Sepultar a un niño es una de las experiencias más dolorosas para un enterrador: “Ahí se te parte el corazón”, reconoció Gregorio Uicab Canché, don Goyo, quien desde hace 14 años realiza inhumaciones en el cementerio Jardines del Recuerdo del municipio de Kanasín.
Llegó al camposanto por invitación de un amigo y desde entonces ha dedicado sus días a abrir fosas y acompañar, desde su oficio, la última despedida de cientos de personas.
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Durante un tiempo fue subdirector de Cementerios, pero optó volver al trabajo de campo. “Preferí ese oficio a que el director me estuviera regañando por todo”, comentó.
En una jornada habitual se realizan entre dos y tres entierros. Sin embargo, la pandemia de COVID-19 dejó una de las escenas más impactantes que recuerda: hasta 14 cuerpos llegaron en un solo día.
“Estaba larga la fila de carrozas, impresionante, pero ningún familiar podía entrar al camposanto”, relató sobre aquellos días en los que las restricciones sanitarias impedían a los dolientes acompañar a sus difuntos.
En sus 14 años de servicio también ha presenciado escenas desgarradoras, como familiares que, incapaces de aceptar la pérdida, se meten a las fosas para impedir que sepulten a sus seres queridos.
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Durante años fue el único enterrador de Kanasín y atendió los dos cementerios municipales. Ahora, otro trabajador se encarga de las inhumaciones en el segundo camposanto.
Don Goyo también ha observado con preocupación el abandono de algunas lápidas en Jardines del Recuerdo.
Explica que no pueden intervenir libremente porque los espacios son considerados propiedades particulares y limpiarlos o desocuparlos podría ocasionar conflictos.
Después de 14 años entre tumbas y despedidas, don Goyo tiene clara su conclusión: “Hay que tenerle más miedo a los vivos que a los muertos, porque estos te roban y hasta te pueden quitar la existencia”.