Menos de 100 ejemplares –posiblemente menos de 50‒ es todo lo que queda en el planeta de la ballena de Rice, la especie de cetáceo más amenazada que habita exclusivamente el Golfo de México. Hasta hace poco, se creía que su territorio se limitaba a una franja del noreste del golfo, frente a las costas de Florida. Pero un hallazgo reciente cambió ese mapa: científicos confirmaron su presencia en aguas mexicanas frente a Tamaulipas y Yucatán, a profundidades de entre 200 y 400 metros, lo que amplía su distribución conocida a todo el golfo, incluida la plataforma continental yucateca.
El hallazgo activó un programa de monitoreo binacional entre México y Estados Unidos que, durante los próximos cinco años –del 2026 al 2030‒ buscará entender mejor los movimientos, la densidad poblacional y las amenazas que enfrenta esta especie, catalogada en peligro crítico de extinción y reconocida formalmente apenas en el 2021, tras una investigación de más de una década que la separó del complejo de la ballena de Bryde.
El proyecto, denominado “Long-term Assessments of Rice’s Whales for Endangered Species Recovery Planning”, reúne a un grupo multidisciplinario del Instituto de Ciencias del Mar y Limnología (ICML) de la UNAM, el Instituto Scripps de Oceanografía, el Centro de Ciencias Pesqueras del Sureste y el Laboratorio Oceanográfico y Meteorológico del Atlántico –ambos de la NOAA, la agencia oceánica y atmosférica estadounidense‒ y la Universidad Veracruzana. Opera con financiamiento del programa Restore de la NOAA, que impulsa investigación de largo plazo para la sustentabilidad del Gran Ecosistema Marino del Golfo de México.
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Seis sitios de escucha bajo el mar
La estrategia central del proyecto es el monitoreo acústico pasivo: durante el periodo 2026-2030 se instalarán seis sitios de grabación submarina a profundidades de entre 200 y 400 metros, distribuidos tanto en aguas mexicanas como estadounidenses del golfo. Ahí, equipos especializados registrarán de forma continua las vocalizaciones de la ballena de Rice –difícil de observar a simple vista por lo reducido de su población‒ junto con el ruido generado por embarcaciones, plataformas industriales y otras actividades humanas.
Los investigadores complementarán esas grabaciones con datos oceanográficos como temperatura del fondo marino, salinidad y niveles de oxígeno disuelto.
Con esa información esperan construir mapas de distribución en tiempo real, identificar patrones estacionales de movimiento y correlacionar la presencia de las ballenas con las condiciones del entorno y el ruido antropogénico, un cruce de datos que hasta ahora no existía para las aguas mexicanas del golfo.
La sombra de la exploración petrolera
El principal riesgo que el propio proyecto busca dimensionar es la expansión de la actividad petrolera en aguas profundas del Golfo de México. En junio del 2026, Pemex y la brasileña Petrobras firmaron en Río de Janeiro un memorando de entendimiento para explorar en conjunto yacimientos de aguas profundas –entre 300 y 760 metros‒ y ultraprofundas, superiores a 760 metros, con miras a reactivar zonas maduras como Cantarell.
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Especialistas consultados por medios ambientales han advertido que ese tipo de operaciones incrementa el riesgo de derrames y de contaminación acústica en una de las regiones marinas más industrializadas del continente, justo en la franja de profundidad donde se ha detectado a la ballena de Rice.
Investigaciones internacionales sobre la especie –que vive todo el año en el golfo y realiza inmersiones profundas en busca de peces para alimentarse‒ ya identifican colisiones con embarcaciones, el ruido submarino, los derrames de hidrocarburos y el cambio climático como sus principales amenazas. La ampliación de la actividad petrolera en México se suma a un cuadro de presión que, en el lado estadounidense del golfo, ha generado litigios y alertas científicas por el riesgo de que la exploración empuje a la especie hacia la extinción.
En el 2026, la NOAA emitió una regla final sobre la captura incidental de fauna marina durante estudios geofísicos en el golfo, que exige medidas de mitigación, monitoreo y reporte a las empresas que operan en la zona.
La ballena de Rice fue reconocida especie independiente apenas en el 2021, después de que un ejemplar varado en los Everglades de Florida resultara genética y morfológicamente distinto de la ballena de Bryde, con la que se le confundía. De cuerpo robusto, cerca de 12 metros de largo y hasta 30 toneladas de peso, la especie recibió su nombre en honor al cetólogo estadounidense Dale W. Rice. Su descubrimiento tardío (y lo reducido de su población) explican por qué gran parte de su comportamiento y sus rutas de desplazamiento seguían siendo desconocidos hasta la confirmación de su presencia en aguas mexicanas.
Qué significa para la entidad
Para la costa yucateca, la noticia tiene doble lectura. Por un lado, confirma que la plataforma continental frente al estado forma parte del hábitat de una de las especies más raras del planeta, lo que abre la puerta a que la entidad participe en la agenda de conservación marina binacional, hasta ahora concentrada casi por completo en aguas estadounidenses. Por otro, coloca a la franja marina yucateca en el radar de la expansión petrolera y del tráfico de embarcaciones que el propio proyecto de monitoreo identifica como amenaza directa para la especie.
Los resultados del programa, según sus responsables, buscan traducirse en recomendaciones concretas de política pública: restricciones temporales a operaciones industriales en épocas o zonas críticas para la especie, ajustes en rutas de navegación y la promoción de tecnologías de exploración menos invasivas para el ruido submarino.
Mientras el estudio avanza, la sola confirmación de que la ballena de Rice nada frente a las costas de Yucatán obliga a mirar el litoral estatal como parte de un ecosistema marino compartido, cuya suerte dependerá tanto de la ciencia como de las decisiones energéticas que se tomen en los próximos cinco años.