Opinión

León Felipe: antes, ahora y siempre

León Felipe: antes, ahora y siempre
León Felipe: antes, ahora y siempre / Foto: Cuarto Oscuro

Corre el año de 2026 y tengo entre las manos la misma fotografía de mi hijo León Felipe. La agarro con cuidado porque ya está vieja de tanto tocarla. Tiene las orillas dobladas, una rajadita en una esquina y una mancha amarilla que le salió con los años, pero su cara sigue igual, como si el tiempo no hubiera podido meterse dentro del retrato.

Ahí está mi muchacho a los veintiún años, parado derecho, un poco serio porque nunca le gustaba que le tomaran fotos. Lleva una camisa blanca que yo misma le planché esa mañana, pantalón oscuro y una mochila negra colgada del hombro. Tenía mucho pelo, negro y rebelde, y una sonrisa apenas comenzada, como si le diera pena mostrar que estaba contento. Detrás se alcanza a ver una pared despintada y un pedazo de cielo de Tixtla. Si uno mira bien sus ojos, parece que está mirando lejos. Yo ahora pienso que tal vez ya estaba viendo Ayotzinapa.

Paso mi dedo por su cara y de pronto ya no estoy aquí.

Estoy otra vez en aquella mañana de 2014.

—Ya me voy, amá.

Eso me dijo.

Yo estaba en la puerta y todavía me acuerdo de que olía a café y a tortillas calientes. Su padre estaba sentado junto a la mesa, queriendo hacerse el fuerte, y sus hermanas, una de diecisiete y la otra de catorce, no dejaban de molestarlo porque llevaba demasiadas cosas en la mochila.

—Parece que te vas para siempre —le dijo la mayor.

—Pues quién sabe —contestó él riéndose—. A lo mejor me vuelvo un maestro importante.

Todos nos reímos.

Qué cosas dice uno sin saber.

León Felipe estaba ilusionado porque había entrado a la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa. Quería ser maestro. Decía que quería enseñarles a los niños de los pueblos donde casi nadie quería ir. Su padre estaba orgulloso. Yo también, aunque me daba tristeza verlo marcharse.

—Nomás no te olvides de nosotros —le dije.

—Cómo cree, amá.

Me abrazó.

Todavía puedo sentir sus brazos.

Primero abrazó a su padre. Luego a sus hermanas. A la más chica le revolvió el cabello y ella le pegó en la mano. Después volvió conmigo y me dio otro abrazo, más largo.

—Voy a estudiar, amá. Va a ver que todo va a salir bien.

Yo le creí.

Una madre siempre quiere creerles esas cosas a sus hijos.

Antes de que se fuera le pedí que se quedara quieto y le tomamos la fotografía. Ésta. La que tengo ahora entre las manos. La misma camisa blanca, la mochila negra, el cabello alborotado, los veintiún años enteros y una vida que todavía no sabía lo que le esperaba.

Un mes después comenzó nuestra desgracia.

Al principio pensé que todo se iba a aclarar. Que en unas horas nos iban a decir dónde estaban. Luego pensé que serían unos días. Después fueron semanas. Después meses. Después años.

Aprendí nombres que nunca había querido aprender. Aprendí a caminar por oficinas, cuarteles, juzgados y caminos. Aprendí a esperar afuera de una puerta mientras alguien importante decidía si podía recibirme. Aprendí a cargar una fotografía durante horas. Aprendí a gritar el nombre de mi hijo en las marchas hasta quedarme ronca.

—¡León Felipe!

Lo grité tantas veces que algunas noches despertaba creyendo que todavía estaba marchando.

Fui a la Ciudad de México. Fui a reuniones. Fui a plantones. Fui a lugares donde nos dijeron que podían estar. Caminé cerros y terrenos donde una madre nunca debería buscar a su hijo. Miré la tierra con miedo de encontrar algo y con miedo también de no encontrar nada. Conocí a otras madres y a otros padres, y comprendí que todos llevábamos la misma pregunta metida en el cuerpo.

¿Dónde están?

Al principio yo casi no hablaba. Me daba vergüenza agarrar un micrófono porque no estudié mucho y pensaba que iba a decir mal las cosas. Después entendí que para preguntar dónde está un hijo no hace falta estudiar. Hace falta ser su madre.

Entonces hablé.

Hablé en las plazas, frente a las oficinas, con periodistas, con estudiantes, con quien quisiera escucharme. Aprendí a decir que no íbamos a cansarnos. Que los queríamos de regreso. Que mientras no supiéramos qué había pasado, íbamos a seguir buscándolos.

