A la vereda de un camino de terracería, frente a la zona hotelera de San Benito, arriban motos, camionetas e incluso combis rentadas. Los vehículos de gran tamaño se quedan estacionados a un costado de la entrada. De ahí bajan niños, niñas, adultos mayores, hombres y mujeres para empezar su jornada. Trabajan desde la madrugada para recuperar los manglares que, tras el paso de los huracanes Gilberto e Isidoro, dejaron de crecer y se convirtieron en raíces secas esparcidas en el lodo.
Durante años, este ecosistema permaneció sin intervención e incluso fue utilizado como basurero por algunos hoteleros. Ante esto, los ejidatarios de San Ignacio Petzbalam de Timul, Motul, encabezados por su comisario Henry Dzul, en colaboración con un equipo científico, conformado por investigadores del departamento de Ecología Humana del Cinvestav, los doctores Eduardo Batllori y Henry Dzul, impulsaron un proyecto de restauración con el objetivo de devolverle a los manglares su función ecológica.
Los especialistas diseñaron una propuesta técnica que fue aprobada dentro del programa de compensación ambiental de la Comisión Nacional Forestal (Conafor). A partir de este apoyo, los habitantes se involucraron en las labores de restauración del Petén, Franja y Cuenca del manglar desde principios de abril de este año.
El área forma parte de terrenos ejidales, y se prevé la recuperación de 100 hectáreas, de un total de 650, en un período de cinco años, como establecen los lineamientos federales.
Para llegar a la zona de restauración existen dos rutas: la primera conecta directamente con Timul, tiene una distancia aproximada de 6 kilómetros; sin embargo, se encuentra en malas condiciones y es muy accidentada. Por ello, las personas optan por transitar la segunda, que es más segura, a pesar de que la distancia es larga, de 37 kilómetros.
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“Somos un equipo. El proyecto busca fomentar el autoempleo y generar oportunidades de trabajo para las y los ejidatarios, promoviendo al mismo tiempo su papel como guardianes de su ecosistema y su participación en la restauración del mismo”, dice el científico Henry Dzul, quien se involucró en el proyecto a petición de su padre, el comisario ejidal.
El doctor explica al periódico POR ESTO! que se integró en un momento clave para su localidad, motivado por la necesidad de brindar acompañamiento y claridad a las y los ejidatarios, quienes previamente habían sido abordados por distintos grupos externos sin información transparente. Ante este contexto, decidió involucrarse de manera activa, acercándose a la Conafor para conocer sobre la convocatoria vigente y promover un proceso más abierto.
Como parte de esta iniciativa, gestionó que personal de la institución acudiera al ejido para presentar el proyecto ante la asamblea, garantizando que fuera la propia comunidad quien, de manera informada, decidiera su participación. A partir de ese acuerdo colectivo inició la elaboración del proyecto.
“Somos muchos. Hay una buena respuesta. Vienen los hijos, los sobrinos, los hermanos, los nietos y hay que darles trabajo a todos de manera equitativa”, comenta el comisario.
Tras dejar sus vehículos a la vereda del camino, los primeros rayos de luz ayudan a recorrer el sendero pedregoso. Es una caminata de entre 15 y 20 minutos. Algunas personas tienen en mano machetes, coas, cubetas, bastones y maderas, y en hombros sabucanes y mochilas.
La mayoría está familiarizada con el monte, pero no con los manglares. Históricamente, la comunidad de Timul se ha dedicado al cultivo de henequén y a la agricultura en la milpa, por lo que es la primera vez que se enfrentan al reto de trabajar en este tipo de ecosistema acuático.
Mientras más caminamos se pueden ver árboles altos, con ramas inclinadas que parecen crear un techo en medio del sendero. Don Braulio Pech, quien por primera vez se une a la restauración, pisa firme, señala el suelo y relata que antes aquí pasaba una riel durante el auge del oro verde.
“Las pacas de sosquil, que se hacían en Motul, Timul y Sacapú, se llevaban al puerto y se embarcaban. Una vez que ya no hubo más trabajo de henequén, cada quien fue buscando qué hacer. Hay quienes les gusta el monte y vienen, pero no a todos, porque si te descuidas te pican los toctush, unos bichitos que parecen moscas. Hasta te pueden intoxicar”, dice mientras apresura su paso para llegar al punto de organización.
