Los eslavos existen desde antes de Jesucristo, son el conglomerado étnico-lingüístico más grande de Europa. Para los fines de este artículo recuerdo que fueron el núcleo del Imperio Ruso, de la Unión Soviética, del campo socialista y ahora del ex socialismo real. Los eslavos tienen tantos motivos para la nostalgia como para la hostilidad y: “Donde fuego hubo, cenizas quedan”.
Entre los hermanos étnicos hay sangre y cultura común, pueden enemistarse y hasta matarse unos a otros; lo que no pueden es dejar de ser hermanos. Lo uno es circunstancial, lo otro eterno. El Imperio Ruso duró 200 años, mientras el eslavismo existía antes del siglo I. Aunque la convivencia entre ellos fue siempre difícil, respecto a Ucrania, la Rusia de hoy hace lo que hizo siempre: tratar de sumarla y de prevalecer.
La relación recuerda el debate sobre la primogenitura entre dos gemelos. Durante decenas de siglos, aunque con diferente papel, Rusia y Ucrania formaron parte de las mismas entidades históricas. Primero de la Rus de Kiev, luego del Imperio Ruso, más tarde de la Unión Soviética, del ya inexistente campo socialista y de la nonata Comunidad de Estados Independientes. La contradicción es persistente y duradera.
Derrotado el Imperio Ruso, Lenin y Stalin, contra muchas oposiciones, decidieron uncir a Ucrania al carro de la Unión Soviética y, extinguida la URSS, otros líderes se esforzaron por preservar la relación al mantenerla en la Comunidad de Estados Independientes.
Descartada la intención, Ucrania aprovechó para hacerse independiente, cosa que Rusia aprobó dispuesta a, como parte de un programa mínimo, sumarla a su área de influencia. El experimento no resistió la prueba. Como había ocurrido antes, Ucrania estuvo en desacuerdo.
El empecinamiento es mutuo. Aunque en los últimos cuarenta años la proporción puede haber variado, la minoría nacional más importante en Rusia fueron los ucranianos y viceversa. Después de Rusia, Ucrania fue la entidad más importante del Imperio Ruso, categoría que se repitió en la ex URSS. Aunque significaba algunos privilegios, la ubicación nunca satisfizo a los ucranianos. Aunque el judío Liev Trotski fue el verdadero segundo de Lenin y Nikita Jrushchov creció y se educó en Ucrania, la discriminación parece haber existido.
En los años 80 del pasado siglo estuve en Bakú, Azerbaiyán donde, un coronel en activo me confesó su aspiración de llegar a ser el primer general no eslavo de las fuerzas armadas de la Unión soviética; nunca pude confirmar el dato. A todos los efectos, excepto los políticos y económicos, la guerra entre Rusia y Ucrania es una guerra civil y en todas las instancias profesionales, los ejércitos rusos y ucraniano tienen una matriz común. Hasta la división de la flota del Mar Negro y la mansa entrega por Ucrania de las armas nucleares y la aviación de combate heredada de la URSS, ambos países exhibían una simetría aproximada.
Salvo estos datos, la guerra en Ucrania se libra con las mismas tácticas y estrategias y, excepto la flota de alta mar, la aviación estratégica y las armas nucleares que no pueden ser utilizadas, disponen de los mismos medios y las normas de empleo y, salvo la intervención soviética en Afganistán y la guerra en Chechenia, después de la toma de Berlín en la que ambas participaron, no participaron en guerras del tipo como la ahora libran entre ellos con Kiev y Moscú como objetivos. A estas alturas, cinco años, cientos de miles de muertos y una increíblemente siembra de vientos después, la guerra por elección debió haber terminado. No ha ocurrido así. Habrá que escribir y leer sobre ella. Estoy en deuda. Allá nos vemos.