El calentamiento del agua en el Mar Caribe pasó de 27 a 29 grados y en un par de semanas alcanzará los 30, una condición que representa estrés térmico para el entorno coralino y propicia la proliferación masiva de sargazo, advirtió Esteban Amaro Mauricio, director del Centro de Monitoreo de la macroalga en Quintana Roo.
El hidrobiólogo precisó que estos datos forman parte del estudio “Diagnóstico de los Efectos del Cambio Climático en la Costa”, iniciado en septiembre del 2025 para evaluar las alteraciones registradas en el litoral del estado.
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“En los próximos ciclos de captura de langosta, camarón y especies de pesca deportiva se verán disminuciones importantes, además de que continuará el blanqueamiento en el segundo arrecife más grande del mundo y la constante erosión de playas”, detalló.
Reconoció que esta problemática es consecuencia del denominado “Niño Godzilla”, un fenómeno meteorológico que según investigaciones del Instituto del Mar y Limnología de la Universidad Nacional Autónoma de México es una expresión extrema de la interacción entre océano y atmósfera que regula el clima global.
“Lo que ocurre en el Pacífico ecuatorial no se queda ahí sino que tiene repercusiones en todo el planeta”, afirmó la doctora María Luisa Machain Castillo, investigadora de dicha institución, al explicar que el calentamiento de esa franja marina por encima de lo normal altera los sistemas de lluvias y sequías.
Respecto a las condiciones locales, el monitoreo anticipa precipitaciones constantes en la Península de Yucatán hasta fin de año, con la ventaja de que el suelo kárstico de la región absorbe la humedad de manera natural y rápida a diferencia de otras entidades del país.
El término “Niño Godzilla” surgió entre el 2015 y el 2016, cuando la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) documentó una anomalía superficial superior a los 2.5 grados en el océano, un concepto que ayuda a dimensionar la magnitud de estos trastornos climáticos.
Antecedentes similares ocurridos en los periodos 1982-1983 y 1997-1998 provocaron el colapso de importantes pesquerías en los litorales mexicanos, debido a que disminuye el afloramiento de corrientes frías y se reduce la disponibilidad de nutrientes en la superficie.
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Ese impacto se propaga a lo largo de la fauna marina al disminuir las poblaciones de peces, aves y mamíferos debido a que muchas especies cambian su distribución geográfica en busca de condiciones más favorables mientras otras ven reducidas sus poblaciones de forma drástica.
Finalmente, los científicos advirtieron que estas alteraciones propician cambios fisiológicos en los organismos y la expansión de zonas hipóxicas donde el oxígeno es insuficiente para sostener la vida, un escenario que golpea directamente a los sectores humanos que dependen de la actividad pesquera.