Debajo de un árbol de un camellón sobre avenida 20 de Noviembre, vive don Salvador Pérez, de casi 80 años. Los vecinos ya lo conocen. Algunos le dicen simplemente “el señor del árbol”.
Otros le llevan agua, una gordita de chicharrón y hasta un pedazo de pastel para desayunar o simplemente se acercan a preguntarle cómo amaneció. Este Día del Padre, mientras miles de familias celebran con comidas, abrazos y fotografías, don Salvador pasa la mañana del domingo sentado en una silla de plástico bajo unas lonas que los propios vecinos le ayudaron a colocar para protegerse del sol y la lluvia.
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A un costado tiene una pequeña mesa donde desayuna y un carrito del super donde acumula algunas cosas. Detrás, una cama improvisada con un colchón que alguien le regaló. Antes dormía sobre una piedra. “Me ayudaron los vecinos”, cuenta con sencillez.
Nació en Salamanca, Guanajuato, aunque desde muy pequeño salió con sus padres rumbo a la Ciudad de México. Durante gran parte de su vida trabajó como vulcanizador, oficio con el que sacó adelante a su familia. Después llegó a Chiapas y luego a Cancún en la década de los noventas, “cuando el conflicto zapatista mantenía la atención nacional sobre Chiapas”, recordó. Primero llegó uno de sus hijos. Después el resto de la familia. Él permaneció un tiempo más en Chiapas cuidando su vulcanizadora. Con los años volvió a empezar varias veces.
Perdió un negocio, levantó otro en Bonfil, consiguió herramientas, armó nuevamente su taller y trató de reconstruir su vida. Pero las cosas no salieron como esperaba. “Me hicieron trampa y me quitaron todo”, relató con tristeza. Desde entonces la calle se convirtió en su hogar, porque su mujer lo echó.
Al preguntarle por sus hijos, guarda silencio y la conversación cambia. Las palabras se vuelven cortas. La mirada se pierde por unos segundos. Tiene tres hijos, pero prefiere no hablar de ellos.
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“No cuento con nadie”, alcanza a decir. Por primera vez durante la entrevista sus ojos se humedecen y no agrega más. A pesar de vivir solo, asegura que nunca le falta un plato de comida. Los vecinos se han convertido en una especie de familia improvisada.
Esta mañana acababan de llevarle el desayuno. Una gordita que aún mantenía en un recipiente cerrado. La noche anterior alguien le había regalado un pedazo de pastel, del cual solo comió un trozo. “Era mucho, muy dulce”, comenta entre risas. Cuando se le pregunta si aceptaría ir a un albergue, responde sin dudar. “No me gusta estar encerrado. Es como estar encarcelado, prefiero quedarme bajo el árbol”.
Ahí donde observa pasar los vehículos, ahí donde espera la llegada de quienes lo saludan cada mañana, ahí donde enfrentará también la temporada de huracanes. La segunda vez que sus ojos se llenan de lágrimas no es al hablar de sus hijos, sino al recordar a una pequeña perrita negra que apareció un día junto a él. Dice que permaneció tres días a su lado.
La acompañó hasta el final. “Ya llevaba tres días conmigo... ese día hasta me estaba haciendo así con sus patitas, como si quisiera subirse a mis piernas”, relata mientras reproduce el movimiento con las manos. Luego guarda silencio, porque la que ya consideraba su mascota, murió. En este Día del Padre, el hombre que evita hablar de sus hijos encontró, entre desconocidos, una comunidad que decidió no dejarlo solo, en ausencia de familia, fueron los vecinos quienes terminaron convirtiéndose en su red de apoyo.