales de uno y otro y data de épocas posteriores a la Primera Guerra Mundial. A fines de febrero del 1917 abdicó el zar ruso Nicolás II, dando paso a la formación de un gobierno provisional y poco después, en el propio año, el presidente de los Estados Unidos, Woodrow Wilson, le declaró la guerra a Alemania, con lo cual se colocó en la misma coalición que Rusia.

La situación se matizó meses después, en octubre del propio año, cuando los bolcheviques derrocaron al gobierno provisional y proclamaron el triunfo de la revolución leninista. Aquel hecho y la decisión de Vladimir Ilich Lenin de pactar la paz por separado con Alemania que condujo al Tratado de Brest-Litovsk y las anunciadas dimensiones globales del proyecto revolucionario soviético iniciaron los desencuentros.

En aquellos escenarios, el único incidente notable entre Estados Unidos y Rusia fue el desembarco en el 1919 de unos 5 mil  militares estadounidenses en Siberia, en medio de la Guerra Civil rusa, para poyar los esfuerzos europeos con el fin de rescatar la Legión Checoslovaca que, antes de la llegada al poder de los bolcheviques, había combatido al lado de Rusia y al momento se encontraba atrapada en aquel país.

Entre guerras, asumiendo como propias las contradicciones de Europa con los comunistas, se incrementaron las hostilidades entre Estados Unidos y la Unión Soviética, mientras en el Viejo Continente se incubaba y comenzaba a manifestarse la peste fascista. En el ínterin, en el 1932, Franklin D. Roosevelt ganó la primera de las cuatro elecciones en las que se postuló y, en el 1933, tomó posesión como 32º presidente de los Estados Unidos y de modo pragmático, a pesar de contradicciones y diferencias ideológicas, reconoció a la Unión Soviética y restableció las relaciones diplomáticas.

Aquel mismo año, en Alemania, Adolf Hitler fue electo canciller. Roosevelt, connotado antifascista que nada pudo hacer para frenar el auge nazi, suscribió con el primer ministro británico Winston Churchill la Carta del Atlántico en el 1941, la más importante acta del compromiso  antifascista, la cual fue la base de la coalición internacional antihitleriana. En la Carta del Atlántico, por primera vez las potencias Occidentales suscribieron un documento para ir a la guerra, en el cual se comprometieron a no buscar ganancias territoriales ni de ningún tipo, no tratar con ánimos de venganza a los pueblos vencidos, no imponer reparaciones onerosas y propiciar el fin del colonialismo.

El magnífico texto, sirvió de base a la Conferencia de las Naciones Unidas (nombre utilizado allí por primera vez) endosado por 27 países, más de la mitad de ellos de las Américas, en el cual, con China y la URSS como partes, se formalizó la coalición antifascista y se selló la voluntad de colaboración entre los Estados Unidos, la Unión Soviética y Gran Bretaña para la lucha contra los nazis. Se trató de la más fecunda alianza militar y política de todos los tiempos. Si la derrota del eje fascista no hubiera sido suficiente, los entendimientos forjados en las conferencias de Teherán, Yalta y Postdam sobre la construcción de un nuevo orden internacional y la aprobación de la Carta de las Naciones Unidas, el más importante documento político de todos los tiempos y la base jurídica del derecho internacional contemporáneo, consagraron aquella alianza.

Las buenas vibras derivadas de la alianza fueron dañadas por la prematura muerte de Roosevelt en el 1945, la insistencia de Japón de continuar la guerra que fue saldada por el bombardeo nuclear contra Hiroshima y Nagasaki y por la Guerra Fría que incluyó la Crisis de Berlín y Suez, la Guerra de Corea y la Crisis de los Misiles en Cuba, lo cual acentuó la hostilidad entre las superpotencias que, no obstante, se contuvieron para no llegar a la guerra. En la competencia por la hegemonía mundial, Estados Unidos tuvo siempre ventajas políticas, económicas e ideológicas; así como las derivadas de la alianza con Europa Occidental, mientras debido a la distancia entre los centros vitales de uno y otro país (cerca de 8 mil kilómetros entre Moscú y Washington) y la enormidad de ambos territorios, la confrontación militar convencional, siempre estuvo descartada.

Todo cambió en el 1957 cuando, impulsado por un poderoso cohete, la Unión Soviética puso en órbita el primer satélite artificial de la tierra. Debido a que la carrera espacial se realizaba con misiles, utilizables tanto con fines pacíficos como militares, la lógica fue clara. Si son capaces de llevar un satélite a la órbita, también lo son de llevar bombas nucleares a cualquier punto del planeta. Comenzó así la época en que la URSS, convirtió el mayor desarrollo de los misiles en ventaja estratégica respecto a Estados Unidos que, por esa época, impulsó su programa espacial, realizó multitud de pruebas, vuelos suborbitales y lanzó astronautas al espacio y desarrolló la cohetería con fines militares y sirviéndose de aviones espías logró informarse del verdadero potencial de la Unión Soviética.

