Era una madrugada en Ichmul, cuando el rocío todavía descansaba sobre las piedras y cerros antiguos. Los gallos apenas anunciaban el día y los ancianos hablaban en voz baja de un niño con apenas nueve años que aprendió a escuchar el lenguaje del monte antes que las palabras de la escuela, y que curó a una señora por unos bolis.
Carlos Samuel Tapia Pat nació en temporada de lluvias, cuando los caminos de tierra se vuelven espejos de barro por el reflejo de los Yuumtsiles, es cuando el viento trae olor a maíz. Siendo apenas un niño, se quedaba mirando el humo del fogón como si en aquellas espirales blancas alguien le estuviera revelando secretos invisibles.
Recuerda que a sus nueve años, después de tener una serie de revelaciones en sus sueños por unos ancianos sobre las propiedades curativas de las plantas, vio cruzar a la señora Nicolasa de San Francisco, quien salió de la choza que su padre solía ocupar como consultorio, y le preguntó si todo estaba bien.
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La señora le respondió que don Feliciano Tapia, padre de Carlos Samuel, no podía curarle su mal. Ante esto, el entonces niño se ofreció a tratarla. Nicolasa, incrédula pero ansiosa en busca de mejorar su salud, aceptó. Luego del tratamiento con infusiones de hierbas y una limpia, en tres días ella mostró una gran mejoría y con el paso del tiempo recobró por completo la salud.
Después de esto, Carlos Samuel ya no siguió curando debido a acontecimientos que marcaron su vida en ese momento y por los apercibimientos de su padre, pero sí continuó acrecentando su sabiduría.
Ya muchacho, aprendió más acerca del valor de las palabras antiguas y de los cantares reservados para los elegidos por los Ts’ules. Durante los años siguientes escuchó rezos en lengua maya, conoció el significado del incienso y del tiempo, y entendió que la luz de la vela no solamente alumbra, también comunica; el agua no sólo es vida, sino también revela.
Su formación no ocurrió entre muros solemnes ni grandes libros dorados. Su escuela fueron los sueños, el monte y el canto de los pájaros, que lo guiaban para recolectar las hierbas curativas y preservar la memoria viva de los abuelos.
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En las ceremonias observaba atento el movimiento de las manos del sacerdote maya, su padre, aunque asegura que éste nunca le enseñó directamente estos oficios.
Miraba cómo el humo ascendía hacia el cielo como una plegaria antigua que aún se niega a morir. Mientras otros jóvenes emigraban buscando ciudades lejanas, él permaneció en su tierra aprendiendo los nombres sagrados del agua y del maíz, así como a invocar a los señores de los cuatro puntos cardinales del universo.
Una noche realizó nuevamente una ceremonia completa de curación porque su padre se encontraba ausente. “Ayudar a alguien a salvar su vida no tiene precio”, dice. En el fogón, el fuego crepitaba con fuerza y el viento parecía girar alrededor del altar con dos velas encendidas. Entonces, el muchacho fue ungido como sacerdote maya por los Santos Señores del lugar.
No cuelga collares ni conchas ni cuentas elaboradas, mucho menos penacho o bastón para llamar la atención, pero su sola mirada revela la sabiduría que le fue entregada por los Yuumtsilo’ob, los santos señores del monte y de la gracia. Él presiente cuándo alguien lo va a visitar e identifica fácilmente cuándo puede curar una dolencia o si ésta corresponde a la ciencia médica.
“No soy brujo ni hechicero, soy curandero, j´ men, sacerdote maya”, finalizó con una leve sonrisa, como si mirara la aprobación de los Ts’ules y Yuumtsiles.
Hoy, aquel niño de nueve años ya es un sacerdote maya y ha sido visitado por gente incluso de fuera del estado y del Centro del país, debido a su don natural para curar con hierbas y rezos mayas, en tiempos en los que las tradiciones se van perdiendo.