Las denuncias por la remoción de arena y vegetación en la zona de duna de Chuburná Puerto, que esta semana llevaron al Gobierno de Yucatán a pedir a la Semarnat y a la Profepa verificar los permisos del proyecto inmobiliario Las Dunas, que ahí se construye, volvieron a poner el foco sobre un ecosistema que rara vez ocupa titulares: la duna costera. Más allá de ese caso puntual, la pregunta de fondo es qué se pierde, en una comunidad concreta y en el estado en general, cuando ese cordón de arena desaparece.
Chuburná Puerto es una comisaría del municipio de Progreso, a unos 20 kilómetros al poniente de ese puerto y a poco más de 55 kilómetros de Mérida. Según el censo del 2020, tiene 2 mil 874 habitantes. Es uno de los asentamientos más antiguos de la costa yucateca: fue declarada población vigía en 1663 para la defensa frente a los piratas, y durante generaciones vivió casi exclusivamente de la pesca y de las salineras. El huracán Gilberto, en 1988, dejó daños tan severos que obligó a buena parte de sus familias a diversificarse hacia el turismo, sin abandonar del todo el mar: hoy el padrón pesquero municipal ubica entre 550 y 700 pescadores activos en la comunidad.
Una red que no se puede romper
Ese doble oficio explica por qué la duna no es, para Chuburná, un paisaje abstracto: es la barrera que protege el puerto de abrigo, la vivienda y el embarcadero de donde salen sus lancheros, y el borde natural del que depende también Isla Columpios, uno de los atractivos turísticos que sostiene la economía local.
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Gabriela Mendoza González, investigadora del Instituto de Ecología del campus Yucatán de la UNAM, explica que las dunas no funcionan de manera aislada: son parte de una red que incluye arrecifes, pastos marinos, playas, manglares y lagunas. Ese equilibrio permite la movilidad natural de la arena y sostiene la estabilidad de las playas. Ahí habitan plantas adaptadas a la sal, el viento y el calor extremo, junto con aves, reptiles, invertebrados y tortugas marinas que dependen de este hábitat para reproducirse.
¿Cuánta dunas tiene Yucatán?
No existe un conteo oficial de “dunas” como unidades separadas, porque el sistema dunar yucateco no es una serie de montículos aislados, sino una franja continua que corre a lo largo de los 378 kilómetros de litoral estatal, desde Celestún hasta El Cuyo, donde se distribuyen los 12 puertos marítimos del estado, entre ellos el de Chuburná.
Lo que sí han medido investigadores es la magnitud del problema a escala nacional: México cuenta con alrededor de 800 mil hectáreas de duna costera repartidas en 17 estados, entre ellos Yucatán, y estudios académicos calculan que 46 por ciento de esa superficie ya ha sido urbanizada o convertida a uso agropecuario.
Es decir, la mitad de la duna costera del país ya no existe como tal, un dato que ayuda a dimensionar por qué especialistas insisten en que cada tramo que se pierde en un litoral como el de Yucatán, con apenas 0.04% del territorio nacional cubierto por este ecosistema, es prácticamente irrecuperable en el corto plazo.
El costo de construir sobre arena
El desarrollo turístico y la construcción de vivienda son, según la UNAM, la principal amenaza para este ecosistema. Cuando se levantan hoteles o edificios sobre la duna, se altera el flujo natural de arena que alimenta la playa, se rompe el equilibrio dinámico del sistema y se dispara la erosión costera. Mendoza pone como ejemplo lo ocurrido en Cancún tras el huracán Wilma, cuando se recurrió a trasladar arena desde el fondo marino para restaurar las playas, sin tomar en cuenta la interacción entre los distintos ecosistemas costeros.
La recuperación de una duna, advierte, depende de su nivel de degradación: cuanto más se retrase la intervención, más compleja y costosa resulta después, un riesgo que en un pueblo como Chuburná se traduce directamente en menos protección para el puerto de abrigo del que viven sus pescadores.
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Reforestar desde las comunidades
Frente a ese panorama, en el litoral yucateco ya operan estrategias de restauración basadas en la reintroducción de vegetación nativa capaz de retener la arena. A través del Programa de Pequeñas Donaciones del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), mujeres de Sisal, Chuburná y Telchac Puerto han establecido viveros comunitarios para reproducir plantas propias de la duna.
En el propio Chuburná, el colectivo Lirios del Mar combina ese trabajo técnico con saberes locales: recolectan semillas, cultivan plántulas, restauran áreas degradadas y organizan talleres ambientales en escuelas y comunidades. Hasta ahora han reforestado más de 300 metros de duna y proyectan intervenir otros cuatro mil metros cuadrados de brechas y caminos, un esfuerzo que corre en paralelo, en el mismo pueblo, a la remoción de arena que hoy denuncian sus vecinos.
“Estamos enseñando a nuestros hijos a cuidar las plantas, nuestra primera protección contra las tormentas”, dice Sandra Lara, integrante de Lirios del Mar.
La UNAM acompaña estos esfuerzos con asesoría técnica sustentada en el Manual de restauración para dunas costeras de la península de Yucatán y el Catálogo de vegetación de la duna costera de la península de Yucatán, ambos editados por la ENES Mérida. En la Riviera Maya, personal de la UNAM también ha colaborado con asociaciones hoteleras para recuperar vegetación costera y reducir la pérdida de arena provocada por tormentas y frentes fríos.
El primer paso: cambiar la mirada
En materia de política pública, la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (Profepa) y la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat) iniciaron acercamientos con investigadoras para avanzar en una normativa que proteja a las dunas costeras. Mendoza confía en que, dentro de esta administración federal, se logre una regla clara que obligue a conservarlas.
Para la especialista, el primer cambio necesario es de percepción: dejar de ver a la playa como un espacio aislado para el turismo y entenderla como parte de un entramado de ecosistemas del que depende esa misma belleza natural, la biodiversidad de la región y la permanencia de los litorales que sostienen buena parte de la economía turística de Yucatán, incluida la de pueblos como Chuburná.