Un hecho que introdujo matices en el escenario caracterizado por una intensa competencia militar en el plano nuclear fueron los vuelos espías sobre la Unión Soviética con aviones U-2  desde el 1956. El hecho de que, debido a la altura de unos 70 mil pies a la que volaban los U-2, la aviación y la cohetería soviética no pudieran derribarlo, permitieron realizar durante cuatro años los vuelos, recopilando un enorme volumen de información. El 1 de mayo del 1960 uno de los U-2 fue abatido, provocando uno de los grandes incidentes de la Guerra Fría.

Entonces, desobedeciendo el protocolo que obligaba a accionar los mecanismos de autodestrucción del avión, el piloto Francis Gary Powers, prefirió salvar su vida abandonando el aparato, propiciando la captura por la Unión Soviética que también se apoderó de los restos del avión y del material fotográfico y fílmico, lo cual permitió al mando soviético percatarse del volumen y los detalles de la información que poseía Estados Unidos sobre las verdaderas capacidades nucleares soviéticas.

En aquellas circunstancias, cuando la paridad estratégica se inclinaba a favor de Estados Unidos que, además del poderío en su propio territorio contaba con las bases en Europa, Turquía y Japón, la Unión Soviética se vio obligada a incorporarse a una intensa carrera armamentística que llevó al límite sus posibilidades económicas. Está establecido que los altos costos de la carrera de armamentos, entre ellos los asociados al programa nuclear que desde el 1949 puso fin al monopolio atómico de los Estados Unidos, la lucha por el predominio en el espacio  y la ayuda económica y militar al campo socialista y a otros países tercermundistas, sustrajeron recursos al desarrollo económico y científico técnico y al bienestar de la población, contribuyendo al colapso de la Unión Soviética, afectada además por deficiencias estructurales de su modelo económico.

La pregunta del momento es si Rusia, sometida a los altos costos de la guerra en Europa, perjudicada por cientos de sanciones económicas e inclinada a emular militarmente a los Estados Unidos y la OTAN, puede correr riesgos análogos. Después de sobrevivir a las consecuencias políticas, económicas, territoriales, demográficas y sociales del colapso de la Unión Soviética, bajo la conducción del presidente Vladimir Putin, Rusia, manejando atinadamente la herencia soviética, entre ellos el potencial económico, el poderío militar, especialmente el arsenal nuclear y explotando las posibilidades políticas del escaño en las Naciones Unidas, Rusia que además se aproximó a China, renació y recuperó parte del protagonismo en las relaciones internacionales.

A pesar de disfrutar de momentos que a algunos admiradores de Rusia le parecen estelares por la creación de nuevas armas, lo cierto es que, en materia de armas nucleares la más brillante de las ideas no han sido las nuevas armas, cada una más letal, destructiva y, naturalmente más costosa que la anterior, sino que lo es la no proliferación nuclear impulsada desde los años cincuenta del pasado siglo. Gobernantes como Dwight Eisenhower, Nikita Jrushchov y John F. Kennedy tuvieron suficiente visión para comprometerse a aportar ellos los paraguas nucleares respectivos del capitalismo y el socialismo, liberando al resto de la humanidad de los costos y peligros de semejantes lastres.

En los años 60 del siglo pasado, Kennedy calculó que para el año 2000 podía haber 50 países con armas nucleares. Gracias a la política de no proliferación, hoy son 8, quizás 9. En los 80 años de la era nuclear, ningún país europeo, excepto Inglaterra y Francia, han gastado un centavo en armas atómicas, tampoco lo han hecho Canadá, Japón ni Australia y, mientras Corea del Norte se desangra, se empobrece y hace recaer sobre su población costosos delirios nucleares, entre tanto, sin invertir en bombas atómicas ni misiles, Corea del Sur se ha convertido en una de las  economías más próspera del planeta.

En 80 años, Estados Unidos, la Unión Soviética, Rusia y el resto de los estados nucleares han fabricado miles de armas atómicas, misiles y super aviones y submarinos que nunca se utilizaron y envejecieron en almacenes, silos y hangares para terminar convertidos en chatarra. Al frenar los aprestos nucleares de Irán, el Consejo de Seguridad le hace un gran favor. Los gobernantes más listos no son los que promueven el armamentismo, instan a sus científicos a dedicarse a producir armas más espectaculares, destructivas y costosas, sino los que promovieron la no proliferación, la limitación de los arsenales y los que creen en el desarme.

Desde los años 60, cuando se hizo efectiva la capacidad de las superpotencias y sus aliados de la posibilidad de “segundo golpe”, es decir, la certeza de la sobrevivencia de una parte importante del arsenal nuclear de modo que es  posible una riposta tan demoledora como el primer ataque, quedó inscripta la fatídica “destrucción mutua asegurada” que aseguró la disuasión nuclear.

En los 80 años de la era nuclear no ha habido guerras atómicas porque no son rentables, ninguna superpotencia puede ser aniquilada sorpresivamente y ambas tienen capacidad de contragolpear al adversario. La paridad nuclear no se rompe porque se fabrique un submarino más silencioso o un misil más veloz. En cualquier caso, son ventajas circunstanciales, de corta duración o con poca incidencia en el balance general. Los admiradores de uno u otro bando que quieran refocilarse con manifestaciones propagandísticas, están en su derecho a disfrutar de tales momentos.