Campeche / Ciudad del Carmen

Entre fe y tradición: Así fue el emotivo paseo por tierra de la Virgen del Carmen en sus 142 años

Miles de fieles participaron en la procesión de la Virgen del Carmen por las calles de la Isla, en una tradición de 142 años que reafirma la fe e identidad de los carmelitas.

Ciudad del Carmen vive con fervor el tradicional paseo de la Virgen del Carmen
Ciudad del Carmen vive con fervor el tradicional paseo de la Virgen del Carmen / Especial

Con el sol cayendo lento sobre la laguna y la brisa del mar como testigo, Ciudad del Carmen respiró ayer una devoción que se siente en la piel. Con el corazón lleno de fe y gratitud, miles de feligreses acompañaron a Nuestra Señora del Carmen, Patrona de la Diócesis de Campeche, en su tradicional y emotivo paseo por tierra, una costumbre que este 2026 cumple 142 años de arraigo en la Isla.

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Desde temprano, las calles se poblaron de hileras de flores, mantillas y manos entrelazadas. Familias enteras, abuelos que han visto pasar generaciones, jóvenes que aprendieron de sus padres y niños que no entienden del todo, pero repiten el gesto, abarrotaron las banquetas para ver pasar la procesión. “Cada paso, cada flor y cada mirada refleja el amor de un pueblo que confía en su protección”, resumieron los organizadores, y la frase encontró eco en el murmullo constante de quienes no querían perderse ni un segundo del trayecto.

La jornada tuvo un matiz distinto desde su inicio. En lugar del habitual Estadio Resurgimiento, la eucaristía solemne se celebró frente al Templo del Santuario Diocesano, un cambio obligado por reportes de riesgo estructural en el inmueble universitario, lo que no restó solemnidad, sino que acercó la ceremonia al corazón del barrio. El obispo José Luis Canto Sosa, de la Diócesis de Tuxtla Gutiérrez, presidió la liturgia acompañado por cientos de fieles, quienes llenaron el atrio con plegarias y cantos que se mezclaban con el viento.

Miles de fieles participaron en el tradicional paseo de la Virgen del Carmen. / Especial

Al terminar la misa, la imagen mariana, escoltada por devotos y cofradías, emprendió su recorrido por las arterias históricas de la ciudad: calles 24, 28, 36, 19 A, 38, 47, 34 y 31. El paisaje urbano se transformó en un tapiz de colores y sonidos: los vecinos adornaron las fachadas con motivos marianos; los balcones se volvieron miradores desde donde se lanzaban vivas y lágrimas contenidas, mientras los vendedores ofrecían flores y recuerdos religiosos y la banda municipal marcaba el paso con marchas que se alternaban con rezos en voz baja.

En las colonias antiguas de la Isla, el paseo adquirió un aire de regreso a la memoria. Ahí, donde las familias carmelitas fueron las primeras en celebrar el recorrido, las casas parecen resguardar las historias de otros tiempos. El presbítero José Francisco Verdejo Aguilera explicó que este retorno a los barrios fundacionales pretende honrar esas raíces y estrechar el vínculo entre la Virgen y quienes históricamente la han tenido como amparo. La emoción se hizo visible en gestos simples: una señora que persignó la puerta de su casa al paso de la imagen, un pescador que, desde la acera, inclinó la cabeza en señal de respeto y un niño que observó la procesión con la seriedad de quien presencia algo grande por primera vez.

La procesión recorrió las calles históricas 24, 28, 36, 19-A, 38, 47, 34 y 31 de la ciudad.

No faltaron las pequeñas anécdotas que hacen de estas fechas algo entrañable. En la esquina de la calle 36, una vecina ofreció tamales a los cargadores de la imagen; en otra casa, un grupo improvisado de niñas entonó versos dedicados a la Virgen y fue recompensado con sonrisas y monedas. El reencuentro final en el Santuario Diocesano se convirtió en una especie de abrazo colectivo: cantos, vítores y el sonido de las palmas cerraron un día en el que la fe se manifestó tanto en el rito público como en las pequeñas demostraciones de comunidad.

Más allá de la devoción, el paseo mostró también la capacidad de la ciudad para adaptarse ante imprevistos, como la suspensión del uso del estadio, sin perder su identidad. La decisión de priorizar la seguridad y trasladar la misa al Santuario fue leída por muchos como una señal de prudencia que no opacó la celebración. Si algo quedó claro es que la Virgen del Carmen sigue siendo, para los carmelitas, símbolo de protección de las casas, las familias y el oficio de quienes viven del mar.

En Ciudad del Carmen, la fe no es solo un acto de devoción: es una forma de decir gracias, de recordar el pasado y de caminar juntos hacia adelante, bajo la mirada maternal de quien protege la Isla.

JGH