En los mercados de Mérida, en los camiones urbanos, en las salas de espera de los hospitales, el maya todavía se escucha. Pero se habla en voz baja. Mujeres indígenas platican en maya, pero lo hacen en susurros, para que las “catrinas” no las identifiquen como “indias”. Es un idioma que sobrevive, sí, pero que aprendió a esconderse.
Los números confirman lo que el oído intuye. En la última década, el número de mayahablantes disminuyó un cinco por ciento en Yucatán y un once por ciento a nivel peninsular, de acuerdo con datos del último censo del Inegi. Actualmente se estima que hay unas 519 mil personas mayahablantes en el estado, de un total de poco más de 800 mil en toda la península. Y la tendencia no se detiene.
Lo más revelador no es cuántos hablan maya hoy, sino quiénes lo hacen. El mayor uso del idioma se concentra en personas de entre 30 y 40 años, mientras que las infancias y juventudes muestran un marcado abandono del idioma materno. Dicho de otra forma: la lengua se está quedando sin relevo generacional.
La caída en números
El maya es la segunda lengua indígena más hablada en México, sólo por detrás del náhuatl. Según la Encuesta Nacional de la Dinámica Demográfica 2023 del Inegi, el 26.1 por ciento de la población de Yucatán habla alguna lengua indígena, lo que coloca al estado en el segundo lugar nacional, solo por detrás de Oaxaca. Son datos que suenan alentadores hasta que se les pone perspectiva histórica.
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En 2010 había 537 mil 618 mayahablantes en Yucatán; en 2020, esa cifra bajó a 519 mil 167, y cada año son menos. En algún momento, el porcentaje de hablantes en el estado alcanzó el 23.7 por ciento de la población; hoy esa cifra corre el riesgo de seguir disminuyendo.
La pérdida no es gradual ni invisible: es acelerada y documentada. Un estudio de Solís Alcántara (2023) determinó que la pérdida intergeneracional de hablantes alcanza el 65.8 por ciento, lo que se refleja en la caída del número de niños de entre cinco y nueve años que hablan maya, evidencia de que cada vez menos padres transmiten el idioma a sus hijos.
El miedo que silencia
Detrás de las estadísticas hay una historia de discriminación que lleva décadas construyéndose. La imposición del español en contextos urbanos, el bilingüismo asimétrico y la estigmatización social han llevado a que el maya sea percibido como una lengua de menor prestigio. Muchos padres han dejado de enseñar maya a sus hijos por miedo a la discriminación.
Yucatán ha sido identificado como el estado con mayor porcentaje de personas que manifiestan haber sido discriminadas: 32 por ciento, y un 8.7 por ciento señala que la discriminación está relacionada específicamente con la lengua que hablan, según datos del Inegi 2023.
La discriminación tiene consecuencias que van más allá del idioma. Investigadoras de la UADY señalaron recientemente que el desplazamiento lingüístico incide directamente en la salud mental de las personas mayahablantes, y que cuando una lengua se pierde no sólo desaparece un sistema de comunicación, sino toda una visión del mundo, de las cosas y del cosmos.
Tener un apellido maya sigue siendo un estigma social y motivo de discriminación. En algunas familias indígenas eso genera vergüenza y la necesidad de recurrir al cambio o a la castellanización de sus apellidos.
El investigador del Ciesas Peninsular, Jesús Lizama Quijano, ha advertido que la lengua maya estará en peligro de extinción en poco tiempo, y que el racismo influye de manera determinante, sobre todo en el ámbito urbano. En Mérida, señaló, el maya no tiene cabida a pesar de que históricamente es ahí donde vive el mayor número de mayahablantes con respecto a otras localidades.
El sistema educativo prometió y no cumplió
En 2019, Yucatán aprobó una reforma constitucional que obliga a enseñar lengua maya en todos los planteles de educación básica del estado. Fue presentada como un hito histórico. La realidad que llegó después fue más modesta. De los 1,612 planteles de educación básica en Yucatán, sólo 651 cumplen con la disposición de enseñar lengua maya. La brecha entre la norma y su aplicación revela la dificultad de convertir las leyes en acciones reales.
