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Yucatán

Récord de ataques de abejas en Yucatán: suman dos muertos y 81 heridos durante 2026

En un estado donde las abejas son parte del paisaje cotidiano, la cultura de prevención sigue siendo insuficiente.

Los reportes de picaduras de abejas en Yucatán han aumentado 430%
Los reportes de picaduras de abejas en Yucatán han aumentado 430% / Especial

La mañana del 13 de enero, una pareja de adultos mayores salió al monte en Temax a recolectar leña, como tantas veces antes. No regresaron juntos. Él murió ahí. Ella llegó sola, cubierta de picaduras.

La muerte en Temax fue la primera de al menos dos víctimas mortales que Yucatán registraría por ataques de abejas en los primeros meses del 2026. La segunda llegó el 2 de mayo en Maxcanú: un hombre de 74 años que intentó espantar un enjambre al interior de una habitación de su vivienda fue atacado masivamente, perdió el conocimiento al salir del cuarto y ya no presentaba signos vitales cuando llegaron los paramédicos.

Dos muertos en cuatro meses. Pero detrás de esas dos muertes hay una curva epidemiológica que ningún funcionario ha querido explicar con suficiente claridad.

La curva que nadie esperaba

Los números son contundentes. Hasta marzo pasado, Yucatán acumulaba 53 casos de picaduras de abeja que requirieron atención médica. En el mismo periodo del 2025, apenas se contabilizaban 10 casos. Eso representa un incremento del 430 por ciento. No es un error de captura. Es una señal de alarma que el Sistema Nacional de Vigilancia Epidemiológica (Sinave) ya tiene documentada, y que coloca a Yucatán como el estado con mayor incidencia en la región peninsular.

La muerte masiva de las abejas está impactando el ambiente.

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El corte más reciente disponible confirma que la tendencia no se frenó: en la semana epidemiológica 14 (12 al 18 de abril), el estado sumaba 66 personas atendidas por picaduras de abeja y avispa, de un universo de 452 atenciones por mordeduras y picaduras de fauna de todo tipo, y de 1,974 personas afectadas por ataques de animales en general, incluidas 23 víctimas de serpientes.

Hasta la fecha de esta actualización no se localizó un boletín posterior que desglose específicamente los casos de abeja para Yucatán; los reportes de junio de la Secretaría de Salud federal se concentran en otros brotes, como el del gusano barrenador y la leishmaniasis, lo que deja un vacío de información pública justo cuando la temporada de calor y estiaje suele intensificar los ataques.

A nivel nacional, las picaduras de abejas pueden causar entre 80 y 90 muertes al año, principalmente por reacciones alérgicas o por la acumulación de veneno en ataques con múltiples picaduras. Yucatán, con su densidad apícola y su clima extremo, concentra una parte desproporcionada de ese riesgo.

En el 2025, 191 personas en el estado fueron víctimas de picaduras de abejas y avispas que requirieron atención, la cifra más alta desde 2014. En el 2024 habían sido 77 lesionados; en el 2023, 98; en el 2022, 104; en el 2021, 82; y en el 2020, 62. La tendencia no es nueva, pero la aceleración del 2026 sí lo es.

Hasta la semana epidemiológica 14 –que abarca del 12 al 18 de abril– las abejas habían dejado lesiones en 50 hombres y 31 mujeres en Yucatán. Los hombres llevan la peor parte, posiblemente por mayor exposición a actividades al aire libre: trabajo de campo, poda, construcción, mecánica.

El mapa del miedo

Los incidentes se han distribuido por toda la geografía estatal, sin respetar la distinción entre lo urbano y lo rural que alguna vez fue la frontera imaginaria entre el riesgo y la tranquilidad.

