Yucatán

Pescadores de Yucatán cargan con años de dolor físico: estudios revelan daños en espalda, hombros y articulaciones

Hasta 79% de pescadores en Yucatán reporta dolor corporal por las exigencias de su labor.

Siete de cada 10 buzos presentan muerte ósea progresiva; ciencia local busca prevenir la incapacidad
Siete de cada 10 buzos presentan muerte ósea progresiva; ciencia local busca prevenir la incapacidad / Por Esto!

La espalda tarda en responder. También los hombros. Antes de que amanezca en San Felipe, José Chi ya siente los avisos del cuerpo: esa presión sorda que se instala al levantarse y que no es consecuencia de una mala noche, sino de tres décadas cargando hielo, jalando líneas y manteniéndose en pie sobre una embarcación que nunca deja de moverse.

Cuando alguien le pregunta cómo está, la respuesta es siempre la misma: “¿Qué le va a hacer uno? Pues es lo que hay y la verdad es que uno se acostumbra al dolor. Ya con el paso del día se quita”.

Detrás de esa resignación hay una realidad que la ciencia ha comenzado a documentar con precisión en las comunidades pesqueras del litoral yucateco. El dolor no es una molestia pasajera ni una exageración: es la manifestación de un deterioro físico que se acumula jornada tras jornada sin que existan protocolos de prevención, seguimiento médico sistemático ni reconocimiento formal como riesgo laboral.

En Yucatán, el padrón estatal de la Secretaría de Pesca y Acuacultura Sustentable (Sepasy) registra a más de 17 mil pescadores que dependen directamente del mar para obtener ingresos. Son la columna vertebral de comunidades como Río Lagartos, San Felipe, Celestún, Sisal, Dzilam de Bravo y decenas de puertos menores repartidos a lo largo de los 378 kilómetros de costa que tiene el estado. Su actividad sustenta economías familiares, abastece mercados regionales y mantiene viva la identidad de pueblos enteros. Sin embargo, su salud ocupa un lugar periférico en las políticas públicas y en el debate social.

Las zonas corporales castigadas

Quien más sistemáticamente ha medido ese costo corporal es Oswaldo Huchim Lara, médico, investigador y docente de la Universidad Marista de Mérida, con más de 15 años de trabajo directo en las comunidades pesqueras del oriente yucateco. Sus investigaciones, desarrolladas en colaboración con colegas como Daryem Martínez García, Aranzazu Cueva Cantón y Ana Teresa García Naranjo-Urzaiz, arrojan un dato que debería alarmar: hasta el 79 por ciento de los pescadores reporta dolor en al menos una región del cuerpo.

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Las zonas más castigadas son la espalda baja, los hombros y el cuello. La explicación es tan sencilla como contundente: son precisamente las estructuras que más se exigen al cargar capturas y bloques de hielo, al jalar redes o líneas de pesca, y al mantener el equilibrio en embarcaciones pequeñas durante jornadas que pueden extenderse por ocho, diez o doce horas. La combinación de posturas incómodas, movimientos repetitivos y superficies inestables produce un estrés mecánico sostenido que, sin descanso ni rehabilitación, termina por lesionar tejidos y articulaciones.

A ese deterioro muscular se suma otro factor que amplifica el daño: cerca del 90 por ciento de los pescadores evaluados presentaba sobrepeso u obesidad, según los mismos estudios. El exceso de peso incrementa la carga que soportan la columna vertebral y las articulaciones de cadera y rodilla, acelerando el desgaste y reduciendo los márgenes de recuperación entre jornadas.

Una enfermedad que se guarda en silencio

Más allá del dolor muscular cotidiano, existe una afección menos conocida que Huchim Lara ha estudiado con especial atención: la osteonecrosis disbárica. Se trata de una enfermedad causada por el buceo repetitivo sin descompresión adecuada, que provoca la muerte progresiva del tejido óseo en articulaciones como la cadera, las rodillas y los hombros. No aparece de la noche a la mañana. Se desarrolla en silencio durante años, hasta que el daño es tan severo que la articulación colapsa.

