Yucatán

Así luce la cancha de juego de pelota maya que tiene 2 mil 300 años de antigüedad hallada en Umán, Yucatán

Según el INAH, la estructura en Chichan Panadero presenta una arquitectura atípica que podría modifi car la comprensión del deporte ritual prehispánico.

El sitio  presentaba saqueos y deterioro  grave en basamentos y muros
El sitio presentaba saqueos y deterioro grave en basamentos y muros / Especial

Hay sitios arqueológicos que la historia recuerda y celebra. Hay otros que la tierra guarda en silencio durante más de dos milenios, hasta que una pala de excavación los despierta. Chichan Panadero es uno de esos últimos: un nombre nuevo, un sitio casi desconocido, escondido entre la vegetación del municipio de Umán, a pocos kilómetros de Mérida. Y en su interior, una cancha de juego de pelota que acaba de cambiar, con discreción pero con contundencia, la manera en que los arqueólogos entienden a los mayas del Preclásico Medio en el noroeste de Yucatán.

El hallazgo ocurrió en el 2024, durante los trabajos de prospección vinculados al proyecto del Servicio Ferroviario de Carga del Tren Maya. Los especialistas del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) recorrían el terreno a las afueras de la comunidad de Poxilá cuando encontraron las huellas inconfundibles de una estructura prehispánica. Lo que emergió fue un juego de pelota: dos basamentos paralelos de piedra, un cabezal sur, y una cancha de dimensiones modestas pero significado enorme. Entre octubre y diciembre del 2025, el INAH realizó trabajos de consolidación preventiva para estabilizar el conjunto antes de que el tiempo, los saqueos y la vegetación terminaran de devolverlo al polvo.

Un campo diferente a todos las demás

El juego de pelota mesoamericano –llamado pitz en maya clásico– es uno de los rituales más longevos del mundo prehispánico. Su origen más probable se remonta a los habitantes de Paso de la Amada y los pre-olmecas, alrededor del 1600 a.C., en las zonas tropicales de Mesoamérica donde crecía el árbol del hule.

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No era un deporte en el sentido moderno: era cosmología en movimiento, una representación de la lucha entre el día y la noche, entre el inframundo y el cielo. Como señala la arqueóloga Adriana Velázquez Morlet, el juego practicado en las grandes canchas mayas no era un deporte sino un asunto muy serio que involucraba la perpetuación del estado y la comunicación con el otro mundo.

Un juego de pelota del Preclásico Medio, hallado en Poxilá, desafía la historia sobre los primeros mayas de Yucatán / Cortesía

En ese contexto, el juego de pelota de Chichan Panadero resulta perturbador en el mejor sentido académico. Datado entre 800 y 300 a.C., corresponde al período Preclásico Medio –una época de la que se conoce relativamente poco en el noroeste de Yucatán– y su arquitectura no encaja del todo con lo que los expertos esperarían encontrar.

La arqueóloga Yomara Cardeña Carballido detalló que el conjunto está formado por dos basamentos paralelos de 15.50 por 4.90 metros y un cabezal sur de 10.4 por 5.7 metros, con una cancha de 15.50 metros de largo por 4.50 de ancho. Son dimensiones contenidas, propias de un asentamiento menor – no de una gran metrópoli maya– pero esto, lejos de restar valor al sitio, lo hace más interesante.

Lo que verdaderamente llama la atención es lo que no tiene esta cancha. Durante la excavación, los arqueólogos constataron la ausencia casi total de banqueta en talud, el elemento arquitectónico que en otras canchas del período servía como rampa de rebote para la pelota. En los juegos de pelota mesoamericanos, las estructuras laterales paralelas estaban compuestas por un talud de inclinación variada que culminaba en la parte superior por una cornisa, mientras que en la parte inferior desembocaba en una banqueta con reborde vertical fuertemente inclinado; esta banqueta permitía el rebote de la pelota y el talud su regreso al centro de la cancha.

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En Chichan Panadero eso simplemente no está, o casi no está. Y la hipótesis que han planteado los especialistas del INAH es elegante: si la banqueta no existía, es porque no se necesitaba. El juego que aquí se practicaba debió ser diferente. La arquitectura del espacio siguió a la práctica del juego, no al revés.