En Mérida, el 11 de marzo, un niño resultó hospitalizado con múltiples picaduras y una fractura producida al caer mientras intentaba huir de un enjambre en la colonia Lázaro Cárdenas. El 8 de abril, seis personas fueron atacadas en la zona industrial. En Umán hubo dos episodios: uno el 20 de marzo, cuando un hombre de 63 años golpeó accidentalmente un panal en su propio domicilio; otro el 5 de abril, cuando una menor fue atacada por abejas provenientes de un predio abandonado. En Tizimín, un motociclista recibió múltiples picaduras simplemente por estacionarse bajo el árbol equivocado. En Halachó, una reunión ejidal se convirtió en estampida. Dos hombres de 75 y 60 años terminaron con decenas de picaduras en lo que comenzó como una amena celebración comunitaria.

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El insecto que llegó del sur y nunca se fue

Para comprender por qué Yucatán es el escenario de esta crisis, hay que remontarse a 1957, cuando 26 reinas de abeja africana (Apis mellifera scutellata) escaparon de un laboratorio en Brasil y comenzaron a hibridarse con especies europeas. La abeja africanizada llegó a México en 1989, y desde entonces investigadores del Smithsonian y del Ecosur han estudiado su impacto en la Península de Yucatán durante casi dos décadas.

Estas abejas no son más venenosas que sus parientes europeas, pero sí mucho más reactivas. Una perturbación menor puede activar a miles de individuos simultáneamente. Sus colonias son más grandes, se desplazan más lejos y responden con más intensidad ante cualquier estímulo percibido como amenaza. Son, en términos prácticos, el mismo insecto con los reflejos multiplicados.

Desde la llegada de las abejas africanizadas a México, en 1986, el rendimiento promedio por colmena disminuyó aproximadamente 25 por ciento y la producción nacional de miel se redujo en 34 por ciento al cabo de diez años. El Estado mexicano creó en 1984 el Programa Nacional para el Control de la Abeja Africana, pero cuatro décadas después el problema de coexistencia está lejos de resolverse.

Tierra de miel, tierra de riesgo

El factor que hace especialmente compleja la situación en Yucatán es su propia historia: este es el estado con mayor tradición apícola del país. En la última década, México ha registrado una producción anual promedio de 59 mil toneladas de miel, y Yucatán, junto con Campeche, Jalisco y Chiapas, genera más del 40 por ciento de esa producción apícola nacional. En el periodo del 2003 al 2022, Yucatán fue consistentemente una de las entidades con mayor producción de miel del país.

Eso significa que en los mismos campos, montes y traspatios donde las familias yucatecas han convivido con las abejas por siglos ‒primero con las nativas sin aguijón que los mayas llamaban xunan kab, después con las europeas, finalmente con las africanizadas– ahora coexisten colonias más agresivas, un clima que las estresa y una mancha urbana que las acorrala.

La paradoja es brutal: el estado que vive de las abejas es también el que más las teme en este momento.

Calor, sequía y ciudad: la tormenta perfecta

Los especialistas coinciden en que no existe una sola causa para el aumento de ataques, sino una convergencia de factores que se potencian mutuamente.

Las altas temperaturas generan estrés fisiológico en las colonias. Durante periodos de calor intenso, el organismo de las abejas acelera sus procesos internos y aumenta la demanda de agua y alimento. La sequía reduce la disponibilidad de néctar y polen, esenciales para la supervivencia de la colonia, lo que lleva a las abejas a proteger con mayor firmeza su espacio y a su reina.

A ese estrés se suma el desplazamiento. Durante el estiaje, los enjambres migran hacia donde haya agua y vegetación: jardines, estanques ornamentales, árboles de avenida, techos de lámina con cavidades. Las colonias aparecen en lugares donde nadie las espera porque nadie las invitó: simplemente llegaron buscando sobrevivir.

Y luego está la ciudad misma. El crecimiento acelerado de fraccionamientos en Mérida y municipios conurbados ha ocupado terrenos que antes eran monte bajo. Las abejas que habitaban esos espacios no desaparecen: se mueven. Se instalan en predios baldíos, estructuras abandonadas o paredes huecas de casas nuevas que todavía no tienen dueño.

En un estado donde las abejas son parte del paisaje cotidiano, la cultura de prevención sigue siendo insuficiente. Los protocolos existen –llamar al 911, no intentar retirar panales, correr en línea recta hacia un espacio cerrado– pero no forman parte del conocimiento general de la población.