En Yucatán, el buceo es una práctica extendida en varias pesquerías del litoral. Durante el auge de la pesca de pepino de mar, que en su momento llegó a concentrar a miles de buzos en la costa yucateca, los accidentes por descompresión se multiplicaron. Muchos dejaron secuelas permanentes. Pero incluso en pescadores que no sufrieron incidentes agudos, el buceo repetitivo dejó huellas en los huesos.

Investigadores de la Universidad Marista, en colaboración con especialistas de las universidades de California en San Diego y en Los Ángeles, realizaron estudios radiográficos a cerca de 80 pescadores de la costa yucateca. Los resultados fueron contundentes: entre seis y siete de cada diez participantes presentaban indicios de osteonecrosis disbárica.

El investigador recuerda el caso de un pescador que convivió durante años con dolor crónico que él mismo atribuía al cansancio del trabajo. Cuando finalmente accedió a estudios especializados, el diagnóstico reveló un daño severo en la cadera. El desenlace fue una sustitución total de la articulación, una cirugía mayor que habría podido evitarse, o al menos postergarse, si el problema se hubiera detectado a tiempo.

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Una ocupación de alto riesgo sin protección formal

La pesca artesanal figura entre las ocupaciones con mayor riesgo de lesión en el mundo, según organismos internacionales de salud laboral. Sin embargo, en México –y particularmente en Yucatán‒ los pescadores ribereños trabajan en condiciones de informalidad que los coloca fuera de los sistemas de protección laboral convencionales. No cuentan con seguro de riesgos de trabajo, no tienen acceso rutinario a exámenes médicos ocupacionales y difícilmente llegan a un servicio de salud especializado cuando el dolor se vuelve crónico.

En uno de sus estudios, Huchim Lara evaluó a 55 pescadores mediante pruebas de fuerza muscular, movilidad y funcionalidad. Los resultados confirmaron patrones de dolor crónico y limitaciones físicas que en muchos casos habían sido normalizadas durante años. Varios participantes reportaban buena calidad de vida en términos generales, pero presentaban restricciones en actividades que requieren fuerza, precisión manual o movimientos repetitivos, precisamente las mismas que definen su trabajo cotidiano.

La paradoja es reveladora: el cuerpo aprende a compensar el daño hasta que ya no puede más.

Del laboratorio a las cooperativas

Los investigadores han decidido que el conocimiento generado en sus estudios no quede confinado a revistas académicas. Por ello han diseñado materiales de divulgación –infografías, carteles y guías ilustradas‒ con ejercicios sencillos de calentamiento, movilidad y recuperación física que pueden realizarse antes y después de las jornadas de pesca. El objetivo es distribuirlos en cooperativas, comisarías y espacios comunitarios de los puertos donde han trabajado.

La estrategia reconoce que cambiar hábitos en comunidades donde el dolor ha sido normalizado por generaciones no es sencillo. Sin embargo, la experiencia del equipo sugiere que cuando los pescadores participan activamente en el proceso –cuando no son sujetos de estudio sino interlocutores‒ la disposición a adoptar nuevas prácticas aumenta notablemente.

En paralelo, el grupo de investigación trabaja en protocolos de detección temprana de osteonecrosis disbárica para pescadores buzos, en coordinación con las universidades de California. La propuesta incluye estudios de imagen periódicos en puertos donde el buceo es frecuente, que permitirían identificar el daño antes de que se vuelva irreversible.

Para José Chi y miles de pescadores como él, estos avances llegan tarde. Pero para quienes apenas comienzan a trabajar el mar –o para quienes heredarán el oficio de sus padres‒ representan una oportunidad concreta de que las próximas décadas no sean tan silenciosamente dolorosas como las anteriores.