Yucatán

Estudio detecta plomo, aluminio, cromo y amonio en cenotes al Norte de Yucatán; también hay señales de salinización

El estudio científico analizó 24 cenotes durante cinco años y encontró concentraciones elevadas de cuatro parámetros, además de señales de salinización del acuífero.

Cenotes del Anillo de Yucatán presentan contaminación por metales y nutrientes
Cenotes del Anillo de Yucatán presentan contaminación por metales y nutrientes / Especial

Un cenote del Anillo de Cenotes registró, durante la temporada de lluvias, una concentración de plomo de 49 microgramos por litro: casi cinco veces el límite que permite la Norma Oficial Mexicana NOM-127-SSA1-2021 para agua de consumo humano. No fue un hallazgo aislado.

Es una de las conclusiones de un estudio publicado el 28 de febrero del 2026 en el Journal of Marine Science and Engineering, que analizó cinco años consecutivos –del 2011 al 2016‒ de datos de metales y nutrientes en 24 cenotes del Anillo, la formación kárstica semicircular vinculada al cráter de Chicxulub que funciona como la principal vía de recarga y descarga del acuífero yucateco.

La investigación, encabezada por Flor Arcega-Cabrera y Jorge Herrera-Silveira –con equipos de la Unidad de Química en Sisal y la Escuela Nacional de Estudios Superiores Unidad Mérida de la UNAM, el Instituto de Geografía de la propia universidad, el Smithsonian Environmental Research Center y el Cinvestav Unidad Mérida‒ es la primera en documentar de forma continua, temporada por temporada y año por año, el comportamiento de contaminantes en esta cadena de más de 8 mil cenotes que corre desde Celestún hasta Dzilam de Bravo, a lo largo de cerca de 2,750 kilómetros cuadrados del Norte del estado.

Lo que superó el límite

De los siete metales analizados –aluminio, cadmio, cromo, cobre, níquel, plomo y estroncio‒ y los cinco nutrientes medidos, cuatro parámetros rebasaron de forma recurrente los umbrales que marca la norma mexicana de agua para consumo humano: aluminio, cromo, plomo y amonio (N-NH3).

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El aluminio alcanzó picos de hasta 9.13 miligramos por litro en el 2013, muy por encima del límite de 0.20 mg/L. El cromo superó los 0.41 mg/L en 2012, cuando la norma permite un máximo de 0.05 mg/L. El amonio llegó a 2.81 mg/L –más de cinco veces el límite de 0.50 mg/L‒ en cenotes cercanos a zonas agrícolas y periurbanas, y se acercó al umbral permitido en una de cada cuatro muestras tomadas en temporada de secas. Sólo el cobre y el níquel se mantuvieron consistentemente dentro de los márgenes seguros.

El estroncio, que no está regulado por la norma pero que los propios autores usan como marcador de intrusión marina, llegó hasta 26.7 mg/L en algunos sitios: casi tres veces la concentración típica del agua de mar y más de seis veces la de un acuífero de agua dulce sin afectación.

Para los investigadores, esa cifra confirma procesos activos de salinización en el acuífero, ligados a la disolución de yeso y a la pérdida de espesor de la lente de agua dulce durante las temporadas de menor lluvia.

Dos patrones, una misma vulnerabilidad

El estudio documenta dos comportamientos distintos según la temporada. En lluvias, la contaminación se dispersa: aluminio, cromo, estroncio y nutrientes aparecieron en concentraciones elevadas incluso en cenotes remotos del noreste y noroeste del Anillo, zonas con actividad humana mínima, lo que sugiere que el agua contaminada viaja largas distancias a través de los conductos subterráneos que conectan al acuífero.

En secas, el patrón se invierte: los contaminantes –sobre todo amonio y plomo‒ se acumulan de forma localizada en cenotes cercanos a campos agrícolas y asentamientos periurbanos, donde el menor flujo de agua reduce la dilución.

Cinco sitios –identificados en el estudio sólo con número, del 3 al 15‒ aparecieron de forma anómala en múltiples años y para distintos contaminantes, lo que los autores interpretan como evidencia de fuentes de contaminación crónicas y localizadas: descargas de aguas residuales, actividad pecuaria y manejo inadecuado de residuos sólidos, presentes de forma constante sin importar la temporada.

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Un hallazgo llamó la atención de los propios investigadores: aunque esperaban que la lluvia diluyera y dispersara los contaminantes, la mayoría de las correlaciones estadísticas entre precipitación y concentración de contaminantes no fueron significativas. Es decir, la lluvia por sí sola no explica el comportamiento de estas sustancias en el acuífero. El uso de suelo, la extracción de agua subterránea y las condiciones hidrogeoquímicas locales pesan tanto o más que el clima.

Un acuífero que ya venía dando señales

El hallazgo se suma a una serie de evidencias que en los últimos meses han apuntado en la misma dirección. Reportajes previos de esta cobertura documentaron que solo entre 3,050 y 3,200 de los entre 7 mil y 8 mil cenotes de Yucatán están registrados oficialmente, que hasta 71% del territorio estatal tiene vulnerabilidad alta o extrema del acuífero según la UADY, y que apenas 2.7% de las aguas residuales del estado reciben tratamiento antes de infiltrarse al subsuelo kárstico.

 En semanas recientes también se documentaron denuncias sobre descargas sin tratar de granjas porcícolas hacia el propio Anillo de Cenotes, catalogado como sitio Ramsar, contenidas en el informe del relator especial de la ONU sobre sustancias tóxicas, Marcos Orellana.

Lo que aporta este nuevo estudio no son denuncias ni cifras institucionales, sino series de tiempo de laboratorio: cinco años de mediciones directas de metales pesados y nutrientes en el agua que sale de los propios cenotes, con metodología de espectrometría de absorción atómica y control de calidad mediante materiales de referencia certificados. Es, en otras palabras, la comprobación analítica de lo que hasta ahora se había documentado sobre todo por la vía regulatoria y testimonial.

Lo que piden los autores

El equipo de investigación concluye con un llamado directo: tratamiento de aguas residuales obligatorio, regulación de agroquímicos, monitoreo estacional continuo y trazado hidrogeoquímico como condiciones mínimas para proteger lo que describen como la única fuente de agua dulce de la región.

Advierten, además, que el impacto no se queda en el subsuelo: la descarga subterránea del acuífero hacia la costa –intensificada durante la temporada de lluvias‒ exporta estos contaminantes hacia ecosistemas especialmente sensibles, como los pastos marinos, los manglares y los arrecifes de coral que dependen del agua dulce que emerge en la zona costera.

El estudio no ofrece una fotografía del momento actual pero sí una tendencia de fondo: los mismos contaminantes, en los mismos tipos de sitios, durante años consecutivos. Para una región que depende enteramente del acuífero kárstico para el consumo humano, la agricultura y el turismo, esa persistencia es, según los propios autores, la evidencia más contundente de que el problema no es episódico sino estructural.