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Opinión

Cuando el adversario se convierte en enemigo

Análisis de la retórica de Donald Trump en Ohio: cuando el adversario político se convierte en enemigo, las bases del sistema democrático de EE. UU. entran en un terreno de riesgo.

Donald Trump encabezó un mitin político en Vandalia, Ohio, rumbo a las elecciones intermedias de noviembre.
Donald Trump encabezó un mitin político en Vandalia, Ohio, rumbo a las elecciones intermedias de noviembre.

Hay momentos en una campaña electoral en los que lo importante deja de ser quién va arriba en las encuestas. Lo verdaderamente importante pasa a ser qué está dispuesto a decir un presidente para evitar una derrota política.

Donald Trump estuvo este fin de semana en Vandalia, Ohio. No era un escenario cualquiera. Faltan apenas semanas para las elecciones intermedias del 3 de noviembre, en las que los estadounidenses decidirán la composición del Congreso y, con ello, buena parte del margen de maniobra que tendrá la Casa Blanca durante la segunda mitad de su mandato.

Trump llegó a Ohio para hacer campaña por los republicanos. Pero sus palabras volvieron a mostrar algo que trasciende una elección. El adversario político comienza a ser presentado como enemigo.

Trump habló de “comunistas, socialistas, lunáticos radicalizados y villanos”; atacó nuevamente a los demócratas y a los medios de comunicación y utilizó un lenguaje extraordinariamente áspero para un presidente en funciones.

No hace falta diagnosticar a Donald Trump a distancia, como algunos de sus críticos han hecho después del mitin. Tampoco hace falta comparar apresuradamente cada exceso verbal con los episodios más oscuros del siglo XX. Las palabras pronunciadas desde la Presidencia de Estados Unidos son suficientemente importantes por sí mismas.

Porque las democracias comienzan a entrar en terrenos peligrosos cuando desaparece una diferencia fundamental: un adversario es alguien a quien hay que derrotar en las urnas; un enemigo es alguien a quien hay que eliminar del camino. Y ésa es precisamente la frontera que conviene observar.

Trump lleva años construyendo una relación conflictiva con buena parte de la prensa estadounidense. En Ohio volvió a señalar a los periodistas presentes y volvió a utilizar su conocida expresión de “fake news”.

Puede parecer simplemente otra escena del espectáculo político que acompaña al trumpismo desde hace una década. Pero hay una pregunta más profunda: ¿qué ocurre cuando millones de ciudadanos terminan creyendo que cualquier información que contradiga al gobernante necesariamente es falsa? Entonces deja de discutirse sobre los hechos. Cada grupo construye los suyos. Y una democracia sin una realidad mínimamente compartida corre el riesgo de convertirse en una competencia entre relatos irreconciliables.

Hay otro elemento del discurso de Trump que merece atención: el dinero. El presidente ha prometido entregar un llamado “Trump Dividend” de 5 mil dólares a los ciudadanos adultos estadounidenses si los republicanos conservan tanto la Cámara de Representantes como el Senado.

La promesa había sido presentada semanas antes y Trump volvió a defenderla durante esta recta final electoral. Pero las cuentas importan. Una transferencia de semejante magnitud supondría alrededor de un billón de dólares o más, dependiendo de quiénes finalmente fueran elegibles. Y el presidente no puede simplemente ordenar por sí solo un gasto de esa dimensión. Se necesitaría participación del Congreso y una fuente de financiamiento viable.

Sin embargo, políticamente la fórmula resulta poderosa: si ganamos, recibirás dinero. Y si no ocurre, siempre será posible señalar a alguien como responsable: a los demócratas, al Congreso, a los jueces, a la prensa, al enemigo de turno.

Ese mecanismo político merece tanta atención como las propias cifras, porque las elecciones estadounidenses están entrando en su etapa decisiva en un contexto incómodo para el Partido Republicano. Las encuestas recientes muestran una profunda preocupación por el costo de vida y la economía, aunque también revelan algo que no debería ignorarse: existe una considerable desconfianza hacia ambos grandes partidos.

Por eso sería un error afirmar desde ahora cuál será el resultado del 3 de noviembre. Las encuestas no votan; los ciudadanos sí. Pero precisamente porque el resultado está abierto, el tono de la campaña importa todavía más.

Hace pocos días, desde la tribuna de Naciones Unidas, Donald Trump aseguró que Estados Unidos atraviesa una nueva época de fortaleza. Habló de libertad y llegó incluso a afirmar que “la libertad llegará a Cuba” y que “la seguridad llegará a México”.

Quizá entonces valga la pena formular una pregunta desde este lado de la frontera: ¿qué significa la libertad cuando quien discrepa comienza a ser presentado como enemigo?

Estados Unidos ha sobrevivido a guerras, crisis económicas, asesinatos presidenciales, Watergate, protestas sociales, enormes divisiones raciales y elecciones extraordinariamente conflictivas. Su fortaleza institucional nunca ha dependido de que los estadounidenses piensen igual; ha dependido exactamente de lo contrario: de que puedan pensar distinto y aun así aceptar unas reglas comunes.

El ganador gobierna, el perdedor hace oposición, los periodistas preguntan, los ciudadanos protestan, los jueces juzgan y después vuelve a haber elecciones. Ésa es la rutina aparentemente aburrida que sostiene una democracia.

El verdadero peligro comienza cuando una elección deja de presentarse como una competencia entre proyectos políticos y se convierte en una batalla entre patriotas y traidores, entre buenos y malos, entre quienes merecen gobernar y quienes supuestamente amenazan a la nación. Porque entonces perder ya no parece una posibilidad legítima, parece una injusticia. Y si perder resulta inconcebible, cualquier explicación puede utilizarse después para justificar la derrota.

Estados Unidos ya conoce las consecuencias de llevar demasiado lejos esa lógica. El 6 de enero de 2021 demostró que las palabras pronunciadas durante meses pueden terminar convertidas en acciones. Por eso el problema de Ohio no consiste solamente en determinar si Donald Trump estaba enojado, preocupado o simplemente haciendo lo que mejor sabe hacer: movilizar a sus seguidores mediante la confrontación.

La cuestión es mucho más importante: ¿hasta dónde puede degradarse el lenguaje democrático antes de comenzar a degradar también la democracia?

El 3 de noviembre Estados Unidos elegirá representantes y senadores. Pero durante las semanas que faltan estará ocurriendo otra elección menos visible: la elección entre considerar al que piensa diferente un adversario al que hay que vencer con votos o un enemigo al que hay que acabar. Y esa diferencia, mucho más que cualquier encuesta, merece que el mundo permanezca atento.