Y siempre llevaba la fotografía.

Cinco años después de la desaparición, el cáncer se llevó al padre de León Felipe.

La víspera de su muerte ya casi no podía hablar. Yo estaba sentada junto a su cama cuando levantó un poco la mano y señaló hacia el mueble.

—La foto —me dijo.

No tuve que preguntarle cuál.

Se la puse entre las manos.

La miró durante mucho rato. Yo miraba a los dos: a mi marido consumido por la enfermedad y a mi hijo de veintiún años, entero para siempre dentro de aquel pedazo de papel.

—Estaba contento ese día —dijo.

—Sí.

—Tenía muchos planes.

—Sí.

Después ya no dijo nada.

Murió al día siguiente.

Ahora han pasado doce años y vuelvo a estar en mi casa de Tixtla, con la fotografía entre las manos. Afuera escucho pasar un carro y luego unos perros ladrando. Todo parece igual y nada es igual. Tengo sesenta años. A veces me miro al espejo y no reconozco a la mujer que está ahí. Se me hizo blanco el cabello, me duelen las rodillas, tengo las manos manchadas y hay mañanas en que levantarme de la cama cuesta más de lo que yo quisiera.

Doce años también pasan por el cuerpo.

Yo sé que cada año que pasa hace más difícil pensar que León Felipe sigue vivo. No soy tonta. Entiendo lo que significa el tiempo. He visto morir a algunos padres sin saber qué pasó con sus hijos. He visto enfermarse a madres que parecían de hierro. He visto cómo los muchachos que quedaron en las fotografías siguen jóvenes mientras nosotros envejecemos.

Mi León Felipe sigue teniendo veintiún años.

Yo ya tengo sesenta.

A veces me pregunto cuántos años más voy a vivir.

Cinco, diez, veinte, quién sabe.

Y entonces miro la fotografía.

Me veo más adelante, aunque no sé cuánto más adelante. Me veo caminando todavía con ella pegada al pecho. Me veo vieja, más vieja que ahora, entrando despacio a otra oficina, preguntando otra vez lo mismo. Me veo apoyada en un bastón y todavía buscando. Tal vez alguien me diga:

—Doña Amanda, ya descanse.

Y yo voy a contestar:

—¿Cómo voy a descansar si todavía no encuentro a mi hijo?

Porque eso sí lo tengo decidido.

Mientras pueda caminar, voy a caminar.

Mientras pueda preguntar, voy a preguntar.

Mientras pueda levantar esta fotografía, la voy a levantar.

Y cuando ya no pueda hacerlo, cuando llegue mi día, quiero que mis hijas sepan qué tienen que hacer. No quiero flores caras ni cosas de ésas. Quiero que pongan esta fotografía dentro de mi féretro. Aquí, sobre mi pecho. La misma que le tomamos cuando tenía veintiún años, cuando llevaba su camisa blanca, su mochila negra y toda aquella esperanza en los ojos.

Quizá para entonces la fotografía esté todavía más amarilla. Quizá ya casi no se vea. No importa. Yo voy a saber que es él.

Soy católica. Siempre lo he sido. No sé explicar muchas cosas de la fe y tampoco quiero hacer como que las entiendo. Pero hay algo que necesito creer.

Si mi hijo vive, quiero encontrarlo aquí.

Aquí.

En esta vida.

Quiero abrazarlo, aunque llegue viejo. Quiero reconocerlo, aunque tenga canas. Quiero decirle que su padre lo esperó hasta el último día y que sus hermanas nunca dejaron de preguntar por él. Quiero llevarlo a la tumba de su papá y decirle: “Mira, viejo, aquí está nuestro muchacho. Ya volvió”.

Pero si León Felipe ya no vive, entonces quiero que me entierren con su retrato.

Porque pienso que algún día cerraré los ojos y volveré a abrirlos en otro lado. Primero voy a buscar a su padre. Seguro estará esperándome. Le voy a preguntar si ya sabe algo.

Y después los dos vamos a buscar a León Felipe.

Entonces quizá lo veamos venir desde lejos.

Traerá otra vez su camisa blanca, su mochila negra y sus veintiún años. Su padre estará como antes del cáncer y yo ya no tendré este cuerpo cansado de caminar durante doce años. Los tres nos reconoceremos.

Yo voy a acercarme.

Voy a tocarle la cara, como ahora toco su cara en esta fotografía.

Y voy a decirle solamente:

—Ya te encontré, hijo.

Porque eso es lo único que he querido decirle durante todos estos años.