Yucatán

Costa yucateca crece bajo riesgo: fraccionamientos y plusvalía avanzan sobre zonas inundables y de manglar

La costa yucateca se llena de lujo en una de las zonas más expuestas a ciclones; expertos alertan que el boom inmobiliario avanza donde huracanes, inundaciones y lluvias extremas elevan el riesgo

Telchac, Progreso, Chuburná y Sisal: franja protegida ahora urbanizada
Telchac, Progreso, Chuburná y Sisal: franja protegida ahora urbanizada

Telchac Puerto, Progreso, Chuburná Puerto y Sisal tienen algo en común, además de ser hoy las direcciones más buscadas por quienes quieren una segunda casa frente al mar en Yucatán: las cuatro forman parte de la franja costera que el propio ordenamiento ecológico del estado alguna vez protegió con mayor rigor, y que hoy concentra buena parte del nuevo desarrollo inmobiliario de lujo.

El dato lo confirmó Beatriz Romero Betrón, del Instituto Nacional de Asesores Profesionales Inmobiliarios de México, al señalar que esas cuatro localidades son hoy el principal punto de atracción para compradores, sobre todo extranjeros, de vivienda en la costa yucateca.

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El problema, advierte el Dr. David Romero, académico investigador de la ENES Mérida, es que ese crecimiento no está ocurriendo en cualquier terreno: avanza sobre una de las zonas de mayor amenaza por ciclones tropicales de toda la Península. Durante la conferencia “Expansión urbana y riesgo por ciclones tropicales en la Península de Yucatán”, el investigador explicó que el riesgo no depende solo de qué tan fuerte sea un huracán, sino de cuánta población e infraestructura encuentra a su paso, y de qué tan preparados están los sistemas para resistir y recuperarse. “La amenaza no es el riesgo”, resumió.

Una franja protegida en el papel, abierta en los hechos

El caso yucateco tiene un antecedente concreto que rara vez se menciona en los folletos inmobiliarios. El Programa de Ordenamiento Ecológico y Territorial del Estado (POETCY) contemplaba originalmente restricciones estrictas —como la prohibición de construcciones de concreto de más de dos pisos sobre la línea de playa y la zona de manglar—, pero esas reglas se modificaron para permitir edificaciones en Telchac Puerto, Progreso, Chuburná Puerto y Sisal, es decir, en toda la zona norte del estado. Se trata, precisamente, del área considerada de mayor plusvalía inmobiliaria de Yucatán, aunque también es una zona inundable y particularmente expuesta al cambio climático, según ha señalado la académica Elizabeth Benavides, del IPN.

La advertencia no es hipotética. En el 2020, cuando las tormentas Zeta, Delta y Cristóbal cruzaron la región casi de manera consecutiva, el manto freático de esa franja costera se saturó por completo y provocó inundaciones en toda la cadena de comunidades del litoral. Ninguno de esos tres sistemas alcanzó siquiera la categoría de huracán mayorCristóbal, de hecho, tocó tierra como tormenta tropical—, pero su paso dejó claro que la vulnerabilidad de una zona no depende únicamente de la fuerza del viento, sino de cuánta agua es capaz de absorber el territorio antes de saturarse.

Mérida también pierde capacidad de absorber lluvia

El crecimiento no se limita a la costa. Un estudio regional documentó que la superficie urbana de la Península se incrementó en unos 882 kilómetros cuadrados entre 1990 y 2019, con Yucatán concentrando buena parte de esa expansión; solo la mancha urbana de Mérida alcanza hoy alrededor de 340.94 kilómetros cuadrados.

Ese crecimiento —impulsado tanto por migración de otros estados hacia la capital como por inversión extranjera hacia la costa— trae consigo un problema que Romero identificó como central para la ciudad: la creciente impermeabilización del suelo urbano reduce la capacidad de infiltración de agua y agrava los efectos de lluvias intensas, incluso cuando ningún ciclón toca tierra directamente sobre Mérida.

El espejo de Cancún: hasta dónde puede llegar el crecimiento

Para dimensionar hacia dónde podría dirigirse la costa yucateca si el patrón actual continúa sin ajustes, Romero recurrió a un ejemplo fuera del estado, pero de la misma Península: Cancún, que en 1970 prácticamente no existía como asentamiento y hoy supera el millón de habitantes, construido casi en su totalidad sobre una franja de manglares y dunas con probabilidad anual de vientos huracanados de hasta 12.5%, es decir, una recurrencia promedio de un evento cada ocho años.

El espejo de Cancún: advertencia para la costa yucateca

El caso quintanarroense no es un espejo lejano: es la referencia de lo que ocurre cuando la demanda inmobiliaria y turística crece más rápido que la planeación del riesgo, algo que hoy empieza a repetirse, a menor escala, en la costa norte de Yucatán.

No siempre gana el huracán más fuerte

Romero también insistió en que medir el peligro solo por la categoría del ciclón es un error común. Recordó los casos de Isidoro (2002) y Wilma (2005), huracanes que causaron daños severos en la Península no por ser excepcionalmente intensos, sino por permanecer horas y días completos sobre la misma zona.

El contraejemplo es Patricia, el huracán más fuerte jamás registrado, que tocó tierra en una zona prácticamente despoblada y por eso generó relativamente pocos daños. “Si Patricia hubiera pasado encima de Mérida, habría sido un desastre”, planteó el investigador, una comparación que aplica igual de bien a la franja costera que hoy se llena de fraccionamientos.

La temporada 2026 y la variable que sí se puede controlar

El pronóstico oficial para la temporada de huracanes 2026, vigente del 1 de junio al 30 de noviembre, ubica la actividad del Atlántico entre 11 y 15 sistemas con nombre, según estimaciones del Servicio Meteorológico Nacional y la NOAA.

Pero para Romero el número de ciclones de una temporada específica es menos relevante que la tendencia de fondo: el cambio climático no necesariamente traerá más huracanes, pero sí puede intensificar su potencial de viento y lluvia extrema, justo cuando la costa yucateca sigue sumando fraccionamientos, condominios y desarrollos turísticos en zonas que el propio ordenamiento territorial del estado alguna vez restringió.

Entre las medidas que plantea están evitar nueva exposición en zonas costeras de alta amenaza, actualizar criterios de diseño frente a vientos y lluvias extremas, proteger redes críticas de energía y agua, conservar manglares que aún funcionan como barrera natural, e incorporar escenarios climáticos en planes de expansión urbana, tanto en la capital como en el litoral.

La conclusión de fondo es que el riesgo no es un dato fijo del clima yucateco, sino una construcción territorial que se acumula con cada permiso de construcción que se otorga cerca del mar.