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Opinión

Seguros de gastos médicos: ¿se consumará un segundo boicot en San Lázaro?

Sanciones penales para directivos y administradores hospitalarios que recurran a la infame práctica de retener pacientes dados de alta -o cadáveres en áreas mortuorias- como mecanismo de cobranza.

La discusión en el Congreso sobre los seguros de gastos médicos es complicada.
La discusión en el Congreso sobre los seguros de gastos médicos es complicada. / Foto: Cuarto Oscuro

A finales de abril pasado, los reflectores de San Lázaro atestiguaron una escena clásica del poder político nacional: cuando una reforma sacude los privilegios de un sector financiero concentrado, una mano invisible detiene el reloj.

El dictamen que pretendía ordenar el caos de los seguros de gastos médicos mayores fue frenado en seco en la Comisión de Hacienda a escasos minutos de ser votado. La justificación oficial fue el consabido estribillo burocrático de requerir “más tiempo para el análisis”. En los hechos, lo ocurrido tuvo un nombre inequívoco: captura regulatoria blanda. El bienestar financiero de millones de familias aseguradas quedó subordinado, una vez más, a la capacidad de veto de los consorcios privados.

Lejos de morir en el cajón del olvido, el expediente creció. Durante cuatro meses de mesas técnicas entre la Asociación Mexicana de Instituciones de Seguros (AMIS), la Asociación Nacional de Hospitales Privados (ANHP), el Consorcio Mexicano de Hospitales, Condusef, Profeco y la propia Secretaría de Hacienda, la propuesta original fue rediseñada. El proyecto encabezado por el diputado Jericó Abramo Masso no solo resistió, sino que regresó más incisivo: escaló de siete a nueve ordenamientos legales con impacto directo en catorce artículos del marco normativo federal.

Esta versión renovada llega con instrumentos coercitivos dirigidos a puntos neurálgicos del negocio privado de la salud. Plantea sanciones penales para directivos y administradores hospitalarios que recurran a la infame práctica de retener pacientes dados de alta -o cadáveres en áreas mortuorias- como mecanismo de cobranza mientras la aseguradora valida finiquitos.

Asimismo, establece un esquema de amortización gradual para evitar que cumplir sesenta años equivalga a una expulsión financiera tras décadas de aportaciones ininterrumpidas, y obliga a las clínicas privadas a transparentar sus tarifas ante Profeco y Condusef, prohibiendo sobreprecios arbitrarios aplicados por el simple hecho de que el paciente porte una póliza.

A primera vista, la iniciativa parece inexpugnable. Cuenta con respaldo transversal de todas las bancadas parlamentarias, incluyendo el aval público de Morena a través de Ricardo Monreal, quien reconoció la urgencia de atajar estos abusos. Nadie en tribuna se atrevería a justificar que un insumo básico se facture a precios estratosféricos o que una familia caiga en la quiebra por un imprevisto quirúrgico. Sin embargo, en los pasillos legislativos la ingenuidad se paga cara: que un dictamen resulte técnica y socialmente inaplazable jamás ha sido garantía de que alcance una votación en el Pleno.

El verdadero riesgo de este nuevo episodio no radica en el debate abierto, sino en el sabotaje por inanición. La estrategia de los grupos de presión no pretende ganar discusiones éticas de cara a la opinión pública, sino administrar mañosamente los tiempos para que el calendario termine devorando el proyecto.

Los frentes de resistencia están perfectamente alineados. La AMIS insiste en su retórica de quiebra actuarial, omitiendo convenientemente que la inflación médica en México es la más desbordada de América Latina debido a su propia complacencia ante las tarifas descontroladas de los hospitales. Por su parte, las grandes corporaciones médicas defienden con ferocidad su negocio más lucrativo: la absoluta falta de transparencia en insumos y farmacia interna, donde aplican sobrecostos que superan el 400 por ciento aprovechando la angustia de los enfermos.

Con todo, el dique más peligroso no proviene del sector privado, sino de la Secretaría de Hacienda. En plena antesala del Paquete Económico, la tasa cero de IVA para pólizas de adultos mayores o una mayor deducibilidad en el ISR desata pánico en el SAT. El riesgo inminente es que Hacienda vete de facto el capítulo fiscal y la Junta de Coordinación Política aproveche ese diferendo para archivar la reforma completa, argumentando que la agenda presupuestal no deja espacio para nada más.

Aceptar un dictamen descafeinado para no incomodar a los cabilderos o tolerar que vuelva a extraviarse en el cajón de las comisiones equivaldría a capitular ante los poderes fácticos. La salud privada no puede seguir operando como una trampa donde el ciudadano firma a ciegas, paga primas millonarias y termina rogando por coberturas legítimas.

Los coordinadores parlamentarios enfrentan una encrucijada moral ineludible: hacer valer el mandato social o arrodillarse una vez más ante el cabildeo corporativo. Si en las próximas semanas la reforma se congela con evasivas de procedimiento, el veredicto será incontrovertible: no fue falta de consenso ni de tiempo, fue sumisión y abierta complicidad.