Antes de que la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad (Conabio) publicara una sola cifra nacional, POR ESTO! ya había documentado el patrón sobre el terreno: desmontes de manglar en Chelem asociados a la venta irregular de “lotes de inversión”, y la clausura del proyecto “Las Dunas” en Chuburná Puerto por Profepa. Ahora existe un mapa que pone escala a esos casos aislados.
La actualización 2025 del Sistema de Monitoreo de los Manglares de México, elaborada por la Conabio, registró 23 mil 204 hectáreas de manglar perturbado en Campeche, Yucatán y Quintana Roo. La cifra representa 44.5% de las 52 mil 130 hectáreas detectadas en todo el país y supera en 20 mil 42 hectáreas las 3 mil 162 contabilizadas en la región en 2020: un crecimiento de 633.8%, o 7.3 veces la superficie original en sólo un lustro.
La categoría de “manglar perturbado” no equivale a tala consumada. Conabio la define como una franja de transición: puede regenerarse y volver a clasificarse como manglar, permanecer deteriorada o desaparecer bajo uso agropecuario, urbano o de infraestructura. Un ciclón puede alterar temporalmente el follaje sin romper el flujo hídrico del ecosistema; una carretera, un fraccionamiento o un relleno lo hacen de forma permanente. Los mapas disponibles no separan públicamente cuánto corresponde a cada causa, lo que deja abierta la pregunta: ¿quién autorizó, o dejó de vigilar, cada intervención?
Campeche, el salto sin explicación
El comportamiento por estado es desigual. Campeche concentra el mayor incremento: de mil 048 a 12 mil 539 hectáreas, un alza de mil 097%, casi 12 veces la superficie de 2020, y 24% de todo el manglar perturbado del país. Quintana Roo pasó de mil 174 a 7 mil 362 hectáreas (+527%). Yucatán, de 940 a 3 mil 303 hectáreas (+251%). Con esa distribución, Campeche concentra 54% del manglar perturbado peninsular; Quintana Roo, 31.7%; Yucatán, 14.2%.
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El contraste con el manglar total es igual de relevante. Mientras las áreas perturbadas se disparaban, la superficie clasificada directamente como manglar cayó de 544 mil 169 a 537 mil 623 hectáreas en la región (-1.2%). Yucatán perdió 2 mil 725 hectáreas de manglar (-2.8%); Campeche, 7 mil 098.
Quintana Roo, en cambio, ganó 3 mil 277 hectáreas netas, lo que sugiere que parte del movimiento cartográfico responde a reclasificaciones y no sólo a pérdida física de cobertura: la propia Conabio reconoció haber reclasificado 83 mil 791 hectáreas de Sian Ka’an y Uaymil como manglar en 2020, cambio que no implicó una sola hectárea de vegetación nueva sobre el terreno.
Coincidencia con el auge inmobiliario
El Consejo Civil Mexicano para la Silvicultura Sostenible (CCMSS) vinculó el crecimiento del manglar perturbado con la expansión turística e inmobiliaria del mismo periodo: cerca de mil proyectos en municipios costeros de Quintana Roo (Tulum, Benito Juárez, Playa del Carmen, Puerto Morelos, Cozumel, Isla Mujeres) y más de 650 en Mérida y el corredor Progreso-Chicxulub-Telchac.
Es la misma presión de desarrollo que se ha documentado con el desmonte de manglar en Chelem, vinculado a la venta irregular de “lotes de inversión”, y la clausura de “Las Dunas” en Chuburná Puerto.
Pero el propio CCMSS admite el límite de esa lectura: la coincidencia entre auge inmobiliario y perturbación ambiental no demuestra que cada hectárea haya sido dañada por una construcción. Establecer causalidad exige cruzar los polígonos de Conabio con permisos, clausuras, cambios de uso de suelo y registros meteorológicos –exactamente el tipo de cruce documental que ya hemos tenido que reconstruir caso por caso en Chelem y Chuburná, y que a escala peninsular todavía no existe públicamente.
La barrera que se debilita
El manglar protege comunidades costeras ante marejadas y huracanes, almacena carbono, retiene sedimentos y sostiene la pesca. Cuando pierde continuidad, también pierde su capacidad de amortiguar el oleaje y de migrar tierra adentro conforme sube el nivel del mar; carreteras, viviendas y desarrollos ya documentados en la costa yucateca pueden bloquear esa migración.
Una franja perturbada, insiste Conabio, no es sólo vegetación menos: es un punto débil frente a inundación, erosión e intrusión salina en zonas donde el litoral ya está bajo presión de desarrollo.
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Lo que falta: nombres y polígonos
El mapa de Conabio identifica dónde creció la alteración, no por qué. Hace falta la matriz de transición completa entre 2020 y 2025, las capas de precisión de ambas evaluaciones y verificaciones de campo que separen huracanes, incendios, carreteras, obras hidráulicas, desarrollos inmobiliarios y cambios de uso de suelo autorizados. Campeche es el caso más urgente: un salto de mil 048 a 12 mil 539 hectáreas exige saber si hubo una afectación masiva en el quinquenio o si el número responde, en parte, a una nueva delimitación cartográfica.
En Yucatán, la pregunta pendiente es cómo se relacionan las 3 mil 303 hectáreas perturbadas con la pérdida neta de 2 mil 725 hectáreas de manglar y con los desmontes puntuales –Chelem entre ellos‒ que ya están bajo investigación de Profepa.
La cartografía oficial no acredita, por sí sola, un ecocidio de 23 mil hectáreas. Pero tampoco es una variación menor ni un dato aislado: es la confirmación, a escala regional, de un patrón que Yucatán venía denunciando caso por caso desde hace meses. El gobierno tiene, por fin, un mapa de la alerta. Todavía no tiene el diagnóstico de quién la provocó.