200 sitios sin rastro en el mapa

Esta lectura cobra especial fuerza cuando se compara con otros sitios del noroeste peninsular. Al concluir la prospección arqueológica del noroeste de la península, realizada en el marco del Proyecto Costa Maya, se obtuvo el registro de más de 200 sitios arqueológicos que no aparecían en el Atlas Arqueológico de Yucatán, de los cuales en 26 se reportaron edificios que conforman canchas de juego de pelota. Todos los sitios con cancha muestran similitudes extraordinarias en sus detalles arquitectónicos, lo que sugiere que sus constructores estaban en constante contacto.

La cancha de Chichan Panadero se inserta en esa red regional, pero al mismo tiempo la cuestiona, pues sus características particulares apuntan a una variante local del juego, diferente a la que se practicaba en el Clásico Temprano en sitios como Oxkintok y Cobá. Oxkintok, en la Ruta Puuc, alberga una de las canchas de pelota mayas más antiguas de las que se tiene registro, mientras que en Cobá los juegos de pelota del período Clásico muestran paneles con representaciones de cautivos empotrados en los taludes, toda una iconografía de poder que en Chichan Panadero no aparece.

El Tren que despierta a los muertos

Chichan Panadero no es el único sitio arqueológico que el Tren Maya ha sacado del anonimato. Desde que comenzaron los trabajos de prospección y salvamento a lo largo de los 1,554 kilómetros de vía, los arqueólogos han registrado más de 58,000 monumentos e incorporado al conocimiento científico datos sobre la conformación de las esferas cerámicas, la interacción de grupos sociales en el norte de Yucatán, el área de influencia de Calakmul y la caída de ciudades como Chichén Itzá y Mayapán. Es, según muchos especialistas, el mayor operativo de salvamento arqueológico en la historia del país.

La cancha de juego de pelota maya fue hallada en las obras del Tren Maya en Poxilá / Especial

En ese contexto, el sitio de Chichan Panadero tiene una historia previa. En 2020, científicos del INAH descubrieron en el municipio de Umán un asentamiento maya prehispánico que no estaba registrado en el Atlas Arqueológico del estado y que contaba con un juego de pelota y un conjunto arquitectónico de patrón tríadico. Las investigaciones de salvamento, encabezadas por la arqueóloga Lourdes Toscano, arrojaron información relevante sobre la organización del territorio maya del suroeste de Umán, del cual se sabía muy poco. El sitio Panadero estuvo habitado desde el período Preclásico Tardío hasta el Clásico Tardío.

El juego de pelota ahora consolidado, datado en el Preclásico Medio, podría ser incluso anterior a ese período de ocupación más documentado, lo que añade otra capa de complejidad a la historia del sitio.

Lo notable es que esta investigación no hubiera ocurrido sin el ferrocarril. La paradoja del Tren Maya ha sido esa desde el principio: una obra de infraestructura que muchos temían que destruiría el patrimonio arqueológico ha producido, en paralelo, uno de los inventarios más completos de la arqueología maya del sureste de México. No sin tensiones, no sin debates sobre metodología y tiempos, pero producido al fin.

Poxilá también excavó

Hay otro aspecto del proyecto de consolidación de Chichan Panadero que merece atención: el papel de la comunidad de Poxilá. Los habitantes del lugar no sólo trabajaron junto a los arqueólogos del INAH y a la Secretaría de la Defensa Nacional en las labores de restauración. También participaron activamente en tareas de reforestación con especies nativas, en coordinación con la Mesa Ambiental de la Defensa. La cancha que sus antepasados construyeron hace 2,300 años fue recuperada, en parte, con sus propias manos.

Esto no es un detalle menor. La peculiar concentración de sitios del Preclásico Medio con canchas para el juego de pelota en el noroeste de Yucatán no tiene paralelo en el área maya ni, de hecho, en otra región de Mesoamérica. Los descendientes de aquellos constructores viven hoy en comunidades como Poxilá, a pocos metros de donde sus ancestros disputaban partidos que eran, al mismo tiempo, política, religión y astronomía. Que sean ellos quienes planten los árboles que ahora protegen ese espacio tiene una resonancia que va más allá del protocolo institucional.

El verdadero valor de Chichan Panadero tal vez radique en algo más sutil: en recordarnos que el noroeste de Yucatán, aparentemente tan conocido, guarda todavía capas de historia que apenas comenzamos a leer, y que debajo de los campos de cultivo y las poblaciones modernas del municipio de Umán –a unos minutos de Mérida– hay canchas de juego de pelota que esperan, en silencio, su turno para hablar.