Islas de manglares
En medio de un cementerio de palos secos suena una bocina de fondo. “Ya está aquí El Parchado gritaba la gente y que toque el mariachi una diana en su honor”, tararean quienes siguen el ritmo de la canción de Vicente Fernández. Tararean los hermanos Eduardo, Humberto y Jorge May y su sobrino José Sofía Canché, mientras acarrean madera para colocarla dentro del círculo de madera previamente amarrado con hilo de henequén. Son una de las tantas familias que colabora en la construcción de una tarquina, también conocida localmente como isla de manglar.
“Las tarquinas son estructuras de 6 metros de diámetro y 50 centímetros de altura, elaboradas con madera seca, principalmente del propio entorno, que posteriormente son rellenadas con suelo del mismo sitio donde se realizará la reforestación con plántulas de manglar”, explicó minutos antes el doctor Henry Dzul para que tuvieran una idea de cómo hacer la suya.
Los hermanos May trabajan en representación de su padre Basilio que es socio del ejido y que debido a su avanzada edad no puede adentrarse hasta el fondo del manglar, sobre todo en el área en donde se encuentran y que se conoce como Cuenca. Para tener acceso se tiene que pasar por una brecha llena de palos secos, ramas caídas y lodo, y al llegar se camina por un suelo fangoso que dificulta la movilidad.
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Participan en la restauración todos los fines de semana, aproximadamente cuatro horas. “Nosotros venimos desde temprano, porque tratamos de ganarle al Sol. Una vez que dan las 10:30-11:00 de la mañana ya no se puede”, dice Eduardo.
Hasta el momento han participado con mucho entusiasmo en la apertura de canales de agua y en la construcción de su primera tarquina. “Es una experiencia nueva para nosotros hacer ese trabajo. No cualquiera se mete a un manglar y menos sin el apoyo de alguna institución. Pero ahora sí podemos. Estamos ayudando a reforestar después de todo el desastre que ya se hizo (los huracanes). Estamos echándole un poquito para adelante, para ayudar al planeta, y eso es bonito, porque las futuras generaciones lo verán”, concluye.
Al igual que ellos, José Pech, Gregorio y Osmar Cauich hacen su primera tarquina. Cavan el lodo para hacer huecos y colocan las maderas hasta formar un círculo. Una vez terminada, se les pagará 6700 pesos. Un dinero que ven como un extra para los gastos del hogar.
“No sabemos cuánto nos tomará terminarla, pero el dinero que ganemos es un extra para la casa. Tenemos otros trabajos porque se necesita seguro y atención médica, y la labor que realizamos aquí nos ayuda mucho. Sirve para el pasaje, el estudio y los gastos del hogar”, dice José Pech.
Recientemente, las dos fábricas de textiles más grandes de la zona, que se ubican en Baca y Motul, hicieron un recorte importante de personal, por lo que mucha gente ha encontrado en los trabajos de restauración un medio para tener ingresos económicos.
“Antes dependíamos del henequén. Se compraba mucho. Las pacas se vendían a lugares como Tapetes, y se exportaban a otros sitios; pero todo cambió cuando se empezó a priorizar lo que se traía de Brasil. Después vino el ciclón Gilberto y luego Isidoro y una sequía terrible que arrasó con todo lo cultivado. Las personas tuvieron que buscar otros medios para sobrevivir. Algunos optaron por trabajar en compañías de limpieza en las plazas de Mérida, mientras que otros se emplearon en maquiladoras cercanas que recientemente cerraron. Hay gente acá que estuvo en la empresa Monty y quedó desempleada, y por eso vino a trabajar”, agrega su cuñado Gregorio Cauich.
Ambos coinciden en que consideran este proyecto como una aventura. Pueden conocer cosas que jamás habían visto, desde flora hasta fauna de los manglares. “Todo es muy bonito. Esto beneficia a nuestra familia y al futuro que queremos que vean”, dice con entusiasmo.
En esta labor también participan mujeres como doña Yolanda Crespo, quien en compañía de sus nietos Sugeli y Ariel, reúne material para armar su tarquina. Al igual que su padre fallecido ella es ejidataria. Les enseña a los pequeños cómo desenmarañar hilo para usarlo más adelante en las estacas de madera que tienen preparadas.
“Mis nietos han estado viniendo con su papá desde el jueves. Para nosotros ha sido una experiencia cansada, pero agradable. Todo lo hacemos en familia, así debería de ser. Nos ayudamos y ayudamos a los manglares. Logramos que sobrevivan las abejas, los insectos y las plantas medicinales”, asegura.
Comparte que a pesar de que el trabajo ha sido duro, tiene la satisfacción de estar en contacto con la naturaleza. “Se siente bien la brisa. A veces se nos olvida disfrutarlo cuando estamos trabajando, pero la verdad es que es relajante hacerlo”.
Familias completas se han involucrado en el proceso de restauración a través de la combinación de sus conocimientos tradicionales con acompañamiento técnico. El comité científico se encarga de darles una idea general de lo que se estará construyendo, pero sin imponerles cómo deberán hacerlo. Es decir, los ejidatarios deciden cada grupo que se forma y qué materiales se usan, siguiendo las recomendaciones para evitar la contaminación y llegar a los resultados esperados.
Canales de agua
Lejos del suelo pantanoso, del cementerio de palos secos, hay un camino que lleva hacia los canales de agua, cerca del manglar de Franja. Sólo se ha terminado uno de seis canales, pero cada metro, cavado por hombres y mujeres, conllevó mucho esfuerzo. “Fue una experiencia dolorosa. Los primeros días duelen los brazos, piernas, los músculos. Pero la pasamos bien”, comparten los primos Fernando Cauich, José y Luis Chan, y Wilberth Tec, así como el pequeño Jesús Ku.
Estos manglares son un parteaguas entre la microcuenca de la Laguna Rosada y la de Uaymitún. Pero la apertura del puerto de abrigo de Telchac tras los huracanes Gilberto e Isidoro conectó la ciénaga con el mar, provocando una hipersalinización del suelo. Esta salinidad crece por año debido a la evaporación.
“El manglar rojo (Rhizophora mangle) comienza a sufrir cuando la salinidad del agua intersticial del suelo supera los 60 gramos por litro, y el manglar negro (Avicennia germinans) presenta problemas por encima de 80 gramos por litro. Para contrarrestar esto, se están construyendo canales: un canal primario para contener el agua salada de la Laguna Rosada y canales secundarios que se conectarán con manantiales de agua dulce”, explica el doctor Eduardo Batllori.
El especialista camina descalzo. Los ejidatarios y el Comisario murmuran que su pie es de pescador, acostumbrado a estar sobre las piedras, sedimentos duros y suaves. Sus pies son la prueba viviente de su entrega a los humedales, como pionero en su restauración. Llega hasta un mangle negro. Sostiene una hoja y dice: “Suda la sal a través del envés de la hoja. Son estos granitos pequeños. El mangle rojo no puede, pero tiene un sistema de osmosis inversa en las raíces, de donde jala agua dulce y la salada lo deja. Cuando se pone muy salada, empieza a tener problemas metabólicos y decrece un poco. El objetivo del proyecto es lavar los suelos y permitir el crecimiento de las plántulas”.
“El trazado de los canales tiene una lógica. Están dispuestos en varios puntos de toda esta área (Franja), donde en un determinado tiempo analizamos el agua e igual se lleva al laboratorio para tener un análisis completo. Si te fijas hay tubos que pueden estar a una profundidad de más de 50 centímetros. Determinan la cantidad de salinidad, PH y otras variables fisicoquímicas. Eso nos sirve para saber qué factores regulan la estructura y función de los ecosistemas de manglar”, agrega su compañero.
Estas actividades incluyen la apertura de canales primarios y secundarios para introducir agua dulce, con un canal primario y dos secundarios en la zona Norte, y tres adicionales en el otro lado para traer agua dulce. También se construirá un canal y se instalarán tarquinas en otra área para asegurar el suministro de agua dulce.
Actividades a futuro
“Esto es el inicio de algo más grande”, dice el comisario, quien tiene la visión de rescatar y cuidar plantas nativas como el huano, el pasto k´oxolaak (Spartina spartinae), la pata de elefante y los cactus, que actualmente son extraídas ilegalmente. Para eso se planea establecer un vivero, inicialmente en casas de las ejidatarias y, eventualmente, en la zona de restauración. Con potencial para incluir el mangle rojo y negro y la salicornia marítima.
Además, se contempla la realización de talleres de capacitación para que la comunidad aprenda a identificar especies y sus características, y la posibilidad de desarrollar proyectos de ecoturismo y agricultura salina con salicornia, como alternativas económicas para las familias.
Se espera que este proyecto de restauración sea el primero de varios, con la intención de solicitar apoyo gubernamental para mejorar la carretera blanca que conecta a Timul con los manglares, para que tengan fácil acceso a la zona.
Por su parte, los especialistas comentan que se espera que la participación de estudiantes de ciencias biológicas que contribuyan a la generación y documentación de conocimiento sobre el territorio. “Esto permitirá construir una base sólida de información que, en el futuro, facilite la gestión de nuevos recursos y financiamientos ante distintas dependencias, orientados a la atención de componentes específicos de la biodiversidad y a la continuidad de las acciones de conservación”.