El 3 de mayo, Día de la Santa Cruz, es una de las celebraciones más profundas y significativas en la vida espiritual, agrícola y cultural de los pueblos mayas, donde convergen la fe cristiana y la cosmovisión ancestral en una tradición que ha perdurado por siglos.
Desde tiempos prehispánicos, esta fecha marcaba el inicio del ciclo agrícola, pues con ella se esperaba la llegada de las primeras lluvias que permitirían sembrar el maíz, base fundamental de la alimentación en la península. Para los antiguos mayas, sin el maíz no era posible la vida, de ahí que la lluvia y la fertilidad de la tierra estuvieran estrechamente ligadas a lo sagrado. Con la llegada de los españoles, la cruz cristiana fue adoptada y reinterpretada, fusionándose con creencias originarias hasta convertirse en un poderoso símbolo de vida, protección y abundancia.
De acuerdo con el historiador Luis Pérez Salazar, en este contexto surge la Cruz Verde, conocida en lengua maya como K’áatab Yaax Che’, que representa no sólo el madero de Cristo, sino también el árbol sagrado, la ceiba y el maíz. Para muchas familias, la imagen es considerada un ser vivo (kuxa’an), que respira, protege y mantiene el equilibrio del universo. Esta visión refleja un profundo sincretismo en el que lo cristiano y lo maya no se contraponen, sino que se entrelazan en una misma expresión de fe.
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Documentos históricos señalan que desde el siglo XVI se promovió la colocación de cruces en caminos, entradas de pueblos y patios de las viviendas, como símbolo de resguardo espiritual. Con el paso del tiempo, estas se multiplicaron en veredas, milpas y montes del Mayab, donde aún hoy pueden observarse pequeños altares de piedra o madera. Según la tradición oral, estas cruces protegen a las comunidades de enfermedades, malos vientos y desgracias, funcionando como guardianas del entorno.
En los hogares yucatecos, particularmente en municipios como Tizimín, la Santa Cruz Verde ocupa un lugar central durante estas fechas. Del 25 de abril al 3 de mayo, las familias realizan novenarios, rezos y ofrendas, convirtiendo sus casas en espacios sagrados. Los altares se adornan con flores de mayo, ramas de limonaria, cipreses y mantos bordados, mientras que se colocan símbolos que evocan tanto la pasión de Cristo, como el cáliz, el gallo, la corona de espinas o los clavos, como la fertilidad de la tierra.
La preparación de alimentos también forma parte esencial del ritual. Se elaboran platillos tradicionales que se ofrecen como muestra de gratitud, acompañados de velas y oraciones en español y lengua maya. Estas prácticas no solo refuerzan la fe, sino también los lazos comunitarios, ya que vecinos y familiares participan activamente en los rezos y convivios.
En las comunidades del Sur, como Tahdziú, esta celebración se vincula directamente con ceremonias agrícolas como el huajicol, ritual de acción de gracias en el que los campesinos ofrecen alimentos a los dueños del monte. En estas ceremonias, guiadas por el j´men o sacerdote maya, se realizan plegarias en los cuatro puntos cardinales, se preparan alimentos como el kol de gallina, los pibes enterrados y bebidas a base de maíz, todo con el propósito de pedir lluvias, alejar plagas y garantizar buenas cosechas.
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Asimismo, la Santa Cruz tuvo un papel determinante durante la Guerra de Castas en el siglo XIX, cuando la llamada Cruz Parlante se convirtió en símbolo de resistencia y organización para los mayas rebeldes, dando origen al movimiento de los Cruzo’ob. En ese contexto, la cruz no sólo era un objeto de devoción, sino una guía espiritual y política.
En la actualidad, esta fecha también se asocia con el Día del Albañil, por lo que en las construcciones se colocan cruces adornadas en lo alto de las obras. Los trabajadores realizan rezos, celebran convivios y agradecen por el sustento, manteniendo viva una tradición que mezcla lo religioso con lo laboral.
De igual forma, en diversas comunidades del estado, como Yaxcabá, Teabo, Chumayel o Muxupip, la Santa Cruz se celebra con fiestas patronales que incluyen vaquerías, procesiones y actividades culturales, reafirmando su importancia en la vida colectiva.
Así, entre rezos, ofrendas, ceremonias y expresiones comunitarias, la Santa Cruz continúa siendo un símbolo vivo en Yucatán. No sólo se venera en altares o milpas, sino que habita en la memoria, en la identidad y en la fe cotidiana de su gente, que año con año reafirma su vínculo con la tierra, la historia y sus raíces ancestrales.