El programa Ko’one’ex Kanik Maaya (“Vamos a aprender maya”) es la apuesta más visible del gobierno estatal para llevar el idioma a las aulas. Más de 19 mil niñas y niños de sexto grado en 99 escuelas primarias de diversos municipios fortalecen sus habilidades comunicativas en maya mediante este programa, que reúne a 100 facilitadores bilingües formados en estrategias didácticas alineadas al modelo educativo vigente.
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Adicionalmente, material didáctico en lengua maya ha llegado a 585 escuelas de educación inicial, preescolar, primaria indígena y primaria general en 75 municipios, beneficiando a más de 35 mil estudiantes.
Las cifras suenan bien hasta que se confrontan con el contexto. El programa de inglés, en contraste, opera a otra escala: el programa de Ambientes Bilingües para enseñanza del inglés ya se aplica en 181 escuelas de 22 municipios con la participación de más de 800 docentes durante el ciclo escolar 2025-2026. La comparación no es menor: el inglés tiene más maestros que el maya tiene escuelas.
El interés por el inglés y otras lenguas extranjeras ha desplazado al maya en el orden de prioridades institucionales. El inglés se ha convertido en requisito de titulación en muchas instituciones, mientras que el maya se mantiene como optativo. Eso refleja la falta de compromiso real con la lengua originaria.
El problema en las aulas tiene además una dimensión estructural: en los programas de educación bilingüe, el modelo adoptado da primacía al español, pues cada año aumenta la presencia de este idioma en la enseñanza mientras la instrucción en maya disminuye. No hay continuidad en la enseñanza del maya más allá de la educación primaria.
La discriminación llega al juzgado
La barrera lingüística no sólo es un problema escolar: es una falla del Estado que afecta derechos fundamentales. Las personas mayahablantes enfrentan discriminación indirecta al intentar acceder a servicios públicos de salud, justicia, educación y vivienda, debido a la falta de personal capacitado y bilingüe en las instituciones.
Los números en el sistema de justicia son particularmente reveladores. De los 70 defensores públicos existentes en Yucatán, solo 10 hablan lengua maya, a pesar de que más del 65 por ciento de la población estatal se identifica como indígena. Según el director de Patrimonio de la Sedeculta, se requieren al menos 53 mil intérpretes y traductores para cumplir con la norma que establece que el 10 por ciento de la población hablante debe contar con estos servicios.
En el sector salud, un monitoreo de 120 centros reportó que el 32.5 por ciento no contaba con personal bilingüe capacitado para atender a pacientes mayahablantes. Ir al médico o al juzgado sin poder comunicarse en tu idioma no es un inconveniente menor: es una violación de derechos.
Algo puede salvarse, si hay voluntad
Las señales de resistencia existen. Jóvenes universitarios organizados en colectivos como Weech en la Facultad de Antropología de la UADY trabajan para visibilizar el desplazamiento lingüístico y contribuir activamente a su freno, conscientes de que su generación puede ser la última en tener acceso cotidiano al idioma.
La Academia de Lengua Maya en Mérida tiene historia y siempre cuenta con alumnos interesados. El Centro de Lenguas de la UADY también imparte cursos. Existe un interés real por aprender maya, sobre todo entre personas no indígenas que perciben en el idioma un valor cultural y de identidad.
El reto, sin embargo, es que aprender maya en un curso no es lo mismo que criarse hablándolo en casa. La lengua se transmite en la cotidianidad, en la mesa, en el campo, en el mercado. Y esos espacios se están reduciendo.
La preservación del maya es una responsabilidad colectiva que implica esfuerzo de todos los sectores de la sociedad. Las autoridades deben tomar cartas en el asunto ahora, para evitar que la lengua siga perdiéndose. El problema es que esa frase lleva décadas repitiéndose, y la curva de hablantes sigue apuntando hacia abajo.