Despierto entre bestiales chillidos agudos, gritos de dolor que tiñen las madrugadas de sangre. Mi infancia en el barrio del Chembech, un rumbo lleno de casas enormes con patios poblados por animales de la granja, como los cerdos, estuvo marcada por los alaridos lastimeros de la masacre, de la crueldad humana normalizada en generaciones de chicharroneros y carniceros, de vecinos matarifes.
Alguna vez pregunté por qué los cerdos chillaban así, y cuando me explicaron la manera en la que eran sacrificados, me horriricé. Mis mañanas se convirtieron en la cronología de un porcocidio.
Siempre me he considerado una persona demasiado piadosa con los animales. En el patio de mi abuela había gallinas, pavos, patos, conejos y alguna vez, hasta caballos. Jamás hubo cerdos. Yo me deleitaba alimentándolos y recogiendo huevos, ignoraba si alguna vez eran sacrificados o si eran simples habitantes del monte. Por eso, cuando el libro Voces y gruñidos llegó a mis manos y me adentré en la trama, de inmediato me sentí identificada.
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La novela explora el amor que la protagonista, una joven veterinaria, siente por los cerdos (porcofilia), que no debe confundirse con la zoofilia, pues la primera es la afinidad humana hacia animales de especie porcina, dotándolos de una característica casi totalmente humanizada. Esa conexión ha sido parte de su vida desde la infancia, al grado de casi poder entender las voces y gruñidos de los porcinos, como si fueran un idioma.
El libro está lleno de datos de interés que conecta a los cerdos, símbolos al mismo tiempo de prosperidad que de gula, con lo filosófico o lo gastronómico, pero también con la Historia, la literatura, la maternidad, el arte, la religión, la gordofobia, la psicología, la política, la cultura, la industria alimentaria y la música, y nos invita a reflexionar sobre su crianza y sacrificio, pero en vez de hacerlo a través de un texto académico, Mar Gómez lo hace por medio de lo que sabe, la literatura, la narración ágil y amena en la que no faltan los romances, los viajes y las anécdotas.
Los cerdos, una especie olvidada en comparación con los a veces privilegiados perros y los gatos, aunque alguna vez se han puesto de moda los genéticamente modificados para crear mini razas de compañía, algo éticamente cuestionable, están llenos de sorpresas en el libro de Mar Gómez, por ejemplo, gracias al texto nos enteramos que las madres cerditas les cantan a sus bebés cuando lo amamantan con sonidos rítmicos y guturales (descritos como un «canto» o gruñidos) para llamar a sus lechones y tranquilizarlos durante la lactancia.
Otros datos de interés son, por ejemplo, que en La India hay una religión llamada jainismo según la cual las personas mal portadas, al morir, reencarnarán en un cerdo; que los cerdos, como animales gregarios que son, para establecer su jerarquía se basan en un esquema de dominancia-subordinación, igual que los humanos; su lengua es complejo, igual que el de los humanos, pues nosotros, al gritar, vocalizamos igual que los cerdos; y al igual que ellos nos alimentamos de vegetales y carne, lo que da como resultado que ambos tengamos tanta carne en nuestros cuerpos, por no hablar de la estructura de algunos órganos, lo que hace que tejidos de la piel y válvulas del corazón de los porcinos puedan utilizarse en cirugías en humanos.
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Además, los cerdos son altamente inteligentes y sociables, experimentan emociones como la felicidad, el miedo y el estrés al igual que las personas.
Por otro lado, los cerditos recién nacidos tienen cuatro pares de colmillos filosos que si no les cercenan hieren los pezones de la madre al mamar, y hay que mutilarles la cola para evitar el canibalismo entre los cerditos y acodarlos uno frente al otro para que abracen sus cuerpos y sus trompas, entre muchos otros datos de interés.
También se habla de que el sacrificio de un cerdo debe ser lo más humano posible para que la carne sea de calidad, con un desangrado tranquilo y con mínimo estrés, algo que también es bueno para los humanos, pues se sabe que se traduce en menos toxinas, pero tan importante es para ello que desde su crianza hasta su transporte todo sea óptimo, que los cerditos estén cómodos, hidratados y ventilados, que vivan lo mejor posible rumbo al matadero, aunque parezca paradójico. Incluso hay diferencias claras entre los animales criados libremente, o de libre pastoreo, y los criados en granjas industriales.
Aunque el libro de Mar Gómez no es el primero que reflexiona sobre la brutalidad hacia los animales o el impacto de la violencia en el entorno de los cerdos, pues le anteceden títulos como "Animalia" de Jean-Baptiste Del Amo; "Pig Tales" de Barry Estabrook; "Montacerdos" de Cronwell Jara y "Rebelión en la granja”, de George Orwell, así como en el ámbito infantil "El libro de los cerdos" de Anthony Browne, que utiliza la figura del cerdo como una metáfora del maltrato doméstico y la falta de equidad en las tareas del hogar, sí es el primero que lo hace desde una perspectiva mucho más amplia, que va de lo local a lo universal.
Así, es un libro que hace reflexionar sobre el sacrificio y el perdón, la vida y la muerte, la piedad y la barbarie, sobre por qué no comer cerdo, pero sí pollo o pescado; o por qué el cerdo despierta filias en algunos y fobias en otros, y que también nos lleva de viaje por Cuba, Dinamarca y Yucatán para entender al cerdo desde diferentes culturas y contextos, desde el cerdo ibérico pata negra hasta el cerdo pelón del mayab, con todo y su cabeza de cochino y sus jaranas; un libro que denuncia la explotación, el maltrato y el crecimiento desmedido de la industria porcina, estas mega granjas que todos conocemos y que han sido un tema constante de discusión no solo ecológica, sino rural, económica, pero es una denuncia muy bien argumentada y reflexionada a través de los personajes, esto es, no lo dice Mar, lo dice Natalia, es dato duro, es investigación, pero es literatura, es ficción, eso lo hace ameno y accesible a todo tipo de lectores.
De la novela, yo me quedo con Yancarlo, Patricia, Priscila, con ese sueño de poder dignificar a los cerdos, de que se cuide su salud física y mental, de verlos crecer libres, retozando, gruñiendo en el monte; de conocer los siete museos del Jamón en Madrid, donde hay 500 patas de cerdo ibérico colgando de los techos, piernas curadas de todo tipo de cerdos, el blanco, el serrano, el jabugo, el de Teruel, el de Bellota, pero más que nada me quedo con el sueño de imaginar, al igual que la protagonista, que el cerdo sabe y acepta que ha nacido para ser sacrificado y disfruta ser comido, como un tributo, para poder disfrutar mi torta de cochinita en paz, todos los domingos.