Hay tres estados que comparten una misma lengua maya en sus raíces, un mismo mar en su horizonte y una misma historia colonial en sus cimientos. Pero cuando el Inegi les acerca el espejo generacional, Yucatán, Campeche y Quintana Roo muestran rostros distintos, a veces contradictorios, siempre reveladores.
La Encuesta Demográfica Retrospectiva 2025 –conocida como EDER–, un instrumento que reconstruye las trayectorias de vida de la población mexicana para comprender los cambios sociales a lo largo del tiempo, fue difundida por el instituto y traza, con números fríos pero historias muy humanas, cómo cada generación peninsular vivió sus primeros 18 años de manera diferente a la anterior.
El estudio no toma fotografías del presente: escanea el pasado. A diferencia de la mayoría de las encuestas del Inegi, que son transversales y ofrecen una imagen en un punto del tiempo, la EDER es longitudinal: reconstruye la historia completa de las personas entrevistadas en tópicos como dónde han vivido, cuántos hijos han tenido, cuánto tiempo permanecieron en cada empleo y qué estudios concluyeron. La encuesta se basó en una muestra de 33 mil viviendas, con representatividad nacional y estatal.
El empleo que no espera
El primer hallazgo peninsular es, quizá, el más sorprendente para quien imagina que las nuevas generaciones trabajan menos y se forman más. En Yucatán y Campeche, esa imagen se invierte.
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Entre los yucatecos que hoy rondan los 60 años –los nacidos en la primera mitad de los sesenta–, el 54.5% tuvo algún empleo antes de cumplir 18 años. Una cifra ya de por sí alta. Pero entre los jóvenes nacidos después de 1991, ese porcentaje sube a 61.6%. Más jóvenes trabajan ahora que antes, al menos en sus primeros dieciocho años de vida. Campeche sigue la misma tendencia: del 46.2% entre los adultos mayores al 55.5% entre los jóvenes actuales.
Quintana Roo, en cambio, narra otra historia. El 58.8% de los quintanarroenses cercanos a los 60 años trabajó en su adolescencia, pero entre los jóvenes de hoy ese porcentaje cae al 41%. Una reducción de casi 18 puntos que, leída superficialmente, podría parecer un avance –menos trabajo infantil, más escuela–, pero que los propios datos de la encuesta colocan en un contexto más inquietante.
¿Qué explica esta divergencia? La hipótesis más sólida apunta a la estructura económica de cada territorio. Yucatán y Campeche mantienen economías donde la industria manufacturera, el comercio y las actividades agropecuarias absorben mano de obra familiar desde edades tempranas, muchas veces dentro de la informalidad. Quintana Roo, por el contrario, es una economía turística que concentra su oferta laboral en servicios formales –hotelería, restaurantes, entretenimiento– que tienen una mayor barrera de entrada para menores de edad. La entidad se ubica entre los estados con mayor tasa de población económicamente activa a nivel nacional, con esquemas que combinan altos niveles de ocupación con bolsas significativas de informalidad.
La escuela que no retiene
Pero si la menor tasa de trabajo juvenil en Quintana Roo pudiera leerse como señal de progreso educativo, los datos de escolaridad la desmienten con dureza.
Los tres estados peninsulares se mantienen por debajo de la media nacional en el rubro de personas que no continuaron su formación escolar en los primeros 18 años de vida. A nivel nacional, el porcentaje de personas que no continuó su formación escolar antes de los 18 años disminuyó de 62.4% en la cohorte de 1961-1967 a 54.3% en la generación más joven.
En Yucatán, la mejora es visible: del 59.5% de abandono escolar entre los nacidos en los sesenta, se pasó al 51.9% entre los nacidos alrededor del año 2000. Campeche también avanza, aunque de forma más modesta: de 57.7% a 55.9%.
Quintana Roo es el caso que enciende más alarmas. Su generación mayor registró un abandono escolar de 69.1% –ya elevado de por sí, reflejo de una entidad que se construyó a marchas forzadas sobre migración y precariedad–, y entre los jóvenes actuales esa cifra apenas bajó a 65%. Dos de cada tres jóvenes quintanarroenses no continuaron su formación antes de los 18 años. La escuela, en el estado turístico más boyante del Sureste, sigue sin retener a sus estudiantes.
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Organizaciones civiles han alertado que en Quintana Roo, dos de cada diez adolescentes y jóvenes pertenecen a grupos vulnerables y se ven obligados a trabajar para poder continuar con sus estudios de preparatoria y universidad. La EDER 2025 añade cifras duras a esa advertencia.
México se queda en casa
Más allá de la Península, los datos nacionales de la EDER 2025 dibujan una generación joven que rompe con varios patrones históricos, casi todos en la misma dirección: la postergación.
En la generación más joven, el 16.9% se independizó de su hogar de origen en sus primeros 18 años, en contraste con el 31.1% de la generación 1961-1967. En cuanto a migración en edades tempranas, esta disminuyó entre generaciones: pasó de 21.3% en la de 1961-1967 a 14.4% en la de 1998-2007.
Mauricio Rodríguez, titular de la Unidad de Estadísticas Sociodemográficas del Inegi, explicó que cuando se leen en conjunto estos porcentajes se observa que hay más personas que se mantienen en el hogar a los 18 años, pero también son personas que continúan en el sistema educativo y son menos las que han iniciado una unión de pareja. Esas trayectorias se entrelazan y las personas se mantienen en la escuela y, quizás por no tener un trabajo todavía, postergan la salida del hogar.
La formación de pareja y la maternidad temprana también registran caídas significativas. Las uniones antes de los 18 años pasaron del 22.4% al 15%, y el porcentaje de personas que tuvieron su primer hijo antes de la mayoría de edad descendió del 15.9% al 10.8%. En cuanto al uso de anticonceptivos, mientras sólo el 2.9% de las mujeres nacidas entre 1961 y 1967 usaron algún método en sus primeros 18 años de vida, en las nacidas entre 1998 y 2007 esa proporción llegó al 12.5%.
Cinco generaciones bajo el microscopio
La EDER 2025 recoge información de personas de entre 18 y 64 años, nacidas entre 1961 y 2007, y analiza sus trayectorias familiares, laborales y migratorias para identificar cambios en el tiempo. La población estudiada suma 81.1 millones de personas, distribuidas en cinco cohortes: la nacida entre 1961 y 1967 concentra 8.9 millones (11.8% del total); la de 1968-1977, 16.5 millones (21.3%); la de 1978-1987, 17 millones (21.4%); la de 1988-1997, 18.4 millones (22.3%), y la más joven –1998-2007–, 19.4 millones (23.1%).
El vicepresidente del Inegi, Arturo Blancas, subrayó que esta encuesta constituye una herramienta clave para el diseño de políticas públicas, al permitir evaluar cómo las decisiones y condiciones sociales impactan las trayectorias de vida de la población.
En la Península, esas trayectorias son un recordatorio de que la geografía no es destino, pero sí contexto. Que nacer en Cancún, en Mérida o en Campeche imprime en la vida de cada persona un ritmo diferente: cuándo se trabaja, cuándo se estudia, cuándo se forma una familia, cuándo –o si– se decide migrar. La EDER no juzga esos ritmos. Los cuenta. Y en su conteo, la Península se asoma a sí misma con una mezcla de avances reales y deudas que el tiempo no termina de saldar.