465 mil pesos en pérdidas económicas directas. 99 colmenas envenenadas. 349 hectáreas contaminadas en cinco apiarios de Nohalal, Tekax. Ese es el saldo comprobado del fipronil que hace exactamente un año silenció el zumbido en la región Puuc. Doce meses después, ningún responsable ha sido sancionado, ningún productor ha sido resarcido y la fumigación aérea con drones sobre cultivos tecnificados de limón continúa sin regulación efectiva en Yucatán.
El expediente técnico no deja espacio para la duda. El Colegio de la Frontera Sur (ECOSUR), a través de los investigadores Jaime González Tolentino, Eric Vides Borrell y Rémy Vandame, confirmó en sus muestras la presencia de fipronil —insecticida clasificado como Plaguicida Altamente Peligroso (PAP) para polinizadores— en una concentración 39% superior a la dosis letal para la mitad de una colonia. El análisis de vientos corroboró que la nube tóxica pudo desplazarse desde los cultivos fumigados hasta los apiarios, sin que los apicultores fueran advertidos ni consultados. Un año después de esa evidencia científica, ninguna autoridad ha abierto una sanción formal contra los responsables de la aspersión.
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Una crisis que se repite, no que se resuelve
Nohalal no es un incidente aislado: es el punto más reciente de un patrón que las autoridades no han logrado romper. Entre el 2023 y el 2025, registros oficiales documentaron la muerte de ocho millones de abejas por intoxicación con plaguicidas altamente peligrosos en Campeche y Yucatán. En Hopelchén, más de 3 mil 300 colmenas resultaron afectadas en comunidades mayas; en Tizimín, estudios de laboratorio confirmaron además clorpirifos y endosulfán. Cada caso repite la misma secuencia: fumigación, colmenas en silencio, familias sin ingreso y ninguna autoridad que responda antes de que ocurra el siguiente episodio.
A la contaminación se suma el avance físico sobre el territorio. Entre el 2025 y el 2026, la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (PROFEPA) ejecutó al menos cuatro clausuras por desmontes ilegales en Tekax —una dentro del Área Natural Protegida Bala’an K’aax, otra en el ejido Nohalal con 39.6 hectáreas taladas y una más en Becanchén con 18.4 hectáreas, donde se aseguraron cuatro bulldozers y 92 piezas de madera—, pero los desmontes continúan. Cada hectárea de selva que cede paso al monocultivo elimina también los sitios de pecoreo que sostienen a las colonias, un daño que ninguna clausura revierte.
“Lo que se quema, lo aprovecha el agronegocio”
La Alianza Maya por las Abejas Kabnalo’on sostiene que la apicultura maya peninsular podría desaparecer en pocos años si no se prohíben el fipronil y los neonicotinoides, se frena el cambio de uso de suelo y se crean mecanismos institucionales de atención coordinada.
Leydy Pech, apicultora de Hopelchén y ganadora del Premio Goldman de Medio Ambiente, lo plantea sin matices: “Exigimos que prohíban el cambio de uso de suelos y que protejan prioritariamente la apicultura. Lo que se quema luego es aprovechado por el agronegocio.”
La paradoja es que mientras se pierden colmenas, las cifras de exportación siguen creciendo: Yucatán produce 9 mil 451 toneladas de miel al año —16.5% del total nacional— y es el primer exportador del país, con ventas por 22.2 millones de dólares en 2024, encabezadas por Alemania con 12.5 millones de dólares en compras. Unos 17 mil apicultores manejan más de 500 mil colmenas en la Península. Pero esa fortaleza estadística no llega al productor.
El eslabón que realmente desaparece
“Hoy los compradores están pagando una porquería a los productores”, advierte el ingeniero Rafael Mena Abud, presidente del Consejo de Vinculación a la Comunidad del Tecnológico de Conkal y apicultor de cuarta generación. Los intermediarios pagan entre 35 y 50 pesos por kilogramo en campo, mientras el consumidor final llega a pagar 150 pesos o más por el mismo producto.
Para Mena Abud, lo que está en vías de extinción no son las abejas: son los apicultores. Hace 40 años la Península producía el 50% de la miel del país; hoy no llega al 25%, golpeada por la baja rentabilidad, el nulo relevo generacional y los daños acumulados por agroquímicos.
Frente a ese deterioro, el Consejo de Vinculación del Tecnológico de Conkal impulsa el cultivo de lipia como fuente de néctar permanente, la industrialización de la miel en cosméticos y derivados de alto valor, y la capacitación técnica de nuevas generaciones de apicultores.
La abeja que no puede migrar
La crisis no distingue especies. La melipona, Xunán Kab en la tradición maya —pequeña, sin aguijón, presente en el Chilam Balam— pierde con cada desmonte sus sitios de anidación y pecoreo, sin la capacidad de la abeja europea de desplazarse largas distancias para alimentarse. Su desaparición no sería solo económica: rompería un vínculo cultural de siglos entre el pueblo maya y su territorio.
El gobierno prometió, para este 2026, una planta de industrialización en Valladolid y un precio de protección de 70 pesos por kilogramo. Ambos compromisos siguen sin cumplirse. Un año después de Nohalal, los apicultores de la región Puuc abren sus cajas cada mañana con el mismo temor: que el zumbido, otra vez, se